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Aprovechando el paso de los Reyes Magos…

Viernes, 05 de Enero 2018 - 15:00

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Julio Chavezmontes

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¿Cómo podría yo describir en este breve espacio, una experiencia de cien años de la que he tenido la fortuna de ser testigo y coparticipe?

Conocí Chinameca, Morelos, hace 42 años, gracias a que Renato Cárdenas (que entonces era un amigo nuevo), me invitó a visitarlo en aquél pueblo que no figura entre los clasificados como “mágicos”, aunque bien podría encabezar la lista.

Mi primer recuerdo de aquella visita, es la imagen de la chimenea (chacuaco) de la Hacienda de San Juan, en cuya parte más alta se aprecia todavía el orificio ocasionado por un disparo de cañón.

El cielo vibraba con un tono azul intenso, adornado por alguna que otra nube increíblemente blanca, dando marco al paisaje esmeralda de las cañas de azúcar.

Al llegar al pueblo, hice una pregunta que ahora yo mismo califico de “tonta”.

¡Preguntar en Chinameca por la casa de la familia Cárdenas, es tanto como estar en Roma frente al Vaticano y preguntar si ahí vive el Papa!

Yendo hacia el centro del poblado, de pronto vi a mi izquierda el antiguo casco de la hacienda donde fue emboscado y muerto Emiliano Zapata.

La temperatura era cálida y seca, pero no agobiante; a la sombra, corría un viento muy de agradecerse.

Seguí de frente hasta llegar a una calle que lleva el nombre del general José Hernández, héroe del Ejercito Libertador del Sur, herido en Puebla en diciembre de 1914, y fallecido en la hacienda de Chinameca, donde su nombre es recordado por esa calle donde se ubica desde hace un siglo, la Panadería Cárdenas.

A la fecha, subsiste y funciona diariamente el horno antiguo donde se cuecen los bolillos inigualables; por muchos años, ahí estuvo el único telefono del pueblo.

Las muchas veces que he vuelto y permanecido, he escuchado la voz de alguna de las hermanas Cárdenas, que anuncia la salida del pan calientito, la llamada de larga distancia de algún ser querido que se encuentra lejos, o la dedicatoria de unas mañanitas de p arte de algún hijo de Chinameca que quiere felicitar a la madre, el padre, los hermanos, los hijos o los amigos que echa de menos y recuerda.

En el transcurso de estos más de 40 años, he echado raíces en ese rincón de la patria, cuyos sitios secretos he ido descubriendo y haciendo mios, como mío se ha hecho el amor por la madre de mi amigo Renato, (doña Sidonia) que me ha hecho el regalo extraordinario de considerarme como hijo adoptivo suyo.

La Panadería Cárdenas no solamente es un expendio de pan delicioso; es lugar de reunión; lugar de acogimiento y de disfrute donde se detiene el tiempo cada vez que se sienta uno bajo la frescura de la pérgola que cubre su patio.

Es escenario de veladas musicales, donde Don Amadeo y Doña Sidonia, acompañados por sus hijos con guitarras y maracas, celebran la vida y la comparten con quienes tenemos la fortuna (como yo), de haber sido recibidos como de la familia.

Mientras escribo estas líneas, mis recuerdos brotan entrañables y quisiera contarlos aquí todos, pero no es posible.

Tendríamos que sentarnos en el patio de la casa Cárdenas, bajo la pérgola cargada de flores de maracuya y buganvilias, y charlar hasta la madrugada rodeados por el acompañamiento musical de los grillos.

Una tarde de las muchas que he podido estar ahí, Leonardo Cárdenas (hermano de Don Amadeo) iba acompañado de un señor que visitaba Chinameca por primera vez.

Al terminar la comida, ese invitado quiso corresponder la hospitalidad recibida, cantando viejas canciones mexicanas a capela.

Aún recuerdo su extraordinaria voz, y cómo hubiéramos querido que siguiera y siguiera cantando más.

La Panadería Cárdenas, llevaba 2 años de funcionar, cuando aquel 10 de abril de 1919, Emiliano Zapata cayó muerto a pocos pasos de distancia.

La calle donde se encuentra el corazón del pueblo; la casa de los Cárdenas, lleva el nombre de un joven general zapatista (José Hernández) que habiendo sido herido en Puebla en diciembre de 1914, quiso ir a morir a Chinameca, como se lo reclamaba su corazón, y finalmente descansó entre los muros de la hacienda de San Juan.

Mi amigo (hermano) Renato, es un sabio sin pretensiones (porque no sería sabio de otro modo); un sabio que hace pan porque quiere; porque ama la raíz de la que recibió con ese oficio, la sabiduría que comparte con su familia, y que por fortuna me alcanza a mí.

El PAN de Renato Cárdenas, es un PAN por el que sí merece la pena votar, como lo decidieron sus vecinos que lo eligieron como ayudante municipal.

Cuando le fue ofrecida “una prometedora carrera política” de “mayores alturas”, hizo a un lado la invitación, con la misma facilitad con la  que abandonó su puesto como administrador y hombre de confianza de  Don Miguel Jinich, un gran mexicano nacido en Rusia que lo quiso como se quiere solamente a un hijo.

La vida de Renato mi amigo; (mi hermano), me recuerda la historia de Siddhartha (el inolvidable libro de Herman Hesse) que narra como el protagonista supo dejar atrás las mieles del triunfo material, para alcanzar la sabiduría al lado de Vasudeva, el barquero al que conoció muchos años atrás, cuando cruzó el río por primera vez.

El pasado mes de diciembre, Panadería Cárdenas cumplió su primer siglo de llevar a los hogares de Chinameca y de muchos otros sitios de Morelos, el pan de cada día.

Más de 3,000 personas se dieron cita por turnos, bajo la pérgola floreada del patio (del que guardo en mi pecho tantos recuerdos), para celebrar con Don Amadeo, Doña Sidonia Cárdenas, sus hijos, sus nietos y sus bisnietos, cien años de trabajo ejemplar; de patriotismo diario; de dedicación.

Chinameca es importante para México, porque ahí viven mexicanos patriotas que con su pasión hornean las conchas, las corbatas, las chilindrinas, las orejas, las banderillas, y hoy, las Roscas de Reyes en torno a las cuales, los mayores transmiten a sus niños nuestra historia, y nuestras leyendas, saboreando chocolate a la hora de la merienda.

Chinameca es importante  para  aprender a amar a México, por su pasado heroico, y por su largo presente que en el transcurso de un siglo, ha hecho de la Panadería Cárdenas, un presente vivo en su patriarca Don Amadeo y en su matriarca Doña Sidonia; un presente vivo que revolotea entre las risas y la música de decenas de nietos y bisnietos que como las golondrinas de la hacienda de San Juan, alegran la vida  de ese pueblo más que mágico.

Chinameca es importante para mi corazón, porque ahí he sido acogido como hijo y como hermano; ahí encontré cobijo y refugio cuando lo necesité; ahí tuve el honor de desempeñarme como “Cura Hidalgo” de las Fiestas Patrias vestido con un abrigo abrasador, y equipado con mis botas de cartón y mi peluca de algodón blanco, cuando Renato era ayudante municipal.

Mientras escribo esas líneas a diez mil kilómetros de México, se agolpan en mi memoria emocionada innumerables recuerdos.

La magia del teléfono, me permite correr con mis oídos a escuchar la voz de Chinameca, y escuchar incluso, mientras platico con Rosa Mary, con Alheli, con Renato, con Angeles o con Rafael, los anuncios de la panadería por el altavoz que es un faro de amor y de esperanza para tantos de nosotros.

Hasta aquí puedo disfrutar el aroma de las roscar de Reyes que salen del horno tripuladas por los ineludibles muñequitos que serán los anfitriones de la Candelaria; la Candelaria de tamales verdes o de mole en hojas de plátano; de atole y chocolate; de café de olla; del México imborrable en los sabores de mi infancia que subsiste.

La imagen que ilustra este texto, es de mi querido Renato, sonriendo con picardía frente a las roscas recién horneadas.

Chinameca sigue siendo un lugar íntimo y pequeño; un sitio sin prisas; un rincón donde la historia de nuestra patria se escribe con trabajo diario, y con aroma de pan cocido con amor por México.

Hoy, vuela mi alma hasta allá, aprovechando el paso de los Reyes Magos, que por la noche  harán escala en Chinameca para dejarles sus regalos a los niños del pueblo…

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Número 21 - septiembre 2018
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