Maradona: 60 años de éxitos y caídas del mejor futbolista de la historia

Este viernes Diego Armando Maradona cumple 60 años; el argentino ha vivido una vida que llegó a lo más alto para después descender a los abismos. Su historia está llena de hazañas épicas y anécdotas de declives y...

30 de octubre, 2020 Diego Armando Maradona

Este viernes Diego Armando Maradona cumple 60 años; el argentino ha vivido una vida que llegó a lo más alto para después descender a los abismos. Su historia está llena de hazañas épicas y anécdotas de declives y resurrecciones.

El portal de la BBC relata que en 1968 Francis Cornejo, entrenador de un equipo de jóvenes afiliado a Argentinos Junior, tuvo que viajar a Villa Fiorito para revisar la edad del chico. “Es minúsculo, no puede ser que tenga ocho años”, fue su reacción cuando le vio jugar en una prueba.

La mamá, Dalma Salvadora Franco, confirmó su edad enseñándole la certificación de nacimiento.

Francis acababa de realizarel equivalente futbolístico de encontrar un yacimiento de petróleo. Había hallado una gema para ponerle la guinda a su equipo.

Cuando Diego tenía 15 años ya se había convertido en el líder la familia y pidió a su padre que permaneciera a su lado, retala el portal británico.

Un traspaso enrevesado a Boca Juniors que el propio Maradona orquestó. Le había revelado a un amigo periodista que las conversaciones para ficharlo estaban avanzadas.




Al año siguiente se fue al Barcelona, pero este club nunca vio lo mejor de él.

De los dos años que pasó allí, estuvo la mitad de tiempo sancionado o lesionado. Sufrió una grave lesión de tobillo después de una durísima entrada de Andoni Goicoechea del Athletic Club.

Después firmó por el Napoli italiano, donde disfrutaría de su período más exitoso y a la vez más castigador.

En sus años en Nápoles Maradona pasó de ser el niño de Villa Fiorito a convertirse en la marca. Se enamoró de lo que representaba y asumió la gloria y el elogio siendo a la vez consciente de cuan asfixiante era.

La cocaína se volvió su nueva realidad, un lugar de entusiasmo extremo en el que nunca había estado. Esta droga le aliviaba de la presión de tener que demostrar siempre que era el mejor jugador del mundo.

Y en medio llegó el momento en que su estatus trascendió y se convirtió en mucho más que un futbolista.

¿Qué tan diferente habría sido todo si Argentina no hubiese derrotado a Inglaterra con “la mano de Dios” en el Mundial de México en 1986, la “venganza” tras cuatro años desde la derrota en la Guerra de las Malvinas?

Aquel partido hizo a Maradona inmortal para los ojos de su país.

Es difícil averiguar lo que queda de ese niño hoy en día. Ahora es entrenador de Gimnasia de la Plata, un club argentino de Primera División, y jamás ha podido abandonar la gran escena.

Su vida tras el retiro como futbolista es, cuanto menos, compleja.

Se sabe que tiene al menos 11 hijos, y que su relación con su exesposa, Claudia Villafane, acabó en tribunales, de la misma forma que con su agente y amigo cercano Guillermo Coppola.

Ha entrenado a varios clubes. Le adoran en Sinaloa, equipo mexicano que entrenó entre 2018 y 2019.

Como seleccionador nacional de Argentina, fracasó entre 2008 y 2010. Maradona nunca ha estado de cerca de llegar tan alto como entrenador como lo hizo de futbolista.

Diego afirma que dejó de consumir cocaína hace tres años, pero su medicación le deja en estado de sedación.

Eso, su peso excesivo por su gusto por la buena vida y las numerosas operaciones de cuando a los jugadores ni se les protegía o respetaba, explican sus dificultades físicas.

Maradona admite que no se arrepiente de sus acciones; siempre entendió que la vida se vive al completo.

Por eso es que, ahora con 60 años y un cúmulo de experiencias de alguien mucho más viejo, puede considerarse afortunado por estar vivo.

Y celebrará cada día que lo está.

Crítica Película: “Qué pena tu vida”

Comentarios
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Por ello, entiendo que alguien pueda pensar algo más o menos así:   “¿Para ser un lector necesito una biblioteca? ¡Santo cielo!”.  Realizar un análisis de las campañas para fomentar la lectura es todo un rollo: hay quienes están a favor y hay quienes consideran que son inútiles y, en el mejor de los casos, ineficaces y fuera de la realidad de los mexicanos. Como en toda discusión, ambos lados tienen argumentos fuertes y débiles.  Por eso, hoy no vengo a echarle un rollo para convencerlo de que se vuelva un lector empedernido de la noche a la mañana. Tampoco vengo a compartirle la proverbial foto mía con libreros llenos detrás de mí. Mucho menos vengo a criticarle sus hábitos lectores. Eso lo sabrá usted y nadie más puede decirle si está bien o mal.  Si usted disfruta de la lectura, ¡perfecto! Si no, ¡también!  Afortunadamente, vivimos en un país libre.  Sin embargo, me gustaría contarle una humilde y personal experiencia que tuve con la lectura durante un momento muy oscuro de mi vida y cómo, de cierto modo, me salvó.   I’ve got the blues Como George Orwell se describió en uno de sus ensayos, yo también fui un niño solitario y tímido. En mis ratos libres entre tarea y tarea, solía tomar libros de Arthur Conan Doyle y Julio Verne de la colección de mi madre (ediciones de pasta blanda, que quedaban bastante cachiporreadas después de leerlas) y pasaba las tardes imaginando las hazañas de Sherlock Holmes y las aventuras de Phileas Fogg. Durante  muchas tardes de mi infancia y adolescencia, ellos fueron mis amigos con quienes viajaba al mismísimo centro de la Tierra o con quienes resolvía crímenes en las calles de Londres. ¡Suena cursi, pero así fue para mí! A partir de esos días, el hábito de la lectura me siguió durante gran parte de mi vida; sin embargo, por allá de 2014, empecé a distanciarme de la lectura. En parte, por las obligaciones laborales, en parte por la familia, en parte por no encontrar algún libro que encendiera esa llama dentro de mi corazón como antes. En mi burbuja cotidiana y citadina, empecé a extrañar esas historias que me transportaban a otros mundos y me hacían olvidarme del trajín diario. Leer ya no era lo mismo de antes. Fast forward a 2017. No fue un año bueno para mí. Es más, diría que fue uno de los más duros en memoria reciente: terminé una relación complicada que casi quiebra mi espíritu. Después, me alejé de mis amigos y conocidos y comencé a sentirme aislado y solitario. El trabajo era lo único que me mantenía conectado con este mundo. Inevitablemente, cual Titánic de carne y hueso, me dirigí al peor iceberg con el que se puede encontrar una persona aislada y con el espíritu quebrantado: una crisis depresiva profunda. Sabía que era momento de buscar ayuda profesional.  Por cierto, si usted atraviesa por algo similar, ¡busque ayuda!  Para no hacerle el rollo muy largo, en esas terapias, una de las tareas que me asignó la doctora fue buscar algo que me apasionara. “Leer”, le dije a mi terapista. “Pero justo ahora, doctora, no hay alguna lectura que me llame la atención como antes”. La doctora me motivó para que buscara algún libro nuevo, que experimentara de nuevo con mi antigua pasión lectora.  Así fue como me encontré con un sitio de comedia estadounidense. En él, había varios podcasts en donde se reseñaban libros de Kurt Vonnegut. Por ejemplo, Breakfast of Champions, Sirens of Titan, Timequake, Hocus Pocus y God Bless You, Mr. Rosewater. Parecían historias únicas, dignas de volver a tomar un libro. Así que me propuse algo: conseguir alguna de esas novelas y averiguar si Kurt Vonnegut y yo teníamos química.  ¡Solos nunca más! Meses después, logré salir de mi crisis depresiva a base de terapia y libros. En esto último quiero centrar la atención: leer a Kurt Vonnegut cambió mi vida por dos razones. En primera, porque leer Sirens of Titan me encontré con un pasaje que enmarcaré algún día para nunca olvidarlo:   A purpose of human life, no matter who is controlling it, is to love whoever is around to be loved. Porque a veces olvidamos que esa es una de las razones por las que estamos en el planeta. Leer a Vonnegut y sus relatos llenos de humanidad fue algo que ayudó a sentirme un poco menos solo en el mundo. Hay quienes dicen que leer es un acto “solitario y egoísta”. Bueno, eso depende del enfoque que cada uno le dé. 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