Silencio creativo

A continuación se ofrece una reflexión sobre el libro más reciente de Francisco González Crussi: Más allá del cuerpo.

12 de octubre, 2021

Me recomendaron un ensayo literario. Gracias a la ventaja de los envíos a domicilio, un par de días después lo tenía entre mis manos. Me llamó la atención que su autor fuera un médico patólogo mexicano, además de escritor, al que –debo decir—no conocía. Su nombre es Francisco González Crussi y el del libro Más allá del cuerpo, obra recién publicada dentro de una numerosa colección de tratados literarios del mismo género. Comencé con el primer ensayo que me resultó muy apasionante. En él habla sobre la embriogénesis y la conceptualización que sobre sí mismo desarrolla el ser humano a través de la historia. Disfruté cada línea, cada párrafo. De una forma muy poética, iniciando en la Grecia clásica, se expresa en torno a órganos anatómicos específicos en variadas especies animales, hasta convencernos de que nosotros los humanos no somos tan distintos de otras especies, como nuestra soberbia nos lleva a suponer.

Seguí leyendo y me topé con dos ensayos que poseen su pátina de conocimiento médico, pero giran en torno al arte barroco. El primero se enfoca en la monarquía europea revisando aspectos tan originales como por qué los reyes usaban pelucas; el segundo, respecto a la pintura clásica, en particular de la época dorada en los Países Bajos.  En ese punto fue donde más me sorprendió su oficio de ensayista. La maestría para  generar atmósferas y poner a jugar conocimientos  que él ya poseía antes de sentarse a escribir. 

Francisco González Crussi nació en 1936. En cada línea se nota la forma como ha aprovechado su vida en leer, viajar, documentarse y compartir ese cúmulo de conocimientos que ha venido adquiriendo con el tiempo. Y es justo lo que me llevó a reflexionar acerca del valor de la lectura como una herramienta de profundización de la vida misma, tanto la de otros como la propia.

La pandemia nos ha estrujado el alma a todos, a unos más, a otros menos. Nos ha sumido en unas aguas profundas y oscuras, de entre las cuales en cualquier momento sentimos que va a emerger una bestia que acabará con nosotros o nuestros seres queridos.  Hemos hallado formas de ocupar el tiempo, de utilizar las limitaciones físicas como motores de búsqueda personales o familiares, aunque hay ratos cuando nos sorprende nuestra propia percepción de vulnerabilidad. Puede suceder que nos tornemos agresivos, ya sea con nosotros mismos o con quien existe en nuestro entorno personal. No alcanzamos a visualizar el mundo sin ese filtro de negatividad que contamina nuestra forma de mirar.  Aquí fue justo donde el libro de González Crussi me llevó a analizar un hecho real para mí como lectora.  La obra incluye una sección de reproducciones de los óleos a los cuales va haciendo referencia.  Por mencionar uno de tantos que estudia:   

“La visita del médico” de Jan Steen, (1626-1679), óleo en el que aparecen la paciente en cama, una mujer de pie con una copa con un líquido rojizo; el médico sentado al lado de la cama.  En la pared posterior hay un cuadro  que representa un caballo y varios varones desnudos caminando a su lado.  A la derecha en primer plano, el extremo de una mesa vestida con un mantel grueso, y al fondo una escalera que remata en una puerta, la cual se presenta cerrada.  La descripción de este óleo y la asociación que el ensayista hace con otros cuadros de la época, así como con personajes de ese tiempo, enriquece la narrativa.  Pasamos de decir: “Es una representación de una enferma, su familiar y el médico”, a darle profundidad y –por qué no– universalidad, como una forma de disfrutar más lo que tenemos enfrente, deteniendo la vista en cada detalle y tratando de interpretar la relación de una figura con otra y del mensaje que el pintor quiso dejar a través de su obra.

Regresando al tiempo presente: La sugerencia que nos hace el autor es a ser un tanto más observadores, más curiosos.  Formularnos preguntas y tratar de contestarlas, no necesariamente desde nuestro cúmulo personal de conocimientos, sino consultando otras fuentes.  No tienen que ser preguntas que “todo mundo” haría, sino aquellas que a mí como observador me inquietan.  Si relacionamos un elemento con otros, comenzamos a vivir un proceso de creación personal divertido y original. En cambio, si no contamos con elementos previos  con los cuales cotejar o enriquecer lo que ahora percibimos, terminaremos aburridisimos y desesperados, si no es que irascibles y explosivos.

Cada libro es una propuesta que se nos presenta.  Y como diría el propio González Crussi al hablar de cerebro y corazón, lo hace a través de los sentidos, pero finalmente va a dar al hueco que tenemos todos en el pecho, donde se aloja el corazón.  Recordando algún aforismo popular, florecerá en nosotros aquello que sembremos. Alejarnos del caos para entablar un diálogo personal con los amigos (libros) que decidamos tomar en nuestras manos, es una forma de conocer la vida desde distintas perspectivas; disfrutar nuevas experiencias y celebrar el hecho de existir, a partir de una lectura distinta de la cotidianidad, desde nuestro propio silencio creativo.

 

Comentarios


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Durante los últimos meses el clima y la vegetación habían variado enormemente, dificultando el trayecto; el paraje yermo y polvoriento donde habían asentado su campamento base, de a poco se había transformado en una jungla espesa, húmeda y de rocosos acantilados, cada vez más escarpados e inhóspitos. Únicamente algunos ínfimos asentamientos humanos con sus respectivos animales domésticos habían logrado sobrevivir ahí. Aquella, pues, era la realidad de Latinoamérica. Sólo pobreza. Gente jodida, jodida y solitaria, viviendo en medio de la nada. Carajo, pensaba el comandante Ramón, ¿cómo es posible que el gobierno, los gobiernos puedan permitir algo así, una existencia infrahumana y miserable, sin ningún propósito, sin ninguna aspiración? Justo algunas horas antes, él y los dieciséis hombres que componían aquella primera columna del llamado Ejército de Liberación Nacional se habían topado, accidentalmente, con una anciana desdentada que conservaba, a su avanzada edad, el buen talante y cuyo tiempo se dividía entre pastorear a sus cabras y cuidar a sus dos hijas, una enana y otra que yacía postrada en el interior de la pequeña choza construida con paja y adobe a la que las tres denominaban hogar. Habían intercambiado algunas escuetas palabras acerca de la distancia con respecto a las poblaciones más cercanas y después, poco antes de ponerse en marcha nuevamente, le habían dado cincuenta pesos, mucho considerando la cantidad que les restaba, no sin antes hacerle prometer que no hablaría con ninguno de los soldados que rondaban la zona. Una anciana y dos hijas enfermas. Algunos campesinos y sus familias. Una casa solitaria aquí, un caserío allá. Todos, en medio de aquel territorio agreste y perdido. En medio de la nada. Peor aún, dado los recientes acontecimientos, resultaba poco probable que fuera a cumplir con la palabra empeñada. El recuerdo de la segunda columna, cuya posición debió de haber sido informada al ejército por alguno de los campesinos locales, disparó de pronto imágenes dentro de la cabeza de Ramón; comenzaron a aparecer frente a sus ojos, claramente, los rostros de sus compañeros caídos. Muertos, todos muertos. Jóvenes. Buenos compañeros. Valientes y leales. Emboscados, sin oportunidad alguna de defenderse, asesinados como animales por unos soldados de mierda, sin ningún rastro de honor. Lo tenían todo y ahora ni siquiera podía saber él, con certeza, qué suerte correrían sus cuerpos. Julio y Manuel también habían muerto, ellos apenas dos semanas atrás. ¿Qué hay de aquellos que los amaban, de sus amigos, de sus compañeros, de su familia? ¿Qué será de la mía, si corro con la misma suerte? A mis hijos les costará trabajo recordarme, sobre todo a los más pequeños, pero mi mujer se encargará de criarlos como hombres y mujeres de bien, preocupados por su patria y por su gente. Aún y cuando no lo había expresado hasta ese momento, y jamás lo haría, era consciente de que el exterminio de aquella segunda columna marcaba el precipitado fin de la odisea. Durante algunos meses, el balance de fuerzas había presentado un saldo positivo; habían logrado abastecerse de cuantioso parque y provocado numerosas bajas enemigas. Pero la caída de la segunda columna era un golpe difícil de ignorar. Salir de allí con vida era, ahora, el único propósito, el único objetivo. La luz de la luna resultaba apenas perceptible dada la cantidad de nubes que pululaban el cielo aquella noche de octubre, de modo que el grupo avanzaba lentamente, entre penumbras. Continuaron la penosa marcha en silencio, bordeando un pequeño arroyo y atravesaron unos cuantos sembradíos de papas, dejando un notorio rastro entre la hierba.  Cada paso representaba un auténtico desafío y cerca de las 2 a.m. Ramón decidió que había sido suficiente. A pesar de la inconveniencia estratégica que representaba el instalarse entre aquellos peñascos, era inútil seguir avanzando. Los combatientes, no sin esfuerzo, lograron acomodarse en la boscosa hondonada y trataban de dormir un poco, debilitados por la fatiga, las infecciones, el hambre, la falta de vitaminas y la permanente tensión. Su comandante, recostado contra un árbol y respirando con sumo esfuerzo, aprovechaba el aparente sosiego para reponerse del arduo trayecto. Durante la madrugada, una compañía de flamantes rangers se apostó en los riscos que dominaban aquel desfiladero. Un campesino, como tantos otros que se habían encontrado a lo largo de aquella fatídica campaña, los había delatado. 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