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Sobre el amor

Jueves, 01 de Septiembre 2016 - 15:00

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Fernando Navarrete

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En la vida he amado de maneras diferentes y con muy distintas intensidades. Aún lo hago, día con día.

El amor es para mí, al mismo tiempo, instantáneo y eterno; es en parte, un conjunto de historias individuales e interpersonales que sólo en retrospectiva encajan, que únicamente pasado el tiempo adquieren cierta coherencia y cierto sentido. Es también un misterio que no nace de la identificación, de la cercanía y de la convivencia como su hermana, la amistad. El amor nace de un flechazo y por eso es inexplicable.. ¿Por qué se ama a alguien y no a otro? ¿Cómo pueden dos individuos con historias distintas, provenientes de mundos distantes, con rasgos y costumbres propias, ajenas para el otro, enamorarse de pronto? No existe respuesta alguna que pueda resolver, satisfactoriamente, dicho enigma. El amor nace en un momento y crece y se alimenta de muchos otros. Aún así, constituye una decisión consciente y una valoración objetiva. Utiliza los argumentos existentes a su favor pero no vive de ellos sino de algo más radical e inexpugnable. Es, sin lugar a dudas, un misterio dual: primero, porque su origen nos remite a un instantáneo flechazo y sin embargo, trasciende historias, épocas, etapas y momentos. También, porque es de uno y del otro, de nosotros, que amamos, y aquél otro el cual nos ama.

El amor resulta muchas veces terrible pues nos muestra tal cual somos sin reflejos ni máscaras. Nos desnuda al recordarnos lo vulnerables y humanos que somos como nunca antes, como nunca después; lo hace al obligarnos a encarar nuestros mayores miedos, nuestras más grandes carencias, nuestras mayores fallas. El amor busca compromiso, certeza, es riguroso y exclusivo. Nos extrae de la comodidad de pensar, vivir y sentir sólo para uno mismo. También, nos incita a reflexionar acerca de aquello que somos o creemos ser capaces de afrontar, de superar, de perdonar, de lograr y aquello que no. El amor prueba, en cada paso, los límites de nuestra propia humanidad al ser inmortal y nosotros probadamente efímeros, probadamente erráticos y probadamente  mortales.

El amor es también un llamado a la acción; en su faceta más brutal es capaz de destruirnos y, si existe la voluntad, construimos sobre sus ruinas creando nuevos cimientos, nuevas bases para lo que habrá de venir. El amor es semilla si, pero también es fruto. Es delicado y requiere cuidado, necesita del esmero cotidiano para sobrevivir. Cuando se va, se sobreviene un derrumbe. Desaparecen ciertos tonos, cierto ritmo, cierta cadencia y cierta luz. El desamor nos deja cojos, mancos, incompletos; como a una pintura que, de repente, ha perdido parte de sus trazos y en gran medida, su color. Se vive la vida a través de un velo, en tinieblas. A pesar de ello y aún y cuando se despida, el amor verdadero nunca termina de irse; continúa viviendo agazapado, oculto en la habitación más cuidada de nuestro corazón. Si bien es frágil, en cierta manera, también es indestructible. Adopta otras formas y otros modos, rehusándose a desaparecer en la vastedad de nuestra memoria.

El amor a ratos fluye con naturalidad y es apacible y tranquilo, convirtiéndose en el confortable refugio del solitario, el remanso de paz del atareado; en un cálido rayo de luz en medio de la oscuridad, en un soplo de brisa en medio del desierto. Pasa a residir en la cotidianidad de un abrazo, no por ello menos relevante; en un tierno beso, en una brillante sonrisa y en muchos otros gestos que adquieren monumental trascendencia al provenir de aquél a quien se ama, transformándose en ternura, en cariño, en dulzura. Se transforma en identificación, en admiración. Se transforma en paz.

A ratos es fuego vivo: es pasión y es deseo. Es grito y es gemido. Es un asunto más primitivo, más elemental. Carece de la cordura y de la sensatez de la amistad, lo enciende algo distinto. Radica entonces en la atracción física, en la admiración de un cuerpo ajeno que deseamos hacer propio no como objeto sino como sujeto. Es “atracción involuntaria hacia una persona y voluntaria aceptación de esa atracción”. El amor, dual como es, sufre y llora y lo hace por partida doble: en la alegría y en el dolor. Sufre en el recuerdo y sufre en la cotidianidad. Llora por el recuerdo del amor ausente y llora en el hombro del amor presente. Llora de exultante rabia, de notorio desasosiego así como llora de profunda alegría, de irrefrenable felicidad. El amor es disputa y también reconciliación; irradia coraje, fuerza, adquiere el rostro aparente de la seguridad aunque su naturaleza misma lo haga inseguro las más de las veces. Voluntarioso como es, adopta diversos nombres y rostros y nos coloca frente a nuestras emociones más profundas y menos sensatas.

Es, también, un esfuerzo individual que excede su naturaleza original para pensar y sentir por ese otro, objeto de nuestro afecto, de nuestro cariño, de nuestra atención. El amor busca incesantemente la reciprocidad; sin ella, no existe, está destinado a la extinción. Vive por y para aquél otro, necesita de su interés y su voluntad. Sin embargo, reside en cada uno de nosotros, es en el propio corazón donde ubica su morada. El amor busca incesantemente esa sensación de completud, como diría Paz, que no puede brindarnos nadie más que el ser amado. Nadie más. 

Quizás lo más extraordinario del amor radica en la posibilidad de que, en su nombre, el ser humano puede cambiar lo que era o creía ser y así mejorar, crecer, renacer; resulta algo complejo, profundo, misterioso, único. Cierto, muy cierto es que no existe milagro alguno semejante a él.

Nos leemos en dos semanas.

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Número 22 - Octubre 2018
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