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Libretas, libros ciegos y decadencia

Viernes, 08 de Junio 2018 - 15:00

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Luisa Ruiz

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La libreta del año libresco. Para cada feria una libreta nueva y para cada feria, un texto, aún cuando las últimas cuatro versiones no han sido lo mejor que los libros hayan tenido. Esta, la feria número 36, también siente y resiente eso que se llama fin de sexenio, falta de recursos, presupuesto maquillado y peleas entre puertas y detrás de cámaras; cosa que en realidad, no le importa a quien visita y recorre los pasillos bobeando son comprar un libro, estacionados en mitad de la pasada comiendo helados, empujando carriolas, algunos sin voltear siquiera a ver a los mudos de papel que esperan ser llevados a otra casa que no sea el estante en donde han permanecido por tanto tiempo.

La feria, pues, esta acumulación de zapatos en movimiento, parece despedirse porque debe morir como muere todo lo desgastado, morir para dar paso a una feria bebé que inicie un camino nuevo, morir como tantas cosas en este México harto de necedades; hay un espectro preñado esperando parir a lo nuevo necesario.

Así, igual que mis libretas, a veces, aunque les queden hojas limpias, deben irse a hundir en el baúl de las letras muertas, las que mal cumplieron su función, las que resolvieron el asunto pendiente, las que cerraron un caso, las que suspiraron sin respuestas, las que guardarán hojas amarillas con letras en pedazos. Si se muere el día y también la noche, por qué no ha de morir la decadencia y la sordidez.

La agonía anuncia un fin y esto es la feria de este año, de no ser por unos cuantos autores que hicieron suya la fiesta de los libros y de la estancia de los libreros esforzados por presentar, algunos, unos excelentes títulos y los más, el mismo empaque de cada año, este evento habría sido un festival callejero cualquiera.

De mayo a mayo, entre ferias, no hubo escritores que poblaran las horas literarias en Tijuana, no se entiende si reservaron a todos para que estuvieran juntos estos últimos días, o de nuevo el presupuesto y las ganas no lo permitieron.

Dos cosas quise esta vez: asistí a una presentación literaria (a dos, la primera no cuenta, me senté para reservar mi lugar para la última), y di dos paseos matutinos por los puestos de libros, compré dos (en Morelia compré cuatro libros que juntos, daban el precio de uno solo en la Feria de Tijuana).

La muy esperada presentación que cerraba los desesperados diez días, fue la de Daniel Salinas Basave, escritor regio-tijuanense, quien ha ganado la mayoría de los concursos a los que ha inscrito sus obras y  su trabajo “Juglares del Bordo”, que no ganó en el Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola, fue a ganar en Argentina el Premio Literario Fundación El Libro y por esto lo esperábamos, para que nos contara cómo fue; esperábamos a Daniel para vivir con él su triunfo y queríamos aplaudirle –por cierto, su charla cerró con un aplauso que se resistía a terminar–.

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Tener “Juglares del bordo” firmado por su autor era casi una obligación, un libro parido y bautizado en Tijuana, en sus páginas, hijos y lugares de Tijuana que cuentan sus historias, todo junto confirmado y aplaudido en Argentina. Incluye un glosario de términos y palabras nacidas en la región para que los argentinos supieran de qué habla Daniel en sus cuentos.

La otra cosa, un espacio de libreros, replicó la iniciativa de vender libros empacados, sellados y con una frase en el papel que lo envuelve, es una cita a ciegas con un libro. Iniciativa que nace en algún lugar en algún momento por algún librero necesitado de ventas, o sea, no se sabe cuándo ni quién inventó esto. El caso es que elegí uno y lo dejé empacado por varios días queriendo saber y no, qué era lo que había comprado.

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Llevé mi “cita a ciegas” a la escuela y lo mostré a mis alumnos. Los chiquitos de primero de secundaria se emocionaron y me pidieron que lo abriera, como si de un gran regalo se tratara. Se los di para que lo descubrieran, “sin romper el papel” -les dije- ojalá se pudiera dibujar la escena con todo y sonidos. Cuatro de ellas, con todo cuidado desamarraron el cordoncito y despegaron las cintas adhesivas. “¡La Perla de John Steinbeck!” -gritaron, acto seguido, cada una escribió al reverso del papel mensajitos como “luego nos platica de qué trata” o “espero que le encante el libro” dibujaron corazoncitos, sus firmas y la fecha. Sin duda, una cita a ciegas vista por muchos ojos y tocada por muchas manos.

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Esa fue mi Feria del Libro de Tijuana este año y debí hacerla a mi gusto, porque en lo general no me dejó buen sabor de boca, ha de ser por la agonía que padece. Como siempre, esperando otra cosa, otro tiempo, otros libros y más triunfos de la gente que vive, como dice Daniel, “pateando las calles de la ciudad para arrancarles historias”.

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Número 18 - mayo 2018
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