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Por su chula cara y de pura casualidad

Viernes, 12 de Octubre 2018 - 15:00

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Julio Chavezmontes

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Entre el sitio que ocupa nuestro diminuto planeta y el centro de la Vía Láctea, hay “nada más” una distancia de 26,000 años luz.

De la tierra a la luna, hay un “brinquito” de apenas 300,000 kilómetros; el equivalente de 450 viajes redondos de México a Acapulco.

Para ir apenas a la luna, se han gastado cientos de miles de millones de dólares, y décadas de estudios y más estudios. Hicieron falta las mentes de muchos científicos alemanes, como Von Braun y Einstein; además de Heisenberg, Fermi y un largo etcétera de genios de la física.

Suponiendo que los gringos hayan dado ese “pequeño paso para un hombre, pero tremenda marometa para la humanidad”,  su proeza equivale a que una hormiga se jactara de haber pasado de una gota de agua puerca a la gota de junto; ni siquiera a haber cruzado un charco entero.

Los gringos, que no tienen competidores a la hora de exagerar su autoproclamada importancia, hablan de “la conquista del espacio”, cuando no hemos ido más allá de la luna de plata que adorna la canción de Agustín Lara; aquella a la que le cantaba el jarocho con alma de pirata mientras soñaba con regresar a Veracruz.

A los grandes científicos que son discípulos del “maestro liendes” (1) les ha tomado siglos y más siglos descubrir que la tierra no es plana; aunque TAMPOCO ES REDONDA. (2)

El caso es que, para los famosísimos viajes a la luna se han requerido montones de científicos: cálculos, estudios, experimentos, teorías, ensayos, expediciones y toda clase de especulaciones científicas y hasta filosóficas; y eso que los dichosos viajes, se han realizado a bordo de verdaderas carcachas espaciales, lentas, inseguras y rápidamente obsoletas.

Permítame que pregunte lo siguiente:

¿Qué me dirían si afirmo que existe un vehículo tripulado por humanos, capaz de viajar a través del espacio sin chocar, a una velocidad de 108,000 kilómetros por hora?

Esto equivale a más de 100 veces la velocidad del sonido.

(Ya ni los marcianos cuando llegaron bailando el chachachá).

¿Qué se podría decir si afirmara yo además, que nadie conduce el singular vehículo, sino que se maneja solito, sin la ayuda de ordenadores o computadoras ni pilotos?

¿Y si le agregamos el factor adicional de que el vehículo gira sobre sí mismo a una velocidad de 1,600 kilómetros por hora sin que los tripulantes experimenten ni el más mínimo mareo?

Pero como diría el gaucho: ¡eso no es todo!

¿Qué tal si digo que el vehículo que capitanea la escuadrilla espacial, viaja a su vez a la nada despreciable velocidad de 792,000 kilómetros por hora, sin la intervención de plan de vuelo alguno ni participación de criaturas inteligentes?

Si me atreviera yo a hacer estas afirmaciones desde la tribuna de algún congreso de pavorreales científicos, me lloverían jitomatazos (o peor), y dirían que estoy chiflado; que la máxima velocidad alcanzada por el hombre han sido 3,700 kilómetros por hora, y eso, mediante cálculos exhaustivos y precisos, con un costo de hora/hombre verdaderamente exorbitante.

Una vez que amainara la indignada rechifla científica de los sabios presentes, les diría con toda calma lo siguiente:

Distinguidos sabios y científicos:

¿Cómo pueden poner en duda que existen vehículos tripulados por humanos que surcan el espacio a 790,000 kilómetros por hora y además, sin piloto automático ni mecanismo inteligente alguno?

Si son ustedes mismos los que han calculado las velocidades a las que viajan los vehículos a los que me refiero.

También son muchos de ustedes los que afirman que esos vehículos cruzan el espacio sin que nadie los conduzca; de chiripa, para decirlo en corto.

Ustedes no han hecho más que descubrir y reconocer la existencia de las leyes que rigen la naturaleza.

Ustedes mismos han reconocido que existe un orden matemáticamente perfecto en todo el cosmos.

Siguiendo su “rigor científico” afirman, sin embargo, que ese orden matemáticamente perfecto que rige todo el universo conocido, es fruto del azar, de la chiripa más absoluta; ¡que estamos en presencia de un orden sin ordenador!

Pero, si a ustedes para dar un triste brinco cósmico de aquí a la luna les ha tomado cientos de millones de operaciones matemáticas, ¿cómo pretenden afirmar y que se les crea, que un orden incomparablemente más sofisticado y exquisito, sea resultado de puras casualidades ocurridas sin intervención de inteligencia alguna?

¿Cómo pueden afirmar que no hay ningún vehículo que viaje por el espacio sin conductor o sin programas de computadoras calculados hasta la extrema precisión, cuando al mismo tiempo aseguran que tales vehículos existen?

El vehículo tripulado por humanos al que me refiero, es nuestro querido planeta Tierra; la Tierra que recorre su órbita alrededor del Sol a la friolera de CIENTO OCHO MIL KILÓMETROS POR HORA; la Tierra que a su vez sigue al sol cuya velocidad en torno a la Vía Láctea es de SETECIENTOS NOVENTA Y DOS MIL KILÓMETROS POR HORA.

Pero además de esas vertiginosas velocidades, mantienen planes de vuelo con órbitas constantes y a pesar de circular por un espacio pletórico de otros planetas, estrellas y satélites, no chocan.

A nuestro planeta no se le tira el agua de los mares ni de los ríos hacia el espacio, además de que es autosustentable y nos ha alimentado sin tener que importar comida de otros planetas durante millones de años.

Si los señores sabios y científicos aseguran que es imposible que un vehículo espacial transite por el espacio sin un programa y un programador, sin un piloto y su tripulación, lo único que queda por hacer, es darle gracias a Dios al que, por cierto, nos empeñamos en desconocer y hasta pretendemos sustituir…

…y así nos va.

______________________

  1. Maestro liendes: todo crees que sabes, pero nada entiendes.
  2. La tierra no es plana, PERO tampoco es redonda. Si le quitamos toda el agua de océanos, lagos y ríos, su masa sólida daría el aspecto de una muela voladora y además con caries; algo así como un cacahuate garapiñado.
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Número 22 - Octubre 2018
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