La tortura

Cómo podremos estar seguros que nosotros no somos impostores. Jacques Lacan

2 de mayo, 2016

Cómo podremos estar seguros que nosotros no somos impostores. Jacques Lacan                                                                          

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, la tortura es: grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión o como un medio de castigo. Pudiera ser que la definición se podría ampliar a: causar o infligir terror y sufrimiento. Veremos el porqué.

Hoy en día, el espíritu de la tortura no se limita a obtener una confesión o como un medio de castigo, sino también a coaccionar y amenazar a la víctima secuestrándola e infundiéndole terror para obtener un rescate, o bien; para satisfacer una necesidad emocional personal, como lo explicaremos adelante.

La tortura se resume a una relación de poder y ventaja que ejerce el torturador sobre su víctima. Donde el torturador es un personaje inclinado a cometer acciones malsanas y perversas que derivan de su naturaleza genética y que suele descargar sobre sus víctimas.

Las diversas manifestaciones de maldad nos inducen a pensar que hay varios tipos de torturadores. Desde el simple individuo que celular en mano anda a la búsqueda de su víctima para captar algún momento desafortunado y subirlo a las redes sociales, él satisfará su necesidad de triunfo y celebrará su mala acción con sus amigos, mientras que su víctima sufrirá la humillación y el trauma psicológico que le durará por algún tiempo o toda la vida. Esta es una tortura cruel, impersonal y cobarde cuyo único objetivo para el torturador es el de adquirir notoriedad entre sus amistades. Una vez logrado su propósito, buscará a otra víctima a quien torturar, ése es su logro, su fantasía y su satisfacción emocional. Este tipo de acciones han costado la vida de muchos adolescentes que no pudiendo recuperarse del momento tan bochornoso y optaron por suicidarse.

También existe el torvo y siniestro sujeto que tortura por encargo a su infortunada víctima. Estos torturadores oficiales están al servicio de organismos e instituciones poderosas cuya función es someter y sembrar el terror entre la ciudadanía. Generalmente son militares o paramilitares cuya función es colaborar para preservar el orden y la seguridad nacional. Son individuos protegidos por sus instituciones que además fomentan sus actividades mediante cursos y generosos reconocimientos por sus logros.

Este tipo de tortura institucionalizada cobró auge en los 40’s, cuando se inauguró la Escuela de las Américas en Panamá, que sirvió para entrenar a la mayoría de presidentes y tiranos de centro, Sudamérica y muchos militares mexicanos; todos ellos recibieron adiestramiento en tácticas de contraguerrilla y tortura. La escuela finalmente cerró en los 80’s por los escándalos, crímenes y abusos contra la población civil.  En la actualidad, algunos países del primer mundo alquilan cárceles completas con todo y torturadores para realizar estas infames tareas. A estos sitios se les llama comúnmente black sites y han sido localizados en: Rumania, Polonia, Egipto, Siria, Jordania, Iraq, Tailandia, Guantánamo y las islas Diego Garcia en el Océano Indico.

Numerosos libros (U.S. Senate Report on CIA Detention Interrogation Program publicado por el U.S. Senate Select Committee on Intelligence en diciembre del 2014) y películas como Munich, Rendition y otras han descrito los horrores de esos lugares y sus actividades con detalle.

El tercer tipo de torturadores son aquellos secuestradores que utilizan la tortura física, psicológica y en ocasiones la sexual como métodos coercitivos para lograr sus objetivos. Estos son los criminales más despreciables pues no solo causan dolor y zozobra a las víctimas, sino que alteran todo el entorno familiar y social, además de que raramente cumplen sus acuerdos. En estos casos, la tortura de las víctimas es doble, primero el horror de ser secuestrados y después el terror al sufrir los abusos y demás métodos de coacción. Estos criminales son verdaderos depredadores que observan y seleccionan a sus víctimas cuidadosamente en función de sus necesidades económicas y fantasías emocionales.

Aunque los objetivos y logros son diferentes, estos tres tipos de criminales presentan una anomalía fisiológica en común que tiene sus raíces en su herencia genética. Todos ellos son extremadamente agresivos, con marcado resentimiento social y que además suelen desarrollar un bajo nivel de empatía y relación con sus semejantes.

Hallazgos recientes en neurofisiología han demostrado en forma inequívoca que todos estos individuos tienen serias alteraciones y deficiencias en los niveles de enzimas (monoamino oxidasas del tipo A y otras) y los neurotransmisores del tipo de la serotonina y la acetilcolina1, que regulan las funciones de las membranas en diversas estructuras del cerebro. La mayoría de nuestras reacciones a nivel personal y social y las respuestas a los estímulos ambientales están finamente controladas por este tipo de substancias que se generan e interactúan a nivel neuronal. Por si no fuera suficiente, todas las estructuras y las substancias anteriores interactúan en forma intermitente y están reguladas por la síntesis y el control que proviene de la información genética inscrita en los ácidos nucleicos (ADN y ARN). Es el control del control.

Si deseamos ser justos y objetivos debemos considerar que estos individuos no son del todo responsables de sus actos, sino que simplemente estuvieron mal dotados en su herencia genética. No se trata de disculpar sus actos tan cruentos como aberrantes sino de valorar la posibilidad de un tratamiento para disminuir las tendencias malsanas de muchos de ellos.

El auge que está tomando el control de la conducta es un gran logro científico que abre muchas perspectivas en diversas disciplinas (psiquiatría, criminología, sociología, neurología, etc.) pero que también implica un riesgo mayúsculo en las manos de un régimen represivo y totalitario. Bien pudiera suceder que dichos tratamientos modificarían las estructuras sociales, algo semejante a lo sucedido en GATTACA, el extraordinario film de Andrew Niccol.

Mientras tanto, la tortura seguirá siendo un abuso de poder y oportunidad, inherente a la maldad del hombre, que siempre estará agazapada en espera de la ocasión para manifestarse en vivo y a todo color2.

Somos y seremos animales civilizados, es parte de nuestra existencia.

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Referencias:

  1. Porth M. Carol. Pathophysiology. Wolters Kluwer. Lippincott Williams & Wilkins. 8th Edition, Philadelphia, PA 2009
  2. Zimbardo, Philip. The Lucifer Effect. New York, Random House, 2007.
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