La Metáfora como materia prima de nuestros relatos

Sin ser conscientes de ello, gran parte de nuestra comprensión del mundo se articula por medio de metáforas. Una vez asentadas en nuestro proceso cognitivo terminan por determinar nuestro comportamiento, nuestros valores y nuestra manera de estar...

16 de julio, 2021

Sin ser conscientes de ello, gran parte de nuestra comprensión del mundo se articula por medio de metáforas. Una vez asentadas en nuestro proceso cognitivo terminan por determinar nuestro comportamiento, nuestros valores y nuestra manera de estar en el mundo.

Merece la pena reflexionar acerca del tipo y calidad de metáforas solemos usar para explicarnos la existencia. 

Si un buen amigo nos confiesa que, ante una situación, se siente “entre la espada y la pared”, de ningún modo pensaremos que literalmente una espada amenaza con clavarse en su pecho mientras su espalda roza con un muro infranqueable y sin embargo entendemos de inmediato que se encuentra en una disyuntiva apremiante, donde hay pocas alternativas de decisión.   

Hemos entrado en el territorio de la metáfora, una figura retórica por medio de la cual se expresa una idea, una situación, un objeto o un concepto poniéndolo en relación de semejanza con otro que lo ilustre y se trata de un concepto indispensable si hablamos de la construcción de narrativas. 

Esta manera de expresión implica un proceso cognitivo donde dos conceptos se ponen en relación de tal modo que uno de los términos explica al otro, pero nunca de maneta literal, sino en sentido figurado. Si ambos términos de una metáfora fueran idénticos, al grado de ser intercambiables en cualquier situación o circunstancia, estaríamos ante dos sinónimos. 

Pensemos en una de las metáforas más conocidas e influyentes de nuestro mundo actual: “tiempo es dinero”. En términos abstractos el concepto de “tiempo” y el de “dinero” no tienen relación alguna. Si se toman de manera literal no hay forma de articular una idea donde ambos signifiquen lo mismo, sin embargo desde un sentido metafórico, y contextualizado de forma correcta, la relación es muy estrecha y resulta fácilmente comprensible para una persona de occidente educada en un contexto urbano. 

En nuestra cultura el “tiempo” es entendido como un recurso limitado y valioso que, bien empleado, sirve para conseguir nuestras metas y generar riqueza; estas características conceptuales las comparte con el “dinero” y por ello, correctamente contextualizados, son términos susceptibles de fundirse en una metáfora. 

Hasta ahí el anecdótico juego de lenguaje. El verdadero asunto está en que no solo se trata de construir comparaciones ingeniosas que faciliten la comprensión de conceptos, sino que se trata de un proceso cognitivo tan arraigado, de introyecciones tan profundas –y a tal grado inconscientes– que se confunden con realidades objetivas que terminan por determinar nuestro comportamiento, nuestros valores y nuestra manera de estar en el mundo.

En el caso del ejemplo citado: “tiempo es dinero”, mucho más que una consigna perspicaz, puede convertirse en el dogma-motor de la propia vida para infinidad de personas, marcando la manera en que dicho individuo se vincula con el mundo, con los demás y consigo mismo.   

Y podemos ir aún más allá: todo nuestro pensamiento está edificado a partir de metáforas. Al menos eso aseguran George Lakoff y Mark Johnson en su insustituible clásico, Methaphors we live by1, traducido al español como Metáforas de la vida cotidiana2

Para estos autores, el ser humano no solo construye metáforas mediante el lenguaje, sino que piensa mediante ellas y por ello resulta medular prestar atención en aquellas que conducen nuestros pensamientos y acciones. 

Para Lakoff y Johnson erróneamente las metáforas suelen verse como herramientas del lenguaje, como un mero asunto de palabras, cuando en realidad sucede lo contrario: tanto nuestros conceptos como nuestras actividades están metafóricamente estructuradas y, por lo tanto, el lenguaje también está metafóricamente estructurado. 

Las metáforas se vuelven conceptos que, lejos de quedarse en lo abstracto, crean una enorme intensidad emocional una vez que son internalizados como verdaderos. Y esos conceptos metafóricos que gobiernan nuestro pensamiento no son solo asuntos del intelecto, pues estructuran aquello que percibimos tanto del mundo como de la forma en que nos relacionamos con los demás. Por ello rigen nuestro funcionamiento cotidiano al nivel de los detalles más mundanos. 

Si la mayor parte de quienes trabajan en la Bolsa de Valores piensan de verdad que “el mercado financiero es una jungla”, su manera de comportarse en ese ámbito determinará que así sea. Lo que Lakoff y Johnoson afirman es su texto no es que las metáforas describan una realidad preexistente, sino que a partir de configurar e internalizar el concepto “mercado financiero” como equivalente a una “jungla” es que éste se convierte en en una. 

Literalmente no hay parecido alguno entre el “mercado financiero” y una “jungla”. Lo que hacemos es abstraer algunas características de la jungla –pasando por alto todas las demás– y retratamos con ellas al mercado financiero. La simplificación que queda tras retirar la complejidad real de ambos conceptos para utilizar solo unos cuantos de sus elementos suprime su esencia genuina. Por lo tanto una metáfora no retrata la realidad, sino una interpretación parcial de ella, aunque, desde luego, funcionan muy bien para reforzar la percepción que buscamos alimentar del concepto sujeto de la figura retórica. 

Caracterizar a la Covid como un enemigo contra el que estamos en guerra o equiparar el debate con una pelea de box en la que hay que derrotar al oponente son comprensiones metafóricas que una vez internalizadas determinan la manera como encaramos las circunstancias de la vida.  

Sin embargo es posible comprender que una metáfora (y en general el uso interpretativo del lenguaje) tiene límites en su efectividad y veracidad y que además son susceptibles de ser reinterpretados: aun cuando la conceptualización de un debate como una pelea de box es eficaz para cierto tipo de contienda verbal, nos hace concentrarnos excesivamente en la idea de competencia, nos obsesiona con la relación ganar-perder como eje conductor de la estrategia discursiva, dejando de lado la propósito real de un debate: la búsqueda de la verdad sin importar cuál de las partes esgrima un porcentaje mayor de ella. 

Al encararlo exclusivamente desde la contienda, los participantes en un debate quedan imposibilitados para reconocer que dicho intercambio verbal también puede ser cooperativo, propositivo, enriquecedor, puede mostrar diferentes perspectivas de un problema y lo más inaudito de todo: un debate puede ser un extraordinario vehículo para cambiar de opinión, para dejarse tocar por las ideas del otro, para reconocer que hay argumentos mejores que los propios o que nuestra percepción estaba sesgada o incompleta, pero nada de esto ocurrirá mientras el centro de la metáfora con que lo conceptualizamos sea la lucha en vez del intercambio. 

Continuemos con este ejemplo. Técnicamente un debate consiste en confrontar dos posturas distintas –una tesis y una antítesis– con el propósito de encontrar la verdad –la síntesis–. Pero si pensamos en un debate entre candidatos a la presidencia y los contendientes asumieran, en vez de esa postura beligerante y descalificadora, una de cooperación, diálogo e intercambio que los llevara a conciliar sus ideas y alcanzar un acuerdo o cuando menos reconocer la validez de la postura ajena, el primer desilusionado sería el público votante. Y esto ocurre porque tenemos profundamente internalizada la idea de que un debate es una contienda donde para que uno gane, el otro tiene que perder, uno tiene que tener razón y el otro estar equivocado. A partir de la metáfora –un debate es una batalla– se ha caracterizado el concepto. Aún cuando este tipo de “contiendas” suelen ser muy atractivas para el público, es muy poco lo que dejan en la práctica en términos de ideas y soluciones.  

Las metáforas no contienen en sí mismas significados independientemente de los contextos en que se usan y los hablantes que se identifican con ellas. Por eso no son auténticas herramientas para entender la realidad, sino tan solo una posible interpretación de ella. 

Si, por ejemplo, dentro de una pareja, uno de los miembros visualiza internamente el matrimonio como “dos viajeros que comparten una gran aventura”, mientras el otro ha internalizado el compromiso como “una camisa de fuerza que limita su libertad”, aun cuando nunca verbalicen sus convicciones internas, podemos estar seguros de que, independientemente de las condiciones y contextos externos, los problemas y desacuerdos no tardarán en llegar. Ambos individuos relacionan el concepto “pareja” con metáforas muy distintas y por ende sus comprensiones de lo que puede y debe esperarse de una relación sentimental serán muy distintas. 

Es por eso que la conceptualización metafórica importa, y mucho, para construir los relatos con que nos explicamos el mundo y nuestra relación con los otros y con nostros mismos. Por su conducto llegamos a inferencias, sacamos conclusiones y concretamos comportamientos. Puesto que razonamos en términos metafóricos, las metáforas que usamos –aun sin ser conscientes de ellas– determinan en gran medida cómo vivimos nuestra vida. Y a ti, ¿qué metáforas te mueven?

Si tuvieras que responder con dos o tres palabras o con un refrán popular, cómo completarías las siguientes frases:

La vida es… 

El amor es…

El dinero es…

El trabajo es…

La gente es…

 

Las metáforas e imágenes verbales que hayas utilizado hablan mucho de tu manera de entender el mundo y tu propia existencia. Ahora sigue el preguntarse cómo esas convicciones llegaron ahí, y en caso de no gustarte, ¿cómo cambiar esas metáforas por otras más satisfactorias? La semana siguiente continuamos. 

 

Web: www.juancarlosaldir.com

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Facebook: Juan Carlos Aldir

 

1 Lakoff, George, Methaphors we live by, Estados Unidos, The University of Chicago Press, 2003, Págs. 276

2 Lakoff George y Johnson Mark, Metáforas de la vida cotidiana, Tercera Edición, España, Cátedra, 2018, Págs. 303

LEE:

Liderazgo y el carácter global de la civilización humana / por Juan Carlos Aldir | Ruiz-Healy Times (ruizhealytimes.com)

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Nominada a siete premios de la Academia, entre ellos mejor película, la adaptación cinematográfica de Atonement, que este año celebra su quinceavo  aniversario, logra transmitir en buena parte de sus dos horas muchas de las sensaciones, emociones y elaboraciones intelectuales del libro original. Se puede aseverar que, al final, el muy respetado guionista  Christopher Hampton (Dangerous Liasons y Mary Reilly), sí consigue plasmar en la pantalla lo que Ian McEwan quiso expresar en su texto.   Con un manejo de cámara exquisito y con la gran habilidad de armar una producción de rotunda calidad, especialmente en la escenografía y los vestuarios, el director Joe Wright (Pride & Prejudice) se reafirmaba con su segundo largometraje, como uno de los mejores cineastas del nuevo milenio. Su muy atrevido plano-secuencia de cinco minutos rodado en la playa francesa de Dunkerque con más de mil extras, es un verdadero ejercicio de virtuosismo, toda una joya cinematográfica. 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Atonement

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