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Letras en secundaria

Martes, 04 de Abril 2017 - 15:00

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Luisa Ruiz

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Cada etapa en la vida es distinta y compleja, todas las razones son válidas. La adolescencia, como tal, ha sido siempre la misma, no tiene que ver con el tiempo porque la adolescencia en sí, es cambiante e inexplicable para quienes la viven, es un cambio obligado por naturaleza y pasa rápido, el proceso dura poco y de un momento a otro, son adultos.

Es pues, la forma en que me dirijo a los alumnos de tercero de secundaria, como adultos. Pasamos más tiempo de nuestra vida siendo adultos y la preparación para ello es importante. Hay momentos para actuar y ser adolescente y el aprendizaje para ellos, es como sus computadoras, guardar en su disco duro todo lo que tengan enfrente, reservarlo y usarlo o desecharlo cuando sea necesario.

Algunos de los alumnos no quieren leer, no quieren redactar, no quieren pensar ni razonar. Dicen ellos mismos, que porque son adolescentes y sus hormonas no se quedan quietas. Atender los veinte minutos que su cerebro permite a esa edad, es una obligación. Entonces, cada veinte minutos, la dinámica de mi clase cambia; me gusta que sientan que no son dos horas, que son solo unos minutos y aunque son pocos los que se resisten, poco a poco el grupo se uniforma y espero que pronto, esperen con gusto, su clase de lectura, redacción, razonamiento y análisis de la palabra.

En secundaria, empieza a desaparecer despacio el reflejo de los padres en los jóvenes y la identidad de cada uno, se asoma prudente en cada palabra y cada actitud. Empiezan pues, a decidir quiénes son aunque se confundan con regularidad, y la lectura es una guía para el crecimiento. Nunca se sabe cuándo un buen libro, les detone la mejor de las ideas para su futuro, el inmediato y el lejano.

Se queda, sí, incrustada la parte que han repetido los adultos. Les han dicho que, como son adolescentes pueden comportarse como sea y que los demás tienen que entender. Por otro lado, todos han escuchado tanto el asunto de la lectura, de tener un libro y de invitar a los niños a leer, que han dejado de lado la comprensión, la identificación y el análisis de su propia existencia.

Hay alumnos en el salón, que siempre tienen algo de literatura junto a ellos. Leen durante el receso, leen en la fila de espera, leen de camino a casa, siempre leen. Esto sería, para cualquiera, causa de aplausos y admiración. Más no es así. Hay hábitos sanos que pueden no ser benéficos porque estos chicos leen también, cuando no les gusta una clase, cuando no tienen ganas de poner atención, por ejemplo, a los eventos del Colegio. Leen cuando no quieren hacer tareas, cuando no quieren limpiar su habitación, cuando no quieren ayudar en casa. Sus libros se convierten en un pretexto para no convivir con otras personas en un paseo, en una reunión familiar, y como a un libro no se le acaba la batería, siempre están alejados de todo.

Otra razón por la que les afecta leer en todo momento, es que, a la hora de redactar un texto, por ejemplo, a partir de una imagen, su imaginación no fluye y lo poco que pueden redactar tiene relación con lo que han leído. Es decir, su cerebro se acostumbra a que otros, en este caso el autor, les dibuje la escena, los detalles del ambiente, la función y el perfil de los personajes y cuando ellos tienen que inventar una historia, no pueden.

No es pues, necesario que un adolescente lea siempre para parecer “culto”, el adolescente necesita ver, observar, analizar su mundo alrededor. Escuchar, atender, aprender del mundo que los está esperando. Hacerse culto, viviendo. Eso de que los hijos no hagan caso por estar leyendo una historia cualquiera en un libro, es lo mismo que estar pegados a un aparato electrónico.

Por otro lado, los alumnos que no leen tanto, que no tienen el hábito de la lectura, tienen facilidad para redactar historias sacadas de una imaginación activa propia. En la dinámica de escribir una historia a partir de una imagen, los lectores se fascinaron con las historias de los no lectores. Se preguntaban cómo habían hecho para llenar dos hojas de “inventos” y ellos, los ávidos lectores, que se supone saben tanto, no pudieron ni siquiera empezar un relato.

Otro ejercicio de redacción que los lectores no pudieron extender, fue cuando les entregué 80 palabras “nuevas” de esas que no se usan comúnmente, debían elegir 15 y redactar un cuento con ellas. Los lectores, otra vez, apenas lograron un texto de cinco líneas máximo y los no lectores, fueron más allá de 20 renglones.

Como hábito, como pasatiempo, como otra forma de aprendizaje es bueno, es excelente. Solo que, al volverse pretexto para no obedecer y aprender otras materias, aplica esto de que “todo en exceso es malo”. En las escuelas, está prohibido el uso de aparatos electrónicos porque los niños se distraen, lo mismo pasa con un libro de papel.

Los viernes, la clase se lleva a cabo fuera del Colegio, los llevo a lugares en donde hay libros. Fuimos a un café/librería. Los 30 alumnos llegaron a elegir un libro y llevaron un cuestionario. Debían buscar los datos de un libro, su editorial, número de ediciones, año de publicación, autor o autores, género y todos esos datos que normalmente no son de la atención de todos. Las preguntas para cada cosa, fluyeron entre ellos, comentaron sus respuestas y búsquedas. Terminado el tiempo, regresaron los libros a su lugar y los apartaron para volver después a leer ese descubrimiento. Todos los trabajos tienen más detalles de los pedidos en el cuestionario hay, incluso, trabajos que hacen un resumen de lo que alcanzaron a leer. Todos pusieron atención y los lectores por supuesto, dejaron su lectura de siempre en el salón.

Porque mi clase no está dirigida a un solo libro, está dirigida a todos los libros desde que se hacen. La clase está diseñada como una introducción a toda la lectura que les espera en la preparatoria y, además, está dirigida para que, los adultos que serán mañana, aprendan a escribir su propia historia.


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Número 23 - Noviembre 2018
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