DESDE LA NOVELA NEGRA

Llegó a mis manos el libro de un admirado amigo: el escritor y periodista sonorense Carlos René Padilla.  La obra publicada por Nitro Noir fue premiada en el Concurso del Libro Sonorense 2018 en la categoría de...

14 de julio, 2021

Llegó a mis manos el libro de un admirado amigo: el escritor y periodista sonorense Carlos René Padilla.  La obra publicada por Nitro Noir fue premiada en el Concurso del Libro Sonorense 2018 en la categoría de Ensayo, bajo el título: “Los crímenes de Juan Justino y Rodrigo Cobra”.   En boca de tres singulares personajes, expertos en el tema de la novela policial, el autor recorre los orígenes de este subgénero desde Inglaterra, pasando por la Unión Americana y Francia, para llegar a México, donde se reconoce como su primer exponente a Rafael Bernal con “El complot mongol”, publicada en 1969. Un referente en el tipo de narrativa oscura escrita en español. 

El libro de Padilla es una obra altamente didáctica que da cuenta de por qué la novela negra se denomina de ese modo, cuál es la diferencia que hay entre ésta y la novela policial, y por qué razón en los últimos decenios ha tenido un repunte en nuestro país, iniciando desde la zona norte con Elmer Mendoza, para ampliar su abanico a toda la república.

Lo singular de este subgénero es que migró de ser una literatura popular hecha en papel revolución, que se ha denominado “novela vaquera”, con tintes amarillistas, a convertirse en un foro a través del cual se presentan al lector las condiciones socioeconómicas y políticas que subyacen en los problemas de seguridad pública. Tomando como pretexto un crimen –o la presencia de un cuerpo, como menciona el propio Padilla— la novela negra se vuelca para presentar el escenario de fondo que lleva a situaciones como las que ocupan la nota roja.

La comunicación de hechos violentos en estos tiempos se presta para imprimir un sesgo, ya sea por descuido al escribir, o con cierta intención oculta. Un título de una nota periodística puede afirmar algo que de entrada es solo una presunción, digamos: “La mató por celos”.  Algo que, por más que haya elementos que apunten en ese sentido, no puede afirmarse antes de un juicio por parte de la autoridad institucional. Muchas de las veces el comunicador, desde los titulares de su publicación, está condenando a un presunto asesino, cuando hacerlo es tarea del sistema judicial de un país.

Hace unos días terminé de ver la serie “Somos” que se ofrece en una plataforma digital.  Está basada en la masacre contra población civil ocurrida en la población de Allende (Coahuila) hace diez años.  Me quedo con la sensación de que los productores se ocuparon más de los elementos utilizados para contar la historia que de la historia misma. Recrean de manera muy “light” lo que, en su momento, fue una mezcla de terror, incertidumbre y confusión para toda la región fronteriza coahuilense. En aquel entonces surgió una disociación en todos nosotros: Frente a la evidencia de lo ocurrido, callamos, no solamente en la tribuna pública, sino entre nosotros mismos, con la familia o los vecinos. Actuamos como si nada hubiera ocurrido, a tal grado paralizados por el panorama de destrucción. El tiempo ha venido a aclarar los hechos y a evidenciar la profunda  corrupción que permitió que sucedieran cosas que no tienen nombre y que, a la fecha, siguen siendo así de poderosas, que en una serie que dice narrar los hechos, a lo largo de seis capítulos se concreta a insinuar de manera muy sutil la forma real de actuar de  los presuntos criminales. Un espectador con cierto conocimiento de lo que en realidad sucedió, sí  es capaz de interpretar la trama como una radiografía de la corrupción que permitió tan terrible violencia. Para el resto del público es una más de las producciones que colocan el foco de atención  en cierto tipo de hechos violentos.

Se repite lo que ya hemos señalado con relación a otros casos. Frente a la cruda realidad que nos grita, desviamos la mirada como para no comprometernos, para no hacer olas, y la realidad se queda intacta, sin visos de solución. Ante hechos  evidentemente  ilegales, nos desentendemos, pasando la pelota, dejando a otros la obligación de contarlos. Aquí es el punto donde la novela negra se vuelve clave. Es capaz de jugar con los mismos elementos de la realidad que conoce y desea narrar, pero acomodándolos de una forma que, efectivamente, dé cuenta del escenario de fondo y que además señale, a partir de la ficción, la tesis postulada por el propio autor para explicar por qué ocurrieron los eventos que relata.




Algo nos dice que en la atmósfera de pandemia que vivimos, se desenvuelven hechos violentos que no se conocen bien o que se callan.  Hay violencia doméstica, de género, por causa de la forma de pensar o el estilo de vida de una persona. Atisbamos, adivinamos, pero hasta ahí llega la mira de nuestro telescopio.  Los valientes periodistas que salen tras la verdad lo hacen corriendo grandes riesgos y, de todos modos, tal vez no lleguen a conocerla, pues hay instancias gubernamentales paradas a causa de la emergencia sanitaria. Corresponde, pues, a nosotros observar, relacionar y tratar de entender lo que sucede. Un buen recurso para guiarnos en esta labor de exploración es justo el género negro que presenta personajes completos con sus defectos, sí, pero también con sus virtudes, como cualquiera de nosotros. Se aleja de la visión maniquea de muchas telenovelas que narran una historia de lo más inverosímil.

Felicito a Carlos René Padilla por su obra premiada. Una crónica literaria que da cuenta de lo que ha sido la novela negra en México. Agradezco su generosidad de escribirla citando un sinnúmero de fuentes documentales serias, lo que permite, aparte de disfrutar su amena lectura, al margen de la aridez característica de los ensayos, aprender mucho en cada una de sus páginas.

 

Comentarios
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Al principio parecía que los vecinos se habían olvidado de los “estímulos económicos” con el incendio en la azotea. Pero ese mismo incendio se los recordó, porque resulta que los humos se dispersaron por toda la colonia y  afectaron a muchos habitantes. A unos les dio por lo pacífico, y andaban por la calle medio dormidos, como zombies descoloridos; pero otros se pusieron  agresivos y hasta hubo uno que pintó una raya en el suelo y dijo que al que pasara de esa raya lo iba a rajar en dos o en tres partes o en lo que resultara; y como sacó una navaja como de a metro, todos se lo creímos. Pero eso sólo duró unas horas, y acabó por convertirse en una juerga, porque el pobre intoxicado no acertaba ni a una pared que, según él, lo había desobedecido; y se lo llevaron a la comisaría más pronto que enseguida. Luego, los vecinos fueron  a exigir al portero la entrega de los estímulos. Y ahí fue donde el portero empezó a parir chayotes (perdóname por la expresión, pero no encuentro otra que se ajuste mejor a su situación). Cuando las exigencias arreciaron, les pidió unas horas de plazo para resolver la “logística” del asunto, y se encerró en la portería. Ahí estuvo horas y horas, yendo de un lado para otro y sin saber qué hacer. Hasta pidió que le llevaran un diccionario, a ver si “económico” tenía otro significado que fuera distinto a dar dinero. Con el trabajo que le cuesta leer, y se estuvo buscando y pensando hasta altas horas de la noche. Cuando ya no podía más, llamó a sus guaruras y les dijo que le resolvieran el problema, para el día siguiente; y que si no… Ahí lo dejó, porque así se oye más amenazador. Al otro día le tuvieron que echar una cubeta de agua para que despertara, porque como se había desvelado “trabajando”, no había manera de que se levantara. Pero ya estaba un grupo de vecinos en la puerta, exigiendo la solución del asunto. El guarura que sí acabó la secundaria estuvo un rato hablando con él, hasta que las facciones se le iluminaron con algo parecido a una sonrisa de triunfo. Y entonces sí salió a dar la cara. Entonces se echó una parrafada muy larga, adornando lo que su guarura le había dicho que, en resumen, era lo siguiente: la palabra económico no significa solamente “dar dinero” sino que también es adjetivo gentilicio (eso fue lo que dijo, porque no pudo recordar lo que el muchacho le dijera; pero a los vecinos les daba lo mismo una palabra que otra) que significa que el sustantivo, en este caso la palabra “estímulos” es algo de poco precio, no necesariamente dinero (eso lo repitió unas catorce veces), sino algo pequeño pero significativo que valía más que el dinero (esto no lo entendió nadie, ni siquiera él) y luego empezó a hablar de adjetivos, de gerundios, del nominativo y del ablativo, e hizo un  revoltijo que los vecinos se retiraron sin pedir explicaciones porque ya les dolía la cabeza. Pero algo tenía que darles, dijeron  los guaruras; porque si no, luego se iban a quejar con ellos, y les costaba mucho trabajo quitárselos de encima. Entonces, mandó hacer unas tarjetitas blancas y brillosas que decían, con letras góticas, bien renegridas: “Al Mérito Agrícola”, y las entregó en una ceremonia convocada para el domingo siguiente, ante un mantel limpísimo sobre el que había unos dulcecitos de limón que compró en la tiendita de la esquina. Y con cada tarjetita entregaba un dulcecito. No es que los vecinos quedaran satisfechos, pero pensaron que podían poner la tarjetita en la sala, bajo un cristal; o en la entrada de su casa, junto a la plantita que tenían. Los dulcecitos los guardaron como recuerdo, porque ya los conocían y sabían que eran malísimos. Pero, al fin y al cabo, algo habían conseguido arrancarle al portero. Y ya no ha habido más “programas sociales”. Ya veremos lo que pasa en el futuro. Te quiere Cocatú
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