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Trump: El futuro revocable

Martes, 15 de Noviembre 2016 - 15:00

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Fernando Navarrete

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El análisis retrospectivo es siempre útil y hoy, podemos valorarlo en su justa medida dados los acontecimientos de los últimos días.

Aquello que permitió allanar el camino hacia la Casa Blanca al empresario neoyorkino fueron múltiples asuntos de carácter individual que se tornaron colectivos: las charlas de sobremesa, las condiciones personales de poca (o nula) mejora económica/financiera, el llamado a cambiar radicalmente el orden de las cosas, los términos y expresiones que sólo en privado resultaban aceptables, etc..las verdaderas razones detrás del llamado voto oculto. Hace unos meses escribí que el discurso fascista, lleno de resentimiento y de demagogia de Donald Trump era enormemente pragmático y no me equivoqué. Representaba algo nuevo (y atractivo) para la nación americana, aquella de la corrección y de la pluralidad, aún y cuando para Latinoamérica representaba una fórmula usada hasta el desgaste que aún se resiste a morir.

La "buena onda" que hasta hoy permea los espacios televisivos y digitales estadounidenses no bastó para resarcir las diferencias entre los miembros de una sociedad que se perciben a sí mismos como ajenos, excluidos, olvidados y aquellos otros que se sienten cómodos con su situación en el mundo. De poco sirvió que Beyoncé, Katy Perry y Joyce Carol Oates, entre muchos otros, trataran de influir de un modo u otro en la contienda. Todos formaban parte de lo mismo, de esos otros exitosos, ricos, importantes. Ni músicos ni intelectuales tuvieron voz porque esta elección no se trataba de racionalidad ni de argumentos conscientes, analíticos, estructurados.

No, se trataba de darle voz a la emoción de millones de ciudadanos. Una voz falsa, pero voz al fin.

Como muchos otros, me equivoqué en el pronóstico; hace algunos meses (en un texto que titulé: Hillary primero, Trump después) argumenté que aún y cuando fuera por estrecho margen, la nación de la corrección política y la diversidad ideológica, racial y de género no podía echarse atrás cincuenta años, al menos y cien cuando más, en cuanto a garantías, derechos y visión a futuro se refiere en la presente elección y que apelando a un mínimo de racionalidad, Clinton terminaría por imponerse. Fallé.

Subestimé la visceralidad y emotividad de la gran mayoría del electorado norteamericano. Lo que dábamos por sentado terminó siendo borrado de un plumazo. Nefasto recordatorio de que aquello que toma años construir, no requiere de mucho para verse amenazado en su totalidad: La falta de libertades, el señalamiento, la xenofobia, la segregación, etc.

En lo que sí acerté fue en el vaticinio de que México debía estar preparado para todos los escenarios posibles, y que en el caso del peor, debía poseer un plan, analizado con antelación y puntualidad, con respecto a las medidas que debían tomarse ante una eventual deportación masiva. Recordé en aquel momento que si la administración Obama había resultado nociva para numerosos connacionales, el gobierno de Donald Trump (o Rubio o Cruz en aquél momento) no tendría reparo en seguir una línea mucho más enérgica. Escribí que debía, desde ya, existir un esfuerzo anticipado que nos preparara para el vendaval.

Lo que hoy está viviendo EUA es sólo el principio de lo que está por venir; desconozco si Trump dentro del pragmatismo de su discurso que finalmente cumplió su cometido y lo llevó al poder, fue capaz de prever lo que éste generaría, en múltiples direcciones. No lo sé, lo que sí sé es que la elección americana ha sentado un terrible precedente y ahora nos toca, al resto del mundo, jugar de la mejor manera las fichas que poseemos. Y poco más.

Nos leemos en dos semanas.

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Número 20 - agosto 2018
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