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La Construcción de la Deuda

Lunes, 08 de Octubre 2018 - 15:00

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Manuel Torres Rivera

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No resulta aventurado sugerir que el camino de la deuda de los países tiene raíces en la oferta del dinero, frase simplista que reúne escenarios más complejos que la acumulación imparable de obligaciones en numerosos casos de apuesta a cierta especialización o a cierta hegemonía de otras épocas. Apuesta a futuro siempre, apuesta a órdenes de ingreso esperado. Tal vez un elemento de consideración lo inicia el embargo petrolero de 1974, año crucial de acumulación sin precedentes en manos de nueve países productores todos de petróleo. Los dólares generados en ese año sumaron 55,000 millones. Precisaban acomodo. El vehículo original se radicó en Francia y por circunstancia cablegráfica de abreviación Eurobank, se extendió el término de eurodólares como práctica común de intercambio y denominación. El eurodólar no es moneda, nunca lo fue; es simple denominación de depósitos en dólares en una plaza distinta al control de la Reserva Federal norteamericana. No olvidemos que desde 1944, y desde la creación de organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se radicaron no solamente reservas, también Derechos Especiales de Giro bajo la denominación del dólar, de modo que no sorprende desde entonces, la denominación para efectos internacionales de cambio, con la expresión del dólar. Subsiste a la fecha para transacciones de comercio.

El fenómeno de la oferta de eurodólares desató contrataciones de deuda no programada en los países recipientes de los fondos. Tal vez se consideraba como la oportunidad para despegar proyectos de infraestructura aplazados, tal vez para la oportunidad de explorar fuentes propias de energía. Las cuentas de esos años no dieron buenos resultados. Los países en desarrollo cayeron en el espejismo de las tasas blandas y en la recomposición de los plazos dados por anticipado: los bancos de consorcio radicados para ese entonces en Londres, ante la ausencia de encaje legal por el Banco de Inglaterra, pudieron competir con el Prime Rate de los Estados Unidos. Londres se convirtió en la sede del mercado de eurodólares y la invitación al mundo entero radicó más Merchant Banks en un solo año que los consolidados en toda una época en Nueva York. La acumulación derivada del ingreso petrolero nutría todas las expectativas de participación. Los sindicatos bancarios, término que asocia agrupación de bancos exclusivamente, se constituían bajo el liderazgo de un banco agente y la tabla de participación podría reunir hasta ciento cincuenta bancos, como fue el caso insólito de un préstamo a la República de Irlanda en 1975. De este modo, la situación de las reservas reunía prisa en su colocación, finalmente el riesgo estaba más que diluido. Se contempló un plazo de cinco años como práctica común en el entorno de riesgo país, para conservar cierto control sobre la participación tan activa en la rendición de cuentas del banco agente, más que como reducto de cobro de la parte principal. Ya para entonces, 1979 se contemplaba como fecha de reciclaje de los fondos otorgados en préstamo. Así sucedió, pero no fue un reciclaje normal, una gran porción de las carteras tan heterogéneas ya estaba en problemas. La ausencia de garantías reales y otras prácticas no necesariamente apegadas a la banca tradicional hicieron su cosecha de desperdicio de recursos en muchos renglones de gasto e inversión en muchos países.

La desgracia fue contagiosa, los créditos contratados por gobiernos, que fueron los más, se diluyeron en renglones de gasto corriente y en dispendio de recursos no etiquetados para proyectos específicos. La proporción de infraestructura no alcanzó dimensiones de repago como tampoco alcanzó en los plazos de la misma infraestructura proyectada, dejando inconclusos numerosos proyectos. En países con mayor grado de desarrollo, el provecho derivó en la exploración de mantos petroleros que desafiaron la producción de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo, OPEP, y la constante amenaza en el abasto de energía para la industria. Por otro lado, el fenómeno de la demanda de satisfactores a una escala sin precedente por parte de los países productores creadores del embargo, sin olvidar que la riqueza fue inesperada, motivó un intercambio de bienes terminados en el mundo occidental y por consiguiente el resultado de transferencias reales de riqueza obligaron a la negociación del precio por barril de crudo e implementar nuevas reglas de comercio.

El efecto de la deuda se convirtió en una debacle irreversible con los años. La constante del servicio de la deuda es un multiplicador de fallas de gobiernos que heredan vicios de origen, los transitan de la mejor manera posible y los transfieren en las sucesiones de gobierno. Con el tiempo, la única defensa es aminorar su carga y descansarla en una proporción del producto. Esto ha constituido la única defensa para deshacer su efecto nocivo y lacerante en toda fórmula de crecimiento. Todo esquema tratado en la modernidad que vivimos, desde el liberalismo económico hasta el modelo neoliberal y otros intentos de regulación y dimensión del tamaño del Estado, todos sin excepción enfrentan la deuda acumulada tarde o temprano.

Las razones históricas sobran en la justificación del fenómeno de endeudamiento. Todas apuntan a la supremacía por encima de la necesidad o de la supervivencia. Todas sin excepción resaltarían la competencia, la especialización, las metas inconfundibles de dominio o control de plazas de mercado, de nichos y oportunidades. La angustiosa realidad se convierte en plazos y en obligaciones sumarias. LIBOR, la tasa londinense que cautivó por su bajo reclamo y por sus plazos holgados, traicionó sin pretenderlo, las balanzas de las naciones, desequilibrando las posiciones de mercado de unos y otros, todos países con expectativa de competencia. Los años de dura lección tardaron décadas para sembrar condiciones de bloques comerciales. El desenlace de una globalidad imperante no es casual, es producto de experiencias y herencias que hoy sufrimos en esa concepción de aminorar efectos, resaltando el producto. Válido, pero la deuda es fenómeno imparable.

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Número 21 - septiembre 2018
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