Cada 24 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Tuberculosis. Y, sin embargo, es una fecha que pasa casi desapercibida, quizás porque muchos la ven como una enfermedad del pasado. Algo lejano, asociado a otra época, a novelas o a contextos muy específicos.
Pero la realidad es mucho menos cómoda: la tuberculosis sigue siendo una de las principales causas de muerte por infección en el mundo. Y, sorprendentemente, convive silenciosamente con muchos de nosotros.
Una bacteria que vive en millones de personas.
Se estima que una de cada cuatro personas en el planeta tiene en su organismo la bacteria que causa la tuberculosis. Sí, una de cada cuatro. En la mayoría de los casos, este microorganismo ( Mycobacterium tuberculosis ) permanece “dormido” . No hay causa de síntomas, no se detecta fácilmente y no genera enfermedad. Es lo que se conoce como infección latente.
Pero esa aparente tranquilidad es engañosa. En determinadas circunstancias –por ejemplo, cuando el sistema inmune se debilita–, la bacteria puede activarse y provocar una enfermedad que afecta principalmente a los pulmones, pero que también puede comprometer otros órganos.
Esto significa que la tuberculosis no es solo un problema de quienes enferman: es una infección ampliamente distribuida, una especie de “reserva silenciosa” global que puede reactivarse en cualquier momento.
Un problema global, pero profundamente desigual.
En 2021, se detectaron alrededor de 9,4 millones de casos nuevos de tuberculosis y se produjo 1,35 millones de muertes a manos de esta enfermedad en el mundo. Son cifras tremendas, pero por sí solas no cuentan toda la historia. Lo más importante es cómo se distribuyen.
La tuberculosis no afecta a todos por igual. En muchos países de ingresos altos, la enfermedad ha disminuido de forma sostenida en las últimas décadas. Es poco frecuente, suele diagnosticarse de manera temprana y el tratamiento está disponible.
En cambio, en regiones de África, Asia y América Latina sigue siendo una realidad cotidiana. Allí, factores como el hacinamiento, la pobreza, la desnutrición o el acceso limitado a los servicios de salud favorecen la transmisión y progresión de la enfermedad.
En otras palabras, la tuberculosis no es solo una infección: también es un reflejo de las desigualdades globales.
Avances reales… pero demasiado lentos
Sería injusto decir que no ha habido progreso: lo ha habido, y es importante reconocerlo. Desde la década de 1990, la incidencia y la mortalidad por tuberculosis han disminuido a nivel global. La expansión de los programas de control, el acceso a tratamientos eficaces y el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia han contribuido a estos avances. Sin embargo, el ritmo de mejora no es suficiente.
La Organización Mundial de la Salud inició metas ambiciosas en la estrategia “ End TB ”, con objetivos intermedios para 2020. Entre ellos, reducir la incidencia en un 20 % y la mortalidad en un 35 % respecto a 2015. Pero el mundo no alcanzó esos objetivos. Entre 2015 y 2020, la incidencia global de tuberculosis disminuyó solo un 6,3 % y la mortalidad un 11,9 % . Avanzamos, pero mucho más espacio de lo necesario.
Si mantenemos este ritmo, será muy difícil alcanzar las metas planteadas para 2035.
No todos avanzan al mismo ritmo.
Además, el progreso ha sido desigual. Algunos países han logrado avances notables, gracias a estrategias innovadoras como la búsqueda activa de casos, el uso de tecnologías de diagnóstico más rápidas o programas de apoyo social para garantizar que los pacientes completen el tratamiento. Pero estos ejemplos siguen siendo la excepción, no la regla.
También hay diferencias entre las poblaciones. Por ejemplo, los datos muestran que los avances han sido más rápidos en niños , pero lentos en adultos mayores , que corren mayor riesgo de morir por tuberculosis.
Esto es relevante porque la población mundial se envejece rápidamente y porque, si no se adoptan las estrategias de control, este grupo podría convertirse en foco creciente de la enfermedad.
Factores que siguen impulsando la enfermedad
Parte del desafío radica en que la tuberculosis no depende únicamente de la bacteria, sino también de factores que aumentan el riesgo de desarrollarla. Entre ellos destacan el tabaquismo , el consumo de alcohol y la diabetes. De hecho, estimaciones recientes sugieren que una proporción importante de las muertes por tuberculosis podría evitarse si estos factores se reducen. Esto refuerza la idea de que la enfermedad no puede abordarse de forma aislada: requiere un enfoque integral que combine intervenciones médicas, sociales y de salud pública.
En este escenario se suma un problema más preocupante: la tuberculosis resistente a los antibióticos . El tratamiento estándar es largo y complejo, y exige una adherencia estricta. Cuando estos tratamientos no se completan adecuadamente, o cuando los sistemas de salud no garantizan el acceso continuo a los medicamentos, pueden aparecer cepas resistentes.
Estas formas de tuberculosis son mucho más difíciles de tratar: requieren terapias más prolongadas, más costosas y con más efectos adversos. Y lo más preocupante es que ya están presentes en múltiples regiones del mundo.
El reto de implementar de forma equitativa el conocimiento
Más allá de los números, la tuberculosis nos habla de algo más profundo: nos habla de desigualdad, de sistemas de salud que no siempre llegan a quienes más lo necesitan, de condiciones de vida que facilitan la transmisión de enfermedades que podemos prevenir. Pero también nos habla de oportunidades.
La tuberculosis se puede prevenir. Es diagnosticable y tratable. Sabemos qué funciona y cómo reducir su impacto. El problema no es la falta de conocimiento, es la falta de implementación equitativa de ese conocimiento.
Reducir su impacto en América Latina, especialmente en las poblaciones más vulnerables de la región, exige una respuesta global coordinada, equitativa y ambiciosa. Las enfermedades que creemos lejanas suelen ser las que más nos sorprenden cuando vuelven a aparecer.
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