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Un calcetín perdido

Viernes, 10 de Noviembre 2017 - 15:00

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Luisa Ruiz

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Estuve de vacaciones y una parte del mundo se apagó por un par de semanas, desconectarse de las rutinas dentro o fuera de casa, se llama vacación y en esos días se trata de vivir como taxi sin itinerario fijo, además, dejar a un lado las provocaciones a las que invita el movimiento caótico de las ciudades, esa puerta a la ira, al dolor, a la frustración y a la desesperanza que se vive día a día en el país, en el mundo de cada uno.

El tiempo no espera a nadie y nada se queda en pausa mientras las vacaciones suceden, los días de asueto, de desconexión con todo lo electrónico y lo humano conocido, es como viajar al limbo y ahí, el pensamiento no funciona, la capacidad para inventar rutinas no existe y todo se vuelve simplicidad, carcajadas sin razón, caminatas sin rumbo y capacidad para observar.

En ese lugar donde uno vacaciona existen otros humanos que padecen lo que uno deja en casa, porque hay humanos en todos lados y todos viven la misma incertidumbre social y política; ojalá todo terminara como terminan la vacaciones, con un tranquilo vuelo de regreso al hogar, y no, porque mientras haya humanos nunca habrá paz, solo es necesario preguntárselo a los animales.

El mundo es feo a veces, para muchos, siempre. Es horrible para el restaurante vacío que pasa las horas observando al negocio vecino que no para de atender a sus comensales. Es feo cuando una isla se ha convertido en parque de diversiones y el parque de diversiones de la ciudad es el lugar más infeliz de la tierra cuando pocos pueden pagar por visitarlo.

El mundo es triste porque sigue habiendo gente muy pobre, aumentan los millonarios tristes y los políticos enamorados de la mentira y la torpeza. El mundo es feo porque vive en trance narcótico sin posibilidad de reacción. El mundo es feo para el inocente encarcelado, para las mujeres perseguidas y para los humanos que no tienen voz.

A punto de regresar al mundo caótico, trato de ponerme al día de los acontecimientos que sucedieron y resulta imposible el recuento porque nada sucede en orden. Es el mundo, un enorme clóset revuelto en que no se pueden encontrar los pares de calcetines y los nones hallados no sirven ni para limpiar las persianas.

Así, los eventos en todos los ámbitos, en cada uno de los mundos en los que nos movemos, nada dura el tiempo suficiente como para asimilarlo, menos para tratar de concluirlo y cada extraño mundo tiene sus propias aflicciones y desorganización. No en todos, al parecer hay algunos munditos que conservan una desconocida tranquilidad y es necesario salir del área conocida para encontrarlos.

Uno de ellos es el lugar en el que me encuentro escribiendo estas letras de observación. “A page in the sun”, un café/librería/restaurante/escenario cultural que ha sido, por muchos años, el lugar de reunión de, en su mayoría, extranjeros jubilados, retirados y económicamente productivos que residen en el puerto de Vallarta. Es muy temprano y hay alrededor de 50 personas distribuidas en cómodos asientos, unos leyendo, platicando con compañeros de mesa, tomando café y la suave música mexicana de fondo, les recuerda a todos que están en un rincón feliz de México.

Un anuncio dice que cuentan con red inalámbrica, no veo a alguien usándola. Aquí adentro, nada es feo para nadie y parece que será así por muchas horas porque el ambiente de libros y conversaciones impiden que alguien se quiera ir. No se sabe a qué mundo irán las personas cuando dejen este lugar, quizá sus mundos sigan siendo tranquilos y sin preocupaciones o puede ser que, al encender sus televisores o se conecten al mundo digital, sientan algo de preocupación.

Es poco probable que uno permanezca más de diez días en calma cuando el mundo nos revuelve como ropa en secadora, que es en donde se pierden los calcetines; por cierto, aquí no usan popotes, lo que me causa un tanto de impaciencia porque no me gusta tomar el café desde la tapa en la que el barista puso su mano completa para cubrir el vaso y para mí, esto significa un calcetín perdido.

Dejo este lugar de tranquilidad que me perteneció por unas horas, el tiempo de asueto finaliza y los temas a contemplar para escribir más textos aún no terminan su ciclo en la secadora, ya veré cuantos nones aparecen y qué tan desordenado encuentro ese clóset revuelto llamado mundo.

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Número 12 - noviembre 2017
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