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Crónicas del Año Cero (XIII): Transhumanistas vs. Bioconservadores

Jueves, 08 de Febrero 2018 - 15:00

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Jaime Guerrero Vázquez

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A principios de enero de este año científicos chinos divulgaron la noticia de que habían clonado un par de monos macacos de cola larga (llamados Zhong Zhong y Hua Hua). Las fotografías de unos bebés de ojos grandes y caras simpáticas fueron vistas a través de todos los medios. Para el lector común de noticias, esta fue una más. Después de todo ya se han clonado ranas, ratones, gatos, ovejas, cerdos y vacas, ¿qué más da que clonen un par de primates?

La verdad es que no es una nota más, la clonación de primates representa un punto y aparte en esta área. Para empezar, los óvulos de los primates no son fáciles de adquirir (en Estados Unidos, por ejemplo, está prohibido hacer experimentos con primates) y, en segundo lugar, las técnicas empleadas para clonar otros animales no son fácilmente aplicables a los primates. Como era de esperarse, la nota despertó el debate entre ciertos círculos sobre la clonación en seres humanos. Al respecto, el doctor Leonard Zon, director del Programa de Células Madre en el Hospital Infantil de Boston declaró: “Estamos más cerca de clonar humanos de lo que jamás lo habíamos estado”.[1] La mayoría de quienes trabajan con clones consideran inmoral experimentar con óvulos humanos dado que la técnica actual requiere muchos ensayos que salen mal antes de “producir” un ser. Incluso de lograrse, las posibilidades de que el ser “producido” posea alguna anomalía son altas. Por ejemplo, para “crear” a Zhong Zhong y Hua Hua se crearon 149 embriones iniciales, es decir que se descartaron 147.

Esta es una de las razones por las que en la mayoría de los países está prohibido hacer este tipo de investigación en seres humanos. Las otras razones son de índole religiosa. Hay otro tipo de clonación: la de órganos, también llamada clonación terapéutica. Sin embargo, las trabas legales, políticas y religiosas acerca de la utilización de células madre son muchas, por lo que los investigadores usan otro tipo de células. Dolly, por ejemplo, fue clonada a partir de células de la ubre de una oveja. Los macacos a partir de las células epidérmicas de un mono adulto.

Se afirma que la clonación de seres humanos y el desarrollo de ciertas ramas de la medicina podrían producir un tipo de seres humanos superiores. No mutantes con poderes como Wolverine o Cíclope, pero si humanos más resistentes a enfermedades o cambios climáticos. En este terreno es que se enfrentan el transhumanismo y los bioconservadores, los primeros postulan la utilización de tecnologías para cambiar al ser humano; los segundos impulsan la idea de conservar los atributos “naturales” del ser humano y dejar que la evolución haga el resto. Los transhumanistas piden echar mano de la medicina, la cibernética y otras ramas para “mejorar” al ser humano.

Podría parecer que los transhumanistas están cerca de la ciencia ficción y en cierto sentido es así, pero el hecho es que hay cada vez más investigadores que suponen que el futuro de la especie radica en la aplicación de tecnologías para potenciar sus atributos. Por ejemplo, el Instituto para el Futuro de la Humanidad (FHI por sus siglas en inglés), ubicado en la Universidad de Oxford, que dirige Nick Bostrom, un autor interesado en este tema, sobre todo en los aspectos éticos de la aplicación de las tecnologías al ser humano, está dedicado a impulsar las ideas del transhumanismo. Bostrom tiene más de 200 publicaciones y es consejero y asesor de varias instituciones, por ejemplo es miembro experto para la Agenda del Consejo para Riesgos Catastróficos del Foro Económico Mundial.

El ser humano del siglo XXI es un animal distinto al homo sapiens de hace 20 mil años; es el producto del desarrollo científico, médico, cultural, etc. la discusión de si se permite la aplicación de tecnologías para modificarlo es un tren que ya partió. Por esto, vale la pena discutir a nivel internacional un marco ético para ese proceso en marcha, pero no sólo en los temas ligados a la medicina, sino en todas las ramas que pueden cambiar lo que somos.

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Número 17 - abril 2018
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