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El temblor que a nadie le importa

Viernes, 29 de Septiembre 2017 - 17:00

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Luisa Ruiz

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Hay una hora hueca en las calles del centro de Tijuana. Son sesenta minutos en los que la tristeza, la desolación, la amargura, los olores cambiantes y las personas sin hogar se expanden por las aceras.

Asistí, en el área del centro de la ciudad, a un evento cultural que daría inicio a las 7:00 p.m., llegué justo a esa hora y encontré, afuera de la sala donde sería la presentación literaria, unas doce personas y dentro otras siete. Al hacer notar la hora, me dijeron que esperarían unos minutos para darle tiempo de llegar a los que venían en camino. Pasaron 30 minutos y decidieron dar inicio, solo un par llegó media hora después.

El área donde se ubica el recinto cultural, no es un lugar en el que la gente pueda estar segura, en realidad ya no hay lugares seguros en Tijuana. Nunca se sabe en dónde se disparará un arma o se suscitará una persecución policiaca.

Pensando que la presentación era a las 7:00 p.m. y que estos eventos por lo regular tienen una duración de hora y media, me daba tiempo suficiente para saltarme la hora hueca de las calles. Y no, había que respetar al que llegó tarde y olvidar a los 19 que llegaron a tiempo con esto, me hacen a mí, no respetar al autor y a sus presentadores porque tuve que salirme antes de que terminaran.

Los retrasos siempre provocan una reacción en cadena. Quién piensa si alguno de los asistentes puntuales tenía una cita a las nueve y por respetar al impuntual se volvieron impuntuales para su siguiente actividad, o se expiró el tiempo en el parquímetro, van a cerrar el estacionamiento o simplemente les gusta ser organizados en sus tiempos. Tampoco a nadie le importa, por supuesto, que yo vaya en transporte público y tenga que cruzar esas calles en la hora hueca, la hora de la desdicha inmisericorde.

Siempre trato de evitar las calles de Tijuana entre nueve y diez de la noche. A esa hora, los negocios cierran, el bullicio del día enmudece, la gente que activa la economía ya está en camino a sus casas y los pocos focos no alcanzan a iluminar el paso.

Lo que queda cuando todos terminan su jornada es un espectáculo deprimente. Cada paso es un olor diferente, el cloro que lavó la tienda de tacos, el líquido barato que enjabonó la entrada de la tienda de ropa, las velas apagadas, los desperdicios del mercado y los camiones de redilas que recogen las toneladas de basura generada durante el día.

Además, los pordioseros, los adictos y los vagabundos pelean por una bolsa de basura, buscan en los botes sucios, rascan en los bordes de las alcantarillas y se llenan los bolsillos de pedazos de pan y fruta apachurrada. Es una representación tan cruel de la realidad que se ve de nueve a diez en las calles del centro. Después de las diez de la noche, como magia, las calles vuelven a iluminarse y a llenarse de gente que inicia otras jornadas, otros paseos, otras rutinas.

Fraccionada la sociedad. Esos mismos que invaden las solitarias esquinas en la hora hueca, son los mismos que se confunden entre todos los demás durante el día y nadie los ve, son los invisibles que dejaron de hablar hace mucho tiempo, los harapientos que ya no saben llorar y se olvidaron de sonreír cuando su bote para la limosna dejó de sonar, a ellos, no les queda más que esperar a que se vacíe la calle para recoger lo que otros no quisieron.

Estos son los terremotos y desastres diarios, sin apoyo, en el olvido y como no son escenas que me guste ver, trato de evitar esa hora hueca, porque me deja hueco y adolorido el corazón.

La presentación literaria fue, por cierto, una excelente e interesante charla. Me hubiera gustado mucho esperar al final, ofrecer mi aplauso y tener la firma del autor en el libro que compré, solo que eran casi las nueve, y porque decidieron respetar a los impuntuales y mi tiempo para recorrer las calles era limitado, no pude respetar que terminara, aun así, me alcanzó la calle silenciosa y vi, sin querer ver, el inicio del temblor que a nadie le importa.

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Número 12 - noviembre 2017
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