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Trump contra las drogas

Lunes, 01 de Octubre 2018 - 15:00

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Jaime Guerrero Vázquez

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Si hay alguna política rotundamente fracasada esa es la que les declaró la guerra a las drogas. Iniciada a nivel mundial por el presidente Nixon en los años 70, la “guerra” ha producido decenas de miles de muertos y violencia alrededor del planeta. Las mafias se han entronizado y ahora mueven más droga que nunca y las cantidades de dinero de las que disponen son astronómicas. El número de adictos es más alto que nunca.

Hace mucho que esta estúpida guerra se perdió en el mismo lugar donde inició: los Estados Unidos. Paradójicamente se perdió en dos terrenos: en la adicción a los medicamentos legales y en la legalización de la mariguana en varios estados de la Unión Americana, incluso para uso lúdico. Sin embargo, hay quien no ceja en sus intentos de seguir la guerra.

El presidente Donald Trump pidió ante la ONU la cooperación internacional para combatir la epidemia de adicción. Su fórmula es simple, como él mismo lo dijo: reducir la demanda de drogas, cortar el suministro de drogas ilícitas, extender el tratamiento a los adictos y fortalecer la cooperación internacional. Al llamado del mandatario, 130 países firmaron un documento que pone énfasis en algunos aspectos presentados por él.

En contraposición, la Comisión Global de Política sobre las Drogas, integrada por 22 jefes de Estado, de gobierno y dos premios Nobel, propuso un enfoque diferente: estudiar la regulación de las drogas como una forma que podría ayudar a eliminar el riesgo de que los grupos criminales logren controlar gobiernos e imponer sus reglas a amplios grupos sociales, gracias a la enorme cantidad de recursos que mueven (320 mil millones de dólares anualmente) y las armas que poseen. Ernesto Zedillo, miembro de esta Comisión, admitió que durante su mandato (1994-2000) siguió una política equivocada hacia las drogas, siguiendo la idea nixoniana de guerra contra las drogas.

En el caso de Trump, da la impresión de que su postura es simplemente una forma de decir que está haciendo algo ante la epidemia que cobra cada día más de 170 vidas en su país, pero sus medidas no son una novedad ni una solución. Reducir la demanda o cortar el suministro ha demostrado que no es una posibilidad real. Ni ejércitos ni policías especializadas han podido hacerlo. Este enfoque es claramente equivocado. En gran parte, porque la sociedad norteamericana es relativamente tolerante ante el consumo. En segundo lugar, la propuesta del habitante de la Casa Blanca no distingue entre consumo y adicción. No son la misma cosa. Si un adulto que socialmente funciona y no es una amenaza para nadie es un consumidor, ¿por qué ha de ser perseguido? Por el otro lado, un adicto es un enfermo. La idea de apoyar tratamientos para ellos se estrella contra la realidad. Muchos condados y gobiernos estatales prefieren no gastar en esto. ¿El gobierno federal dará más recursos? Es poco probable de acuerdo a las políticas impulsadas de recorte. La cooperación internacional debía estar centrada en intercambiar experiencias no punitivas de tratamiento a los adictos y a la regulación de los mercados de las drogas.

Se acusa que la regulación no acabaría con la violencia. Es muy posible esto, en la medida en que las políticas equivocadas han empoderado a los criminales, estos han extendido sus actividades a otros terrenos (trata, especies, armas, etc.), pero lo cierto es que las drogas son su negocio más próspero, regularlas sería quitarles buena parte de su poder.


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Número 23 - Noviembre 2018
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