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La letra, ¿con sangre entra?

Martes, 24 de Julio 2018 - 15:00

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Luisa Ruiz

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La vieja escuela le llaman a aquellos tiempos en que el razonamiento y el análisis, lo estricto, el orden y la higiene eran determinantes. Si existieron los borradores voladores, los reglazos en los hombros o los jalones de cabello, a mí no me tocaron; supe de gestos recios, voz enfática, dedo índice amenazador, quijadas apretadas y paseos a la dirección para ver la cara de la superiora y escuchar la letanía de siempre.

La vieja escuela no era solamente la académica, también las clases extra escolares, las de inglés, las de natación, las de ballet, de teatro o de futbol y tenis. Todo tenía el mismo rigor que las escuelas, incluida la casa y cuando había visitas, padres y maestros parecían funcionar en la misma sintonía y no necesitaban ponerse de acuerdo.

Las libretas en orden, forradas y enumerada cada hoja, tareas completas sin excepción, lápices y plumas se usaban hasta que se terminaba la tinta o la punta del lápiz se juntaba con el borrador, los juegos de geometría llegaban completos al fin de ciclo. La vieja escuela era orden y disciplina.

En aquello que llamaron vieja escuela y de la que casi nada queda hoy, había en los mesabancos, seres atentos y educados. A los mayores se les respetaba aun cuando todo parecía injusto, se les escuchaba, aunque lo que dijeran sonara absurdo, se les ponía atención, aunque lo que enseñaban parecía no ser de utilidad.

Los castigos, hoy quiero recordar los que me impusieron y puedo recordar dos además de mis continuas visitas a la dirección. El primero, por haberme salido del colegio a comprar ‘tamarindetas’ a la calzada y la directora me cachó cuando regresaba con las manos llenas de dulces, me tocó quedarme un domingo sola en el salón, haciendo operaciones y problemas de matemáticas. El segundo, la expulsión definitiva del colegio porque sacudí el árbol de guayabas y las frutas rodaron por todo el patio haciendo que alguien se resbalara y cayera cuando pisó una.

Mi vieja escuela fue buena, la de casa y la de colegio, la de natación y la de gimnasia olímpica mas ninguna de estas, fue tan dura y exigente como lo fueron las otras más viejas escuelas, como la de mi padre; él estudió en la Universidad Militar Latino Americana, un régimen militar que llegó a nuestra mesa de comedor, a nuestra formación y comportamiento; también mi padre tuvo castigos, amonestaciones, arrestos y salidas prohibidas en fin de semana. Su escuela vieja hizo de él, de sus compañeros y de las generaciones siguientes, éstos que no podemos entender la educación y la formación de hoy.

Otros llaman vieja escuela a los gritos, a los golpes y recuerdan con un malsano orgullo eso de que “La letra con sangre entra” en referencia la pintura Escena de escuela, de Francisco de Goya, en la que un maestro azota las nalgas del estudiante mientras los demás alumnos lo ven horrorizados; ese es el extremo, aunque hoy, esos azotes han cambiado por abusos y otro tipo de humillaciones no solo de los maestros a los pupilos, sino entre los mismos compañeros de clase y de escuela.

Le llaman vieja escuela a la injusticia vestida de maestro, a gente gruñona que no sabía de empatía. La realidad es que la escuela de antes no educaba tanto como formaba y enseñaba o quizá era todo en conjunto y ese conjunto se rompió como sucedió, por ejemplo, con las clases de gimnasia de antes que se dividió en lo que hoy se conoce como, yoga, pilates, aeróbicos, zumba y demás inventos. Antes era un todo para cada individuo, ahora es una cosa individual para cada grupo.

La tecnología tampoco ayuda en la “nueva” escuela, además no poder o no saber combinarla con la de antes, lo tecnológico ha detenido el razonamiento acertado, ha roto con la comunicación asertiva y ha disminuido la capacidad de memoria. Entonces, esta nueva escuela que no logramos entender, no se parece, ni es, ni sirve para que los alumnos jóvenes sean seres funcionales, humanos, sensibles y respetuosos porque alguien, determinó que se debía relajar la disciplina con la justificación de que se dañaban los derechos de los niños y los de sus padres.

Ahora casi nadie puede hacer nada, más que ver cómo muchos maestros en las escuelas se debilitan ante la imposibilidad de educar y formar de acuerdo a su vocación, con todo, muchos titulares de las aulas se arriesgan y dejan su mejor esfuerzo con la esperanza de que ninguno de sus alumnos se convierta en una máquina sin programación y de cerebro bloqueado.

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Número 22 - Octubre 2018
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