Ruiz-Healy Times

Las pequeñas cosas: vertumno

Las pequeñas cosas: vertumno

“El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno”. George Sand (1804 – 1876). 

Al parecer, todo encuentra respuesta en la mitología y en las civilizaciones griegas y romanas; las estaciones del año no son una excepción y ya que estamos en la antesala del equinoccio de otoño, les diré que Vertumno (de origen etrusco) es una divinidad romana que personifica la noción del cambio (sí, ese del que tantos huyen por miedo o por inadaptación), de la mutación de la naturaleza entre una estación y otra. 

Durante el otoño, los árboles se desprenden de sus verdes follajes convertidos en amarillentas hojas que van cayendo poco a poco, las temperaturas empiezan a descender y el cambio está presente para ir creando el espacio para la pausa obligada que llega con el invierno. El otoño es el inicio de un ciclo que culmina con el verano y a nivel personal, nos acerca al recuento de los daños de lo que ha sido nuestro año, de lo que resta por hacer y de lo que anhelamos para el próximo (aunque este tiempo pandémico nos ha dejado casi sin esperanzas). 

Otoño es también, el tiempo de las cosechas, por lo que se le relaciona con una fuerte conexión espiritual y simbólica para las personas pues la naturaleza nos enseña: a soltar para dar lugar a lo nuevo y aprender a cerrar ciclos, nos prepara para la llegada del frío invierno, nos permite agradecer lo que tenemos producto de nuestro esfuerzo y disfrutar cada día de todo cuanto nos rodea. Así que el otoño es una gran lección de vida si se le quiere ver así y si nos permitimos hacer una pausa y darle un sentido metafórico y simbólico a un momento que llama a la introspección y al balance pero además, nos muestra que el cambio es la única constante de la vida, nos enfrenta a ello y nos demuestra que toda época tiene su propósito como parte del gran ciclo de la vida.

Vivaldi compuso Las cuatro estaciones es su obra más conocida e inusual para la época, publicó los conciertos con unos poemas de acompañamiento. Para el otoño escribió: 

“Allegro

Celebra el rústico, con bailes y cantos

La feliz vendimia y el alegre placer

Y del licor de Baco encendidos tantos,

Acaban con sueño su gozo.

Adagio molto

Hace cada uno saltos y bailes y cantos

El aire que templado da placer,

Y la estación que invita a tantos

De un dulcísimo sueño al bello gozo.

Allegro

Cazador que al alba sale a la caza

con cuernos, escopetas y jaurías salen fuera

Huye la fiera, y la rastrean;

Ya sorprendida, y agotada por el gran ruido

de escopetas y perros, herida amenaza,

Lánguida, con huir, pero abrumada muere”.

La música, es el mejor medio para conectar con nosotros mismos y es un lenguaje universal en tanto que nos mueve a la acción, nos emociona, nos exalta y nos transporta a un mejor estado de ánimo. El otoño y la música son la mejor manera de detenerse a disfrutar de #laspequeñascosas de la vida, esas que cada día son menos y que es más difícil encontrar en el andar diario porque esta vida tiene más velocidad y menos calidad cada vez, pero aquí nos tocó vivir.

A manera de colofón: confieso que detesto los simulacros por su relación directa con el recuerdo de la pésima experiencia del sismo del 85 y del 2017, año en que fui colapsada por el mayor sismo emocional en la historia de mi vida  pero además, esa imitación de un suceso real que sirve como medida de prevención me parece por demás absurda para una ciudad en la que el tránsito impide la agilidad del traslado de ambulancias o equipos de protección civil, una ciudad que no respeta las medidas de prevención con banquetas reducidas por el comercio ambulante, una ciudad que ya no descansa y en la que no queda tiempo para prevenir antes que lamentar. Año tras año se realiza el simulacro nacional más como un mero trámite que como un verdadero acto de contrición que nos motive a reforzar medidas de seguridad, a equipar y capacitar a empresas, instituciones, negocios y ciudadanos para una mejor respuesta ante la contingencia real. Al parecer, es más fácil declarar que todo salió bien en un simulacro que asegurar el bienestar real día con día y que, por cierto, tal simulacro debería ser una práctica programada y no sólo un suceso que sirva para la foto de oficiales y aspirantes a oficiales.

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