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S.O.S.

Martes, 29 de Mayo 2018 - 15:00

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Elizabeth Cruz Ramírez

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¿Cuántas veces en la vida recurrimos a la iglesia, a un hospital, con un esotérico, un psicólogo o leemos el horóscopo diario en busca de ayuda? Algunos más, otros menos y unos cuantos (la minoría) saben que la vida no incluye receta o fórmulas al nacer y que todo cuanto nos ocurre es producto de nuestros pensamientos, nuestras emociones y lo más importante: nuestras decisiones. Todos los días y a cada momento, elegimos desde el color de la ropa que usaremos hasta la comida que consumiremos y aunque usted no lo crea, elegimos la actitud que asumimos ante ciertas circunstancias, el asunto es que ignoramos que tenemos el poder para cambiar nuestro entorno y vivir en un estado de bienestar, creemos que necesitamos dinero, prestigio o buena suerte y permitimos que el pesimismo se instale en nuestras vidas antes de probar las múltiples formas que tenemos de resolver una dificultad.

Y es que estamos constantemente distraídos: el trabajo en la oficina, el pago de las deudas, las elecciones presidenciales, el tráfico caótico, la contaminación, los mensajes en el celular, las publicaciones en el Facebook, el tweet para denunciar alguna anomalía, los correos electrónicos en la bandeja de entrada, el llanto de los niños, etc. pero, ¿en qué momento prestamos atención a nosotros mismos, a nuestras necesidades reales? Esas que van más allá del auto del año o el vestido de moda. La realidad es que no conocemos cuáles son nuestras necesidades porque desde muy pequeños, la mercadotecnia se encarga de decirnos lo que debemos hacer, los diferentes roles en la vida se han idealizado, visten ropa de marca, viajan en autos modernos y lujosos, miran la serie del momento en una pantalla de alta tecnología, comen en el restaurante de moda y el ciclo está completo pero cuando todo eso se acaba (porque en algún momento se termina) no queda más que un vacío existencial imposible de llenar porque no nos enseñan a hacerlo y entonces, es imperante pedir ayuda.

No confundamos la ayuda, (en un sentido de cooperación) como la acción que una persona hace de manera desinteresada por otra, con el fin de alivianarle el trabajo, para alcanzar algún objetivo o evitar una situación de riesgo que pudiera afectarle, con esa ayuda que algunos esperan recibir motivados por un sentimiento de que la vida está en deuda con ellos, que son sólo víctimas de las circunstancias y de la “mala suerte”. Ayudar es un acto dictado por la buena voluntad de aquéllos que desean compartir el bienestar del que gozan con los demás, en un gesto de “tender una mano” para que otro alcance sus objetivos; sin embargo, la ayuda generalmente se mal interpreta y unos terminan convirtiéndola en una obligación infinita, otros más nunca la agradecen y algunos, la utilizan como moneda de cambio para adquirir un estatus de falsa bondad, obteniendo a su vez, beneficios a cambio (por ejemplo, la conocida estrategia de otorgar despensas, vales o agua a cambio de votos).

Es posible ayudar y/o pedir ayuda de forma asertiva, estableciendo límites (que no es igual a condicionar) y sin caer en chantajes o pleitos gratis, también es posible pedir ayuda psicológica, médica, tecnológica o legal pero a menos que se cuente con alguien muy cercano especialista en la materia, toda ayuda profesional causa honorarios. Es importante aprender a reconocer cuando se requiere ayuda pues no somos omnipotentes y la vida nos enfrenta a situaciones que pueden salirse de las posibilidades con que contamos para resolverlas, por ello existe la solidaridad como en el caso del pasado sismo en septiembre del año pasado.

Ayudar o ser ayudado es un acto que requiere de franca honestidad por ambas partes pero no se confunda, ayudar no lo convierte en una buena persona a ultranza así como ser ayudado no es sinónimo de debilidad. Hay que aprender a dar y recibir y en ambos casos, es necesario hacer un ejercicio de introspección para identificar lo que necesitamos pedir o lo que estamos dispuestos a brindar de forma desinteresada, alejarnos del ruido y reconocer nuestros límites y alcances, lo cual es posible conseguir si en primera instancia, somos honestos en primera persona.

Aprovecho el espacio para agradecer en lo particular, a quien ha sido pilar fundamental durante la estancia hospitalaria de mi mamá; sin su ayuda, hoy no lo estaría contando y en general, a todos quienes han acompañado este largo proceso. ¡Gracias!

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Número 21 - septiembre 2018
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