Marina de Taviera y Alfonso Herrera, juntos en ‘El Paraíso de la invención’

Marina de Tavira y Alfonso Herrera serán los protagonistas de El paraíso de la invención, puesta teatral que será llevada a cabo los días 27, 28 y 29 de noviembre vía streaming en la plataforma de Teatrix...

16 de octubre, 2020 Alfonso Herrera y Marina de Tavira

Marina de Tavira y Alfonso Herrera serán los protagonistas de El paraíso de la invención, puesta teatral que será llevada a cabo los días 27, 28 y 29 de noviembre vía streaming en la plataforma de Teatrix México.

Los actores darán vida a un emotivo y desgarrador drama, en donde retratan la historia de una familia muy particular que a simple vista no se puede catalogar; la pluma de la dramaturga Isabela Coppel relata la vida de estos personajes y la dirección esta a cargo de la reconocida directora teatral Lorena Maza, de acuerdo con un comunicado de prensa.

El Paraíso de la invención es una historia sobre el fracaso, el duelo y el amor. Es un relato íntimo en el que los protagonistas revelan las batallas que tuvieron y tienen que librar, desde su niñez hasta su madurez, en una sociedad que manipula la construcción de lo que es una familia, con la cual tendrán que confrontarse y decidir cuál es la historia que quieren tener.

Alfonso Herrera y Marina de Tavira

Los personajes principales navegan a contracorriente en una sociedad manipulada por la simulación, lo políticamente correcto, así como las falsas preocupaciones sociales, donde harán lo posible para reconciliarse con su pasado, su presente, y, sobre todo, con lo que planean hacer hacia el futuro.

Isabela Coppel empezó a escribir esta obra en 2018, la cual forma parte del contenido original de Talipot Studio, para llevarla a los escenarios este año.

El Paraíso de la Invención presentará su gran estreno el próximo viernes 27 de noviembre a las 20:30 horas, el sábado 28 de noviembre a las 20:00 horas y el domingo 29 de noviembre a las 18:00 horas.

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Daniel Salinas Basave (1974), escritor mexicano.  Tener más de sesenta años en el siglo veintiuno nos da la oportunidad de contrastar realidades muy distintas que han ocurrido entre que nacimos y el presente, cuando maduramos. Entre esas maravillas está la tecnología de punta con todo lo que conlleva, bueno y malo. En mi infancia los aparatos telefónicos residenciales eran de pasta, color negro, pesados y con disco. Se descolgaba el auricular después de haber timbrado el aparato un montón de veces, no como ahora que en poco tiempo se corta  la llamada y nos manda a buzón. El teléfono de casa de mis papás era una combinación simpática de dígitos: 2 02 24.  En esos tiempos ser propietario de una línea significaba tener acciones de “Teléfonos de México”.  Recuerdo unas planas color verde pálido con perforaciones que permitían ir desprendiendo pequeñas secciones de éstas. Para mí resultaba todo un misterio ver que mi madre recortara unas cuantas como si fueran pequeños cupones, acudiera al banco donde se las intercambiaban por dinero constante y sonante. Más de una vez habrá salvado mi santa madre aquellos pliegos de mis manos inquietas, que quisieron apropiárselos para jugar al “compra y vende” con mis muñecas. Volviendo a los medios de comunicación, las llamadas de larga distancia se hacían a través de operadora, ya fueran directas o por cobrar, de preferencia en la noche, cuando las tarifas eran menores. Tengo muy presente una memoria de mi infancia: en un período en que viví en Ciudad Camargo (Chihuahua), la casa tenía un teléfono de pared sin disco. Se pedían las llamadas locales por operadora. No pocas veces llegaban vecinos solicitando el uso del teléfono para alguna emergencia. Pasamos de esos aparatos de fabricación burda a unos de plástico.  Los colores se suavizaron, había grises, blancos y color crema; verdes y rojos.  Más adelante, el disco giratorio fue sustituido por botones que se presionaban para marcar el número deseado. Apareció la larga distancia automática (LADA), y con los vaivenes políticos y económicos la telefonía se abarató, y dejó de ser tan costoso hacer una larga distancia. De ahí brincamos a los inalámbricos, que representaron una gran ventaja, y ya con la aparición de la telefonía celular a partir de la década de los noventa del siglo pasado, las cosas sufrieron cambios definitivos. Las preguntas que nos hacen los “millennials” son lógicas para ellos: ¿cómo vivíamos nosotros en esos tiempos sin teléfonos celulares?; ¿cómo se avisaba dónde andábamos, o cómo nos comunicábamos para notificar que ya habíamos llegado? En realidad, cuando mis hijos atravesaron la adolescencia en el primer decenio de este siglo, ya había celulares, su uso era caro y restringido, pero era una tranquilidad saber que podíamos comunicarnos con ellos en cualquier momento.  No había GPS ni todas las monadas que vinieron más adelante, como las redes familiares de comunicación, pero sí, el teléfono celular nos dio más opciones para estar en contacto.  Pensándolo bien, también nos generó problemas que antes no hubiéramos acaso imaginado. La llegada de los hipervínculos propios de la Web2  fue el gran salto cuántico en lo que respecta a la información.  Desde mi equipo podía conectarme a un sitio en la red y de ahí a otro y a otro, hasta obtener los resultados deseados en mi búsqueda. Ello permitió explorar cambios de lo más diversos, desde cómo destapar un caño hasta cómo elaborar bombas artesanales. De repente comenzamos a sentir que el conocimiento más vasto estaba en la punta de nuestros dedos, y que podíamos volvernos expertos en los temas que procuráramos con ahínco. Ello ha derivado en la generación de eruditos de escritorio que suponen tener la respuesta a cualquier problema: Desde las grandes dudas existenciales del ser humano, hasta los efectos colaterales del recién surgido antiviral Paxlovid.  En cuestiones médicas es grave dar por sentado que la búsqueda de respuestas en la red sustituye la preparación formal de un médico a lo largo de muchos años, lo que le coloca en posición de entender con fundamentos el mecanismo de la enfermedad, sus manifestaciones y posibles tratamientos, entre otras muchas cosas. Hay que agregar un efecto deletéreo más: de forma paradójica la hipercomunicación ha provocado un mayor aislamiento. 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La cultura es el conjunto de creencias y valores que cultivan las sociedades mediante relatos de héroes y villanos; el establecimiento de premios a lo que concebimos bueno y permitido, y castigos a lo que consideramos malo y prohibido. En ese proceso son cruciales la experiencia o escuela de la vida, así como la educación cívica que recibimos. A ello cabe sumar el medio ambiente (geografía), los alimentos que consumimos y las vivencias personales. En términos neurocientíficos a la influencia cultural y medioambiental se le conoce como epigenética, cuyo papel consiste en activar o desactivar parte de los genes de cada persona que determinan su conducta y reacciones ante el mundo circundante. A ello llamamos carácter. La cultura se mete en nuestra piel. Conforma la lente por la que vemos y experimentamos la vida. Esa lente es la moral, las creencias conductuales con las cuales interpretamos e interactuamos en el mundo. Así, por ejemplo, en ciertas tribus de la amazonia es normal y moral el desnudo, en Occidente, no. Retomo la idea del individuo como paradigma de Occidente para explicar las conexiones entre cultura (sistema de creencias y valores) y medio ambiente (condiciones físicas y geográficas). A los niños de esta parte del mundo se les inculca la cultura del individualismo, que data de unos 2,500 años. Algunos historiadores identifican la cuna de esta creencia en el individuo autosuficiente, que se hace a sí mismo, en la antigua Grecia, cuya geografía es rocosa y montañosa, donde su orografía obstaculiza la comunicación entre personas y pueblos. Tal característica complicó la colaboración y la realización de importantes iniciativas colectivas. La mitología griega da cuenta del protagonismo de los personajes míticos, los dioses autosuficientes y dotados de poderes para hacer su mundo a su imagen y semejanza. En esas tierras hostiles la capacidad del individuo para sobrevivir fue el ideal cultural. Y los romanos, al conquistar a los griegos, adoptaron dicho paradigma. Siglos después el cristianismo, que adoptó a los pensadores griegos como fuente de inspiración, en particular a Platón y Aristóteles, enriquece la creencia en el individuo todopoderoso. En el siglo IV de nuestra era se verificó una intensa y fructífera polémica entre dos teólogos, Agustín de Hipona (San Agustín) y Pelagio, un monje ascético de origen británico. El quid de su discusión fue el “pecado original”, tema que deriva en si el hombre es malo por naturaleza o puede elegir entre el bien y el mal. Agustín sostuvo en sus tratados que el hombre sólo obtenía la gracia por concesión divina, es decir, nada podría salvarlo y llevarle al cielo, excepto la voluntad de Dios. Pelagio, en cambio, sostenía lo contrario: que está en manos del hombre cambiar y redimirse de sus pecados. Es decir, la salvación está al alcance de su voluntad: es responsabilidad de cada persona. A esa conclusión llega a partir de las escrituras que señalan que Dios creó al hombre a su imagen (Génesis 1:27). Luego, el hombre igual que su dios, es capaz de elegir. Pelagio argumenta contra el determinismo de Agustín: “No podemos hacer ni el bien ni el mal sin el ejercicio de nuestra voluntad, y siempre tenemos la libertad de hacer uno de los dos” (A Demetria, 8.I). Un ser totalmente determinado por su naturaleza no puede ser objeto de juicio moral [es decir, si el hombre está determinado por el pecado original no puede actuar de otra manera y, por lo tanto, no es responsable de sus actos, como es el caso de cualquier criatura irracional]. La dignidad del hombre procede de su capacidad de elegir, y precisamente por esta facultad de deliberación se diferencia de los animales”. El pilar de este edificio conceptual es lo que establece el libro del Eclesiastés en la Biblia, que dice: Dios “creó al hombre y lo dejó librado a su propio albedrío”. Por tanto, la principal virtud humana no es la sumisión ni la humildad sino su capacidad para tomar el destino en sus manos, su autonomía. La creencia en el libre albedrío forja al hombre occidental. Es la base de una cultura enriquecida durante siglos. Una experiencia diferente y, en consecuencia, unas ideas y creencias igualmente distintas, forjaron a la milenaria cultura china. También la geografía determinó las vivencias y carácter de sus pobladores. A diferencia de Grecia, las grandes llanuras de China favorecieron la colaboración de grandes grupos sociales. El trabajo conjunto determinó la supervivencia en esta parte del mundo. Luego, el papel del individuo se subordinó a la comunidad. Confucio, en Analectas describe al hombre superior como el que no se vanagloria de sí y elige ocultar sus virtudes, cultiva la armonía y el equilibrio. Quienes han estudiado la literatura de los países de Asia dan cuenta de que las narraciones no ponían el acento en el individuo, sino en los colectivos. Hasta recientemente, alrededor de hace dos mil años empezaron a escribirse autobiografías, pero aun así el sujeto no es centro del relato, según Qi Wang en The Autobiographical Self in Time and Culture. Creencias y valores distintos pueden auspiciar choques culturales." 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Cómo las creencias determinan la conducta

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