La vida en rosa ⏐ “La adversidad también es poesía”

Él es Carlos Wilheleme, nuestro invitado de hoy. Preparado como actor, con dominio de idiomas, formación literaria, estudios de solfeo y piano clásico en la Escuela Superior de Música del INBA. Becario de Conaculta con las obras...

30 de agosto, 2021

Él es Carlos Wilheleme, nuestro invitado de hoy. Preparado como actor, con dominio de idiomas, formación literaria, estudios de solfeo y piano clásico en la Escuela Superior de Música del INBA. Becario de Conaculta con las obras El Payaso (2005) y Las aventuras de Kalim (2006); Premio Estatal de Poesía Quintana Roo (2006). Es uno de los grandes traductores de México.

“Al terminar de estudiar la carrera de Comunicación, había tomado la gran decisión: Me había cansado del tráfico y la contaminación de la Ciudad de México, dejé todo, casi me da un infarto cuando me di cuenta de que fue una decisión equivocada, pero seguí en Cozumel, donde tenía que sincronizar la palabra y ser congruente conmigo. Durante más de 20 años mis amigos han sido los personajes, vivo feliz en las historias que produzco. Desde 1997 hago doblaje.

“En este tiempo me pasó como a todos. Fue un estado de queda, fuimos aprendiendo a vivir con el virus, aumentó mi trabajo que es un placer: la traducción de películas y series de Netflix entre las que se encuentran las películas Four Lions, Stone, The Resident, The Next Three Days; series como Spartacus, Homeland, Sherlock, The Borgias, Da Vinci Demons, entre muchas otras; telenovelas y diversos videojuegos; entre las series y películas italianas están: Don Zeno, Passo a Due, Chiara e Francesco, Amore 14. Es maravilloso cambiar de universo a universo, es como ir de vacaciones a distintos géneros, así son mis días. 

“Con la pandemia fui de las personas privilegiadas que no me pegó sino al contrario llegué a tiempo, podía realizar transferencias bancarias en línea, hacer recibos de honorarios digitales, fui de las personas que no cambió nada en lo cotidiano”. 

Su carrera refleja congruencia, libertad y fuerza, una parte que forjó en Cozumel donde al principio dejó de escribir. En su largo camino recorrido Carlos, Wilheleme encontró al reconocido escritor, ensayista y poeta José María Zonta, de Costa Rica, quien lo adoptó como alumno y le dijo que lo que escribe son poemas, le abrió las puertas grandes de la poesía de este gigante universo en sus inicios y encontró en sus andanzas a María Baranda a quien adora, así como a otros personajes.

“Dejé de actuar hace años, tuve una compañía de teatro, luego empaqué mi vida en las palabras. Hice dos guiones para teatro, me llamaron para dirigir. 

“Mi voz cae en la poesía, es donde más cómodo me siento. Voy descansando (en la poesía) lo que me ocurre dentro. Bajo el mar encontré tanta poesía que me volví poeta, regresé a la literatura. Cozumel tiene la peculiaridad de isla viva es puro arrecife, un animal vivo. 

“Ocurren fenómenos diferentes, en algún momento si entiendes su idioma te puedes comunicar, cuando salía del mar iba directo a tratar de relatar todo y la única forma que encontré son muchos poemas que formaron El jardín del deseo, un encuentro con los peces que roncan de noche cuando lograba ser testigo de un concierto de ronquidos internado en el arrecife.

“Escribí mi primer libro de poesía que tiene que ver con el mar, con la superficie, con la parte profunda del mar de Cozumel, esta aventura comenzó con un primo que es instructor de buceo a quien le pedí apoyo para que me formara en esta profesión y trabajé como guía de buceo. 

“Posteriormente mi hermana se quiso ir a Quintana Roo, donde había una convocatoria en el centro de Cancún para hacer teatro, quien entregara el mejor proyecto sería el ganador, así que presentamos un guion en el que la propuesta fue narrar como si fuera una obra de teatro.

“Se dieron a la tarea de investigar cuántas compañías de teatro había, reunieron a más de quince compañías y se planteó un Teatro-Bar, pasar la noche a gusto con una obra diferente cada día, con la propuesta de una vez al mes presentar un tráiler donde ese día era gratuito para disfrutar las obras de teatro, ganamos el proyecto, fuimos socios y la parte operativa.

“Sabía hacer teatro y monté todo el sonido, la iluminación, la tramoya, mientras que mi hermana organizó a las compañías de teatro para comenzar a programarlas, contratamos actores que eran a su vez meseros.

“Participé con un proyecto en el FONCA de Quintana Roo e inscribí una obra de teatro que salió becada, fue un gran motor para creer en mi trabajo literario. 

“Hubo un momento en que todo terminó tras el paso del huracán Wilma, quedó la desolación entre la población; mi hermana se fue a Chile y yo regresé a la Ciudad de México. Estuvimos dos años. Cerramos porque fue un desastre Wilma, al que dediqué un poema de largo aliento de regreso a México. Entre los nítidos recuerdos del huracán Wilma están aquellos tres días de ráfagas, entramos como en un trance, ese efecto repetitivo de las ráfagas sostenidas que me dio por escribir ese poema. 

“El panorama era de tragedia y salí para ver quién había hecho algo, escribí una obra, otro artista hizo la coreografía, nos fuimos a presentar en todo el estado a cambio de despensas durante dos meses, hicimos un llamado por radio a través de Gabriel Avilés en la única radio que funcionaba y nos apoyaron para localizar a más artistas, mi casa sirvió para reunirme con colegas y almacenar medicamentos porque las farmacias estaban cerradas, conseguimos con el ejército 200 despensas para los artistas y entre el coreógrafo y yo las llevamos a mi casa para que pasaran por ellas.

“Los recibimos para protegerlos, no hay sistema de pensiones que ampare para resolver las necesidades primarias, hasta una directora de teatro se quedó sin casa. Dentro de todo ese movimiento hice el primer censo de artistas de Cancún, de alguna forma fui parte de los primeros fundadores de lo que es el Consejo Municipal para la Cultura y las Artes.

“Los artistas necesitaban comunicarse con sus familiares, se me fue acabando el dinero, como artista se vive al día. Para obtener más apoyos se necesitan recursos para movilizarse. Escribí un monólogo infantil Piratas y tesoros, una amiga solidaria me hizo algunas prendas y marionetas para dar una función, los teatros se habían caído, Wilma les arrancó el techo a dos, iban a tardar muchísimo en abrir, ser reconstruidos y recobrar su esplendor. Un mes después vendí lo poco que tenía para retornar a México. Con los poemas bajo el brazo sabía que había que comenzar de cero. 

“No se puede huir del lugar al que se pertenece, tenía que salir adelante, entrar con todo a la literatura, sabía que esa es la filosofía correcta para mi vida. Creo en los dos caminos, el artista nace y se hace, sin duda la inclinación de mi padre fue la música y estudié música clásica, por aquello de la influencia directa”. 

Carlos Wilheleme nos abre las puertas en forma cálida y nos adentra en su etapa más reciente de vida.

“A finales del año pasado me dio cáncer, etapa cuatro, ahora estoy bien.  El cáncer provoca que muchas personas se queden en el camino, y, entonces, tu victoria no sabe a victoria cuando sí tiene que ser una gran hazaña, pero en una guerra tan cruel librarla no te puede saber a cosa menor y lamentarse de los amigos que se te quedan en el camino.

Terminó la quimioterapia, todavía es necesario tener que protegerme muchísimo, más inmunodepresores, te conviertes en un ser vulnerable a contagiarte de cualquier cosa.  Me pregunté si quería vivir o no y decidí que hasta el último aliento iba a vivir. Tus células te escuchan, puedes hablar con tu propio cuerpo”.  

El poema de Jaime Sabines narrando ese príncipe cáncer, el gran señor de los pulmones, “El príncipe cáncer del mayor Sabines” lo hizo suyo a través de cuatro poemas que salieron de golpe, al escribir el segundo se encontraba en la salida del cáncer, se dio cuenta que no daba para un libro, será un poema largo. 

“En este momento escribo con mayor claridad, pensé que había acabado la poesía del cáncer cuando salieron otros, revelan renovación, ya no sales de la misma forma en la que entraste”. 

Carlos nos confiesa que salió cambiado para bien. 

“Soy de este selecto grupo, ya que otros salen disminuidos, sin extremidades, perdí un pedazo de intestino pero el cáncer tiene muchos brazos; el suyo fue uno de los más benévolos del que tiene un gran historial de batallas ganadas, en cuatro meses salió limpio, luego de hacer un trabajo interno y físico, como un camino iniciático. 

“Le planteé a la doctora con firmeza: no me engañe, quiero toda la verdad completa de este cáncer; estamos en una época difícil, ya evalué mis opciones y sí me alcanza para dar esta batalla, la determinación hace maravillas, me sentí inquebrantable, el cerebro es el gran comandante del cuerpo y las células se ponen a trabajar. 

“Esa fue una de mis grandes reflexiones, cómo decidir atravesar el cáncer, una ecuación de cuatro resultados, dos vivir, dos morir, o aprovechar cada minuto de la vida, si vas a vivir deprimido o vas a aprovechar el tiempo; no dejé de trabajar, no dejé el ánimo, el buen humor, los minutos valiosos y hacer que valiera el día. 

“Aquí es donde brinca la realidad, el cine, la novela, la televisión, dejas toda tu vida, expulsas todo eso, pensar que solo pasa en las películas, o que es terminal (la enfermedad), mi apuesta es que creí que podía vencerlo. 

“Si dudas las células no saben actuar, tu cuerpo te escucha cuando eres inquebrantable al decirlo. Me concentré en un poema, desde la Caída, la derrota frente a la situación, llegué llorando al poema número cuarto, a lo nuevo, a lo que eres ahora, a toda esta pureza a la cual perteneces y tu cuerpo ha quedado invadido, me lleva a la reflexión de mantenerme ahí.

“Los poemas han sido publicados en una revista de Nueva York, donde presentó una selección poética que gustó mucho, sus poemas encontraron espacio también en una revista Argentina, donde murió una querida colaboradora. En una tragedia como esta hay esperanza.

“Las tragedias hacen un despertar de la conciencia, un artista se hace en función de lo que vive, pero sin duda desde la alegría, la felicidad, es el mismo, hay casos como el de Johann Sebastian Bach, quien tuvo una gran vida y fue muy creativo.

“Desde el dolor y la tragedia se da la creatividad desbordada. Me considero lo que ejerzo: poeta y traductor, a lo que pertenezco desde hace años y que siguen vivos en mí”. 

 

El príncipe cáncer del mayor Sabines

 

4 poemas

La adversidad también es poesía.

 

LA CAÍDA

 

Bajo la sombra de un ala rota,

despojada de yerba nubosa, 

de la humedad del recorrido,

de los finos hilos quebrados 

que llenaron de noche la tierra,

cruza el viento entre las plumas. 

 

Me gusta pensar que no hubo daños

en el rojo que ha teñido su descenso,

en la más delicada de las piedras,

en el diálogo emplumado

y el suelo enardecido;

que la fronda exuberante sigue amando

las formas lastimadas de la selva.

 

CUERPO, TE ESPERO, CUERPO

 

Así tenga que hacer de mi cuerpo una hoguera, 

así tenga que convertirme en estrella, 

así tenga que contemplar la penumbra, 

y quedar inoculado en un incendio, 

así tenga que dialogar con la partícula más pequeña, 

y tenga que emprender un paseo  

sobre un carruaje de veneno: 

cuerpo, te espero, cuerpo. 

 

 

Podré ser puente y mensajero de tu nombre, 

baldosa en la oscuridad que me habita, 

mano muda de la otredad que me auxilia, 

mano seca,  

mano rota que respira por mí,  

que me hereda el silencio y el miedo, 

que me deja, por momentos, sin cabello, 

contemplando en el espejo la derrota: 

cuerpo, te espero, cuerpo. 

 

Así tenga que crecer como la noche 

con el tiempo de la mano que me sobra, 

así tenga que montar sobre febrero,  

convertido en un cristal de madrugada, 

 

quebradizo como el rocío 

al punto vespertino de las seis 

con la corte de cáncer despertando, 

 

murmurando entre timbres mezquinos, 

caídos de la estrella más lejana:  

cuerpo, te espero cuerpo. 

 

Y así tenga yo que enmudecer, 

apagar la voz de las constelaciones, 

canto de Luzbel que me ensordece, 

y tenga que regar una flor de odio 

sobre la triste pradera de un hostal, 

para prosperar en sus retoños, 

apareciendo a deshoras enterrado, 

interrumpido con la gloria herida, 

arrastrando los pies entre obsidianas: 

cuerpo,  

te espero, cuerpo.

 

En memoria de Marta Cwielong, poeta.

El príncipe cáncer nos atacó en su etapa IV.

Ella murió.

 Yo me salvé.

 

LA CULPA DEL SOBREVIVIENTE 

 

Me nace un alba en el brazo, 

en la frente

y en esa mano de ojos índigo

que respira por mí.

Trepo desde el abismo polar de mi tumba,

la abro en temporada de lluvia,

para que la vida me sepa a algo

y no sea un caminar hacia mi muerte.

 

Floto,

levito lento,

elevo mi cuerpo de amanecer

con el amor hinchado

de aire caliente,

con la patria de una nube

y el precio de la victoria en la cabeza.

 

ESE LUGAR EXISTE

 

Soy nuevo,

soy puro,

de la nada me creo,

me configuro,

salgo de mi cuerpo para hablarle. 

Recibo la benevolencia de la prosperidad

Yo soy la prosperidad,

el ala sagrada del aire.

Toco la puerta del cielo,

entro,

abro mi piel con el crujido 

de una tormenta.

Me desdoblo. 

Recibo la luz de una gota 

cruzada por el horizonte. 

Ya no soy yo, 

ya no soy el hijo del ayer,

el de anteayer,

el de la mañana,

el de hace horas,

minutos.

No soy el instante que fui,

el instante mismo de mis palabras.

Soy la palabra renovada.

el pensamiento sostenido,

la mirada perdida,

la chispa que estalla en una idea,

el fuego, la luminiscencia,

la estrella que brota, 

el humo, la fragancia de hierro:

soy yo levitando en mí mismo,

desprendido,

volcado en los brazos del universo,

llano, terso, transparente,

nítido en cada rincón de mi oscuridad.

Soy el ojo de mis sentidos,

los metros y las leguas, 

el tiro de mi mente,

lo que alcanza a ver mi cuerpo desanudado

atendido, resuelto,

listo.

 

Carlos Wilheleme

 

Comentarios
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Me sumerjo de pronto en la manera en que las sociedades modernas hacemos frente al terror que se disipa y se afirma a través de fotografías constantes que nos golpean y, al mismo tiempo, nos hacen insensibles. Me encuentro con un razonamiento que, sin quererlo ni comerlo, me remite a dos realidades lejanas: nuestro propio tiempo mexicano y el del Gueto de Varsovia. Sontag afirma que frente al dolor de los demás, una imagen –una fotografía–, lo hace más real; el dolor se hace presente cuando la fotografía rehace su existencia frente a nosotros e incluso, con cierta calidad de imágenes, éstas se vuelven iconos de la pena y el sufrimiento –la foto del combatiente republicano cayendo frente a la cámara de Capa, por ejemplo–. En este tiempo atormentado en el que somos bombardeados por imágenes, en que la propia idea de la visión digitalizada ha devaluado lo que antes era motivo de conservación, estar presente ante el dolor ajeno es la única manera de hacerlo real. Pero es la imagen del niño con las manos en alto, en el Gueto de Varsovia, la que reclama mi memoria y me visita entre pensamientos. Obsesionado por esa imagen, Dan Porat investigó hasta donde pudo la identidad de los personajes de la fotografía, ubicó el lugar preciso, al nazi que apunta al chico, el rostro de quienes acompañaban al niño, pero pese a que algunos han tratado de reivindicar su personalidad, de él no pudo averiguar nada; eso lo convirtió en el símbolo del dolor y el miedo de todos los niños frente a la guerra. Presenciar así el sufrimiento es hacerlo real y permanente. Sin embargo, dice también Sontag, que la imagen repetida hasta el hastío deja de hacer real el sufrimiento para hacerlo ficticio. Pasamos, en un momento que no pude ser determinado con precisión, de la existencia a la fantasía, del dolor al montaje. Pensemos en la manera en que se vivió el espectáculo de las guerras del Golfo: teledirigidas y producidas en horarios estelares. La escritora norteamericana recuerda a una amiga en Sarajevo que vio por televisión cómo los ejércitos serbios se acercaban a la ciudad, pero que como estaban todavía a 300 km y había visto noticias al respecto todo el día, al saberlo simplemente cambió de canal como si estuviera en París o en Berlín; porque al final del día, el dolor se había vuelto espectáculo. Hace unos años, viendo la televisión con mi familia, apareció en pantalla la dantesca escena de unos cadáveres de ejecutados abandonados en una playa; mi hija entonces de nueve años me preguntó “¿Qué pasa?”. Queriendo proteger lo que consideraba la inocencia de una niña, le respondí que eran “unos señores dormidos”, a lo que la nena contesta: “Papá, ¡pero si están muertos!”. Hemos llegado al punto en que asesinamos a la moraleja; Borges decía, siguiendo a Kipling, que el autor puede elegir la anécdota, pero no la moraleja; ni el argentino ni el inglés tenían idea de que llegaríamos al punto en que la moraleja devendría superflua, ofensiva y hasta ridícula, que no nos quedaría sino el instante del dolor congelado en la imagen del aficionado para hacer real un sufrimiento que de otro modo, se perdería para siempre, como sucedió por siglos en que el mundo también fue habitable. ¿Cómo recuperar la sensibilidad?, ¿es que perdimos la inocencia frente a la imagen para siempre? El hecho es que ni la autocensura y menos la censura pública pueden refrenar el hambre y el mercado de la imagen; pero si intentamos a través de la educación, de la seriedad en los medios y del oficio de los gobernantes, tal vez podamos llegar al equilibrio, no en la afluencia de imágenes, sino en la visión crítica con que las abordamos, en la mirada inocente de nuestros hijos y sobre todo, en la cualidad más lesionada por esta lluvia de dolor ajeno, la capacidad de entender y asumir el dolor ajeno, si no como propio, sí como sujetos en posibilidad de sufrir violencia. 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La Operación Antropoide fue planeada en Londres y ejecutada el día 27 de mayo de 1942, en Praga. Heydrich, uno de los más sanguinarios y encumbrados nazis (sólo rendía cuentas a Himmler y al mismísimo Hitler), sembró el terror en la ocupada Checoslovaquia. Fue uno de los artífices, en Wannsee, de la Solución Final. Su cargo oficial al momento del atentado era Reichsprotektor de Bohemia y Moravia. Heydrich es conocido como el Carnicero de Praga por la terrible violencia que ejerció contra los checos. Se puede decir que Hitler no admiraba a nadie más que a sí mismo… y a Heydrich, a quien solemnemente se refería como el de “corazón de hierro”. Los británicos, en coordinación con la resistencia checa, planearon el atentado. Una vez muerto Heydrich, la reacción de Hitler fue brutal: miles y miles de detenidos y fusilados. El pueblo de Lidice fue exterminado: todos sus habitantes (niños, mujeres, ancianos), todos, fueron asesinados en represalia, pues las investigaciones de los SS suponían que uno de los guerrilleros provenía de dicha localidad. La inteligencia nazi fue incapaz de dar con los partisanos. Desgraciadamente nunca falta el traidor. Un checo miembro de la resistencia denunció a sus compañeros a cambio de una gran suma de dinero. Los integrantes de Operación Antropoide fueron localizados en una iglesia a las afueras de Praga. 700 soldados alemanes (SS, SA, Gestapo, etc) rodearon el inmueble. Siete partisanos checos acabaron con la vida de cientos de alemanes en un acto heroico sólo comparable al episodio de las Termópilas, en el que 300 espartanos acabaron con la vida de miles y miles de persas, antes de ser exterminados.  Estos son los tres héroes checos (bueno, uno de ellos eslovaco) que llevaron a cabo la operación: KubišGabčík y Valčík. Y este es el nombre del traidor, quien por 100,000 coronas checas delató a sus compañeros: Čurda. La masacre de Lidice puso en evidencia a los nazis. Antes de ese hecho (junio de 1942), nadie sabía a ciencia cierta la maldad de estos criminales. Después de Lidice fue manifiesto que el régimen estaba integrado por una horda de locos degenerados y acomplejados cuya sed de sangre jamás ha sido igualada en la historia de la humanidad. Al principio pensé que el título de la novela se debería a cuatro H evidentes: Hitler, Himmler, Heydrich y, claro, Holocausto. Pero el título obedece a una frase que los alemanes usaban cuando hablaban de Heydrich, lo cual nos da una idea de lo terrible que era este personaje: Himmlers Hirn heißt Heydrich: El cerebro de Himmler se llama Heydrich.  El título original de la novela era "Operación Antropoide”. El buen juicio del primer editor moldeó el título actual: "HHhH". Las 400 páginas de la edición en español de Seix Barral fluyen vertiginosamente y quitan horas de sueño. Muy recomendable. Título: HHhH Autor: Laurent Binet Seix Barrarl, 2011 400 páginas Mi calificación: 4.5 puntos de 5" ["post_title"]=> string(85) "Somos lo que leemos – HHhH, una novela que te hará odiar todavía más a los nazis" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(77) "somos-lo-que-leemos-hhhh-una-novela-que-te-hara-odiar-todavia-mas-a-los-nazis" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-09-03 08:50:25" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-09-03 13:50:25" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=70056" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18571 (24) { ["ID"]=> int(69914) ["post_author"]=> string(2) "73" ["post_date"]=> string(19) "2021-09-01 08:35:00" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-09-01 13:35:00" ["post_content"]=> string(4892) "En un mundo plagado de imágenes me impacto contra un libro prodigioso: Frente al dolor de los demás de Susan Sontag. Me sumerjo de pronto en la manera en que las sociedades modernas hacemos frente al terror que se disipa y se afirma a través de fotografías constantes que nos golpean y, al mismo tiempo, nos hacen insensibles. Me encuentro con un razonamiento que, sin quererlo ni comerlo, me remite a dos realidades lejanas: nuestro propio tiempo mexicano y el del Gueto de Varsovia. Sontag afirma que frente al dolor de los demás, una imagen –una fotografía–, lo hace más real; el dolor se hace presente cuando la fotografía rehace su existencia frente a nosotros e incluso, con cierta calidad de imágenes, éstas se vuelven iconos de la pena y el sufrimiento –la foto del combatiente republicano cayendo frente a la cámara de Capa, por ejemplo–. En este tiempo atormentado en el que somos bombardeados por imágenes, en que la propia idea de la visión digitalizada ha devaluado lo que antes era motivo de conservación, estar presente ante el dolor ajeno es la única manera de hacerlo real. Pero es la imagen del niño con las manos en alto, en el Gueto de Varsovia, la que reclama mi memoria y me visita entre pensamientos. Obsesionado por esa imagen, Dan Porat investigó hasta donde pudo la identidad de los personajes de la fotografía, ubicó el lugar preciso, al nazi que apunta al chico, el rostro de quienes acompañaban al niño, pero pese a que algunos han tratado de reivindicar su personalidad, de él no pudo averiguar nada; eso lo convirtió en el símbolo del dolor y el miedo de todos los niños frente a la guerra. Presenciar así el sufrimiento es hacerlo real y permanente. Sin embargo, dice también Sontag, que la imagen repetida hasta el hastío deja de hacer real el sufrimiento para hacerlo ficticio. Pasamos, en un momento que no pude ser determinado con precisión, de la existencia a la fantasía, del dolor al montaje. Pensemos en la manera en que se vivió el espectáculo de las guerras del Golfo: teledirigidas y producidas en horarios estelares. La escritora norteamericana recuerda a una amiga en Sarajevo que vio por televisión cómo los ejércitos serbios se acercaban a la ciudad, pero que como estaban todavía a 300 km y había visto noticias al respecto todo el día, al saberlo simplemente cambió de canal como si estuviera en París o en Berlín; porque al final del día, el dolor se había vuelto espectáculo. Hace unos años, viendo la televisión con mi familia, apareció en pantalla la dantesca escena de unos cadáveres de ejecutados abandonados en una playa; mi hija entonces de nueve años me preguntó “¿Qué pasa?”. Queriendo proteger lo que consideraba la inocencia de una niña, le respondí que eran “unos señores dormidos”, a lo que la nena contesta: “Papá, ¡pero si están muertos!”. Hemos llegado al punto en que asesinamos a la moraleja; Borges decía, siguiendo a Kipling, que el autor puede elegir la anécdota, pero no la moraleja; ni el argentino ni el inglés tenían idea de que llegaríamos al punto en que la moraleja devendría superflua, ofensiva y hasta ridícula, que no nos quedaría sino el instante del dolor congelado en la imagen del aficionado para hacer real un sufrimiento que de otro modo, se perdería para siempre, como sucedió por siglos en que el mundo también fue habitable. ¿Cómo recuperar la sensibilidad?, ¿es que perdimos la inocencia frente a la imagen para siempre? El hecho es que ni la autocensura y menos la censura pública pueden refrenar el hambre y el mercado de la imagen; pero si intentamos a través de la educación, de la seriedad en los medios y del oficio de los gobernantes, tal vez podamos llegar al equilibrio, no en la afluencia de imágenes, sino en la visión crítica con que las abordamos, en la mirada inocente de nuestros hijos y sobre todo, en la cualidad más lesionada por esta lluvia de dolor ajeno, la capacidad de entender y asumir el dolor ajeno, si no como propio, sí como sujetos en posibilidad de sufrir violencia. 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