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Los columpios, alcanzar el cielo

Viernes, 05 de Octubre 2018 - 15:00

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Luisa Ruiz

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¿Cuándo fue la última vez que se subió usted a un columpio? ¿Recuerda cuando niño, qué se sentía? ¿Recuerda el aire en la cara? ¿los pies a nivel de la cabeza? ¿las manos de su papá o su mamá, empujándolo por la espalda? ¿Recuerda cuando ya no necesitó que lo empujaran y aprendió a columpiarse solo?

La fuerza en sus brazos, el movimiento de los hombros, de la espalda y la firmeza que se necesitaba en la cadera para que el columpio se elevara lo más alto posible. La precisión requerida para soltarse en el vuelo y saltar muy lejos, muy lejos, hasta donde terminaba el jardín. Las competencias entre hermanos o compañeritos de juegos en el parque, quién vuela más alto, quién salta más lejos y los más atrevidos soñaban con poder girar el columpio 360 grados, nunca posible y mil veces intentado.

La casa de los abuelos tenía un espacio para los niños, allá ellos podían gritar, correr y rasparse las rodillas y doblarse los codos en un vuelo fallido desde el columpio. Nadie se preocupaba por llamar ambulancias y poco se detenía a los niños de estamparse contra las paredes porque no alcanzaron a caer en el jardín.

Los vuelos en el columpio, en el parque y en las casas eran cosa de todos los días.

Los había de sillas metálicas suspendidos por cadenas de fierro en un armazón hecho de tubos de metal, perfectamente peligroso en estos tiempos. Antes, lo menos que se veía era el peligro y sí, mucha diversión y entretenimiento para que los niños se cansaran de competir sin ganarle a nadie hasta que el farolito del fondo se encendía y la noche acariciaba sus sueños.

“¡Pido el de en medio!” se escuchaba apenas entraban los chiquillos a la casa del abuelo o al llegar al parquecito, siempre había tres columpios y el de en medio era el más veloz, el que no rechinaba, el que tenía las cadenas más resistentes…no era cierto, era parte del inicio del juego y los más chiquitos creían que el columpio de en medio era solo para los campeones del salto al aire.

Tocaba dar vueltas en el volantín cuando los tres columpios se ocupaban y sentarse en el sube y baja que era, también, un tubo de metal, dos asientos duros y un par de manubrios, todo de fierro. En el volantín, los mareos no eran frecuentes porque los niños jugaban a “desmarearse” girando hacia el otro lado a la misma velocidad.

¿Recuerda haber empujado a sus hijos en un columpio? ¿Recuerda cuándo fue la última vez que vio la sonrisa de su niño con el aire en la cara? Sea serio, tome asiento y piense: ¿conoce a un niño que utilice silla de ruedas? ¿uno que camina ayudado por una andadera? ¿Puede imaginar a ese niño, sentadito en su silla de ruedas o detenido en su andadera observando a los chiquillos mecerse en los columpios del parque o girando sin parar en un volantín?, ¿qué pasa por su mente?

Le ayudo: Que no saben lo que es subirse a un columpio y no saben lo que se siente, que no han dado vueltas en un volantín para marearse de risa y girar al contrario para “desmarearse” y no han sentido el subir y bajar de una palanca. ¿Un juego para ellos? ¿Se atreve a ver esto?

La transformación en el rostro de los pequeños empieza por sus ojitos, no saben qué pasará y quizá no entiendan por qué los están sujetando. Cuando el columpio se empieza a mecer, la sonrisa aparece (y mis lagrimas también) ese rostro chiquito se ilumina, estoy segura que se siente gigante, poderoso, domador del airecito que mueve su cabello.

Sienta con ellos mientras ve el video. Piense en su niño, en usted, en su capacidad o su incapacidad para sentir la alegría de otros, la de los chiquitos que apenas empiezan a conocer el mundo que les toca vivir y en las condiciones en las que deben aprender a vivirlo.

Este mundo lleno de atolladeros no es para los seres pequeños que nacieron sin poder correr, sin poder brincar desde el columpio y alzar sus pies hasta el cielo. Este mundo de usted y mío, tiene que incluir espacios en el corazón y en el parque porque la sonrisa y la risa son un derecho de todos, con o sin habilidad para caminar.

Si ve un juego de estos en un parque público, siéntese frente a ellos y piense, imagine y recuerde. Sea feliz con su recuerdo y proteja el que será un lindo recuerdo para los chiquillos que anhelan, como usted y yo, sentir el airecito suave en las mejillas. Columpie sus recuerdos de la mano de un niño que, por primera vez, sentirá lo que usted, cuando su padre le dio el primer empujón y lo lanzó a las alturas para que sus pies alcanzaran el cielo y sus manos el jardín después de haber volado alto, muy alto.

Si no ha visto alguno de estos juegos, pregunte, salga a buscarlos. Lleve a sus niños y cuénteles lo que acaba de leer. Diviértase y sonría mucho, que la vida junto a sus hijos, es tan simple como un columpio, un sube y baja o un volantín.


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Número 23 - Noviembre 2018
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