Antes del tifón

A la  memoria de mi entrañable amigo Leo Buscaglia. Cada población se construye mediante historias. Los edificios más antiguos de un lugar  no significarían nada si no fuera a través de lo que se cuenta acerca de...

29 de junio, 2021

A la  memoria de mi entrañable amigo Leo Buscaglia.

Cada población se construye mediante historias. Los edificios más antiguos de un lugar  no significarían nada si no fuera a través de lo que se cuenta acerca de ellos. La forma como los lugareños hacen memoria de su existencia dentro del escenario urbano, da cuenta del significado que éste ha tenido en sus propias vidas.  En casos de ciudades muy antiguas esos relatos  se han plasmado de manera oficial en los libros de historia local. Quizás estén asociados con eventos patrios que los resignifican en más de una manera. Para las poblaciones modernas, las narraciones de su gente se transmiten por otras vías, desde la tradición oral hasta la comunicación digital. Un buen ejemplo de  crónica multimodal se ha desarrollado en estos dos últimos años, cuando la pandemia ha sido contada mediante diversos géneros literarios, imágenes, música y cine, entre otros. Tradicionalmente ocurre así, a través de la construcción de historias es como los ciudadanos otorgan un significado particular a cada calle y avenida, a los inmuebles representativos y a los personajes cuya actuación ha influido en la conformación citadina.

El 28 de junio de 1954 la ciudad de Piedras Negras (Coahuila) quedó bajo el agua. Tanto así que un semanario que cubrió la noticia avisó al mundo mediante grandes titulares en la plana principal: “Piedras Negras ha muerto”.  Todo el primer cuadro, desde el cruce del río Bravo hasta lo que entonces eran los límites de la ciudad al poniente quedó bajo el agua.  A partir de ese momento comenzaron a tejerse historias de héroes rescatistas, de ciudadanos que no dudaron en facilitar recursos propios para poner a salvo a los afectados.  Están los relatos surrealistas, como el de la anciana que se resistía a ser rescatada, su casa estaba en la esquina de dos calles principales, llegaron en lancha por ella, pero se negaba a salir; finalmente se supo que en su colchón había ido guardando todo su dinero, y no fue hasta que los rescatistas aceptaron cargar también con el colchón, que la convencieron de evacuar su casa. Destaca la figura del doctor Armando Treviño Flores, personaje célebre de la región, quien puso a buen resguardo a infinidad de damnificados en un rancho de su propiedad: les proporcionó atención médica y los alimentó hasta que estuvieron en condiciones de regresar a sus casas. Es una tragedia que nos da para romantizar el pasado y descubrir que, finalmente, cuando se necesita la población se solidariza a favor de los más necesitados.

Coincide este aniversario con una labor de reorganización que traemos en casa. Mi hija Eréndira es aplicada alumna de Marie Kondo y tiende a volver minimalista una casa con una carga familiar de varias generaciones. Yo podré escribir algún día mis propias historias, de objetos que, en un abrir y cerrar de ojos, terminaron convertidos en donaciones sin que yo me enterara.  En fin, con ese espíritu oriental comenzamos a sacar muchos elementos que tienen mínimo o ningún uso, aprovechando destinarlos a un bazar que organiza el Seminario local.  Así hace un par de años proveímos parte del menaje para un bazar de caridad  y hemos donado colecciones de libros a diversos recintos.  Con esto último se replica el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados relatado en el evangelio de San Mateo, pues después de que sale una parte de la biblioteca familiar, en un par de años estamos igual de saturados de títulos.

Esta providencial coincidencia del aniversario de la inundación y la depuración doméstica, se da justo cuando ocurre la tragedia del colapso del edificio en Miami, en el cual quedaron un piso encima del otro, como una torre de panqueques.  Ante ese escenario me pregunté qué tanto es lo que necesitamos en nuestra vida y qué tanto vamos cargando sin atinar a deshacernos de ello, ya sea por tradición familiar, por nostalgia, por culpa o por costumbre. Hay varios elementos en casa que van por la cuarta generación de permanencia entre nosotros y que simplemente no me animo a dejar ir. Recuerdo entonces una reflexión que leí en algún libro de Leo Buscaglia, entrañable amigo, cuando hablaba de los tifones en Asia: “Si te dijeran: Tienes cinco minutos para colocar en una mochila lo más valioso de tu casa antes de salir corriendo: ¿qué te llevarías?”. Es buen momento para actualizar las palabras de ese autor, fundador de la cátedra “Amor” en la UCLA Pasadena, y no esperar una inundación para tomar esas decisiones.  Además, en mi caso, a estas alturas del partido, revisar y depurar cosas representa aligerar para mis hijos el trabajo de quitar cosas más adelante.

Revisar, reorientar, dejar partir: Acciones que nos liberan de la asfixia doméstica y nos construyen un espacio a donde expandir nuestra creatividad.  Eréndira Kondo y yo hemos avanzado bastante, pero aún nos falta. A pesar de ello, ya siento que comienzo a respirar mejor dentro de casa. Lo que definitivamente no es depurable, es el archivo mental de memorias que nos construyen como personas, como familia y como país: las charlas de sobremesa; la transmisión de valores propios del clan familiar y de los círculos más íntimos de amigos. Compartir entre diversas generaciones la forma de apreciar lo que nos rodea para enriquecernos. Hacer de ello una costumbre, un estilo de vida. Ahora bien, de las cosas materiales, tener en mente, qué es aquello tan valioso como para echar en la mochila personal antes del tifón.

 

Comentarios


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Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

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