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Un Grito por la Patria

Martes, 20 de Septiembre 2016 - 15:00

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Luisa Ruiz

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Conmemoramos la Independencia en la playa, de frente al mar. Como marco, el horizonte, esa línea que señala el final de unos y el principio de otros. Nos mirará la luna llena de un septiembre confuso; como testigos, El Faro enviando ráfagas de luz a los silenciosos barcos lejanos y de compañero mudo, la barda de la casa del vecino.

Es, pues, el escenario acorde con lo que estamos viviendo en el país.

Se parece, la playa, al vacío infinito que se siente ante la impotencia de lograr tantas justicias. Se parece, el mar impredecible, al tan predecible futuro mientras las olas se arrastran como la furia alimentada en cada uno de los mexicanos. 

El horizonte, que no se equivoca nunca, enseña esa cercanía que no puede tocarse y esa lejanía que deja de verse. El Faro, al gigante que sin moverse puede aplastar a quien atente en su contra y con su ojo brillante encandilar el entendimiento de los mexicanos ya tan lejanos, como esos barcos silenciosos.

La barda, que se parece al obstáculo que no permite la avanzada del pensamiento, que detiene las esperanzas y se convierte en un monumento al desconcierto y la mentira.

Habrá lo artificial. Las luces que estallarán como una carcajada perversa enviada desde el más allá, la música que hará bailar cuerpos inertes, cantos que explotarán en alegría aparente.

Los abrazos, sonrisas, algarabía. El confeti, las maracas y las cornetas, serán la representación colorida de las marchas de protesta, las ruidosas o las pacíficas, las ridículas o las de fundamento racional; igual, como todos esos artículos que quedarán esa misma noche, destrozados y en la basura, así los mexicanos después del desesperado grito de ¡Viva México!

¡Despierta México! habrá de gritarse. Despierten los arrinconados. Despierten los asustados. Despierta apático e insensible. Despierta silencioso. Que la fuerza del mar y el imperio de la tierra que nos vio nacer nos despierte el poder de poder avanzar contra todas las corrientes que nos quieran ahogar.

Es México, Tierra de todos, de los extranjeros que se volvieron locales, de los turistas, de los curiosos, de los muertos en vida, de los vivos enterrados, de los que, sin ser enterrados no saben vivir, el México que no es gobierno, el México nuestro de cada día.

Desde la Gran Tenochtitlan hasta todos los rincones del suelo Azteca, hay razones de sobra para gritar, celebrar y festejar, no por ni para los verdugos, sino por todos los que honrosamente exaltamos la tierra que sin chistar nos sostiene con orgullo a todos.

No estoy orgullosa de ser mexicana porque no pedí nacer aquí. Para sentir orgullo por algo se debe luchar por ello y yo no luché por eso, no elegí, no lo pedí; son esas cosas que pasan y que son planes de otros, no de uno. En cambio, puedo decir que soy afortunada de haber nacido en México, me tocó nacer, crecer y formarme en esta tierra de riquezas y benevolencias; nací en la tierra del Rey Tariacuri, sacerdote del viento, en el lugar de pescadores.

Me siento afortunada de haber nacido Purépecha, de tener amigos Mixtecos, Huicholes, Mayas, Tecuexes, Tlapantecos, Kumiai, Tepehuanos, por supuesto, Purépechas y Aztecas de la Península. Padre Matlalzinca y Madre Wixarika.

Viva el México nuestro de cada día. Viva la Patria de nuestras familias, de nuestros amigos y, sobre todo, Viva el México de nuestra Raza, la Gran Raza de Bronce.

Todos los días, festejemos porque estamos, porque somos, porque vamos, porque nos movemos.

Quienes nos hacen daño hoy, no estarán mañana en el Poder, nosotros sí.

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Número 19 - Julio 2018
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