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Patria a la orilla del lago

Viernes, 14 de Septiembre 2018 - 15:00

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Julio Chavezmontes

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¿Qué es México?

¿De dónde a dónde llega?

¿Dónde está?

¿Qué hace el águila posada sobre el nopal en el centro de nuestra bandera?

Hace 208 años que, según nos cuenta la historia, nuestros mayores gritaron en la voz de un cura de pueblo, que querían decidir por ellos mismos; que querían asumir la libertad, con todo lo que ser libre significa, aunque no tuvieran ni la menor idea de en lo que se metían.

Sabían lo que ya no querían; sabían lo que anhelaban; pero no sabían cómo lograrlo, ni lo que les costaría; pero eso no les importó ni los detuvo.

Fue la llegada literal del refrán que dice (con verdad), que el valiente vive, hasta que el cobarde quiere; que a cada capillita le llega su misita.

Fue como la historia que se nos cuenta en las hojas de los machetes oaxaqueños; de cuando quieras quiero; de a ver de qué cuero salen más correas; de mal allá quién dijo miedo, si para morir nací.

La libertad no es una cuestión que pueda definirse con la mente, sino expresarse con el corazón.

Las grandes decisiones; las que conducen a cambios radicales, no son resultado de una minuciosa planeación logística, sino fruto de arrebatos, de arranques, de emociones incontenibles; y de ese modo, aquel cura vehemente y su turbamulta de aventados, decidieron que nuestra Madre de Guadalupe sería nuestra bandera, y se lanzaron como va, (como iban), a conquistar el milagro que soñaban para nosotros.

El Grito de Dolores fue una voz mexicanísima; una expresión de “ahorita es cuando”; de “pa’ luego es tarde”.

¿Qué es México?; México es un espejismo del que vamos en pos, pero que llevamos dentro donde quiera; es el fuego nuevo del cerro de la Estrella en lo alto de Iztapalapa, que crepita en el corazón de cada uno de sus hijos; donde estemos; despiertos recordando, o  acariciando  el sueño de volver.

Es un amor que late y transforma los paisajes que miremos; un amor que convierte  los Alpes en el Popocatépetl, y los campos de Alemania en nuestras milpas.

No se puede cartografiar con límites geográficos, porque México es donde estamos los mexicanos; porque los desafíos no pueden contenerse en latitudes y longitudes; porque las patrias no se reducen a los mapas impuestos; ni el amor  que nos une, puede frenarse ni impedirse con muros o alambradas.

El águila brava de nuestro escudo, es en verdad un códice que,  en la mejor tradición de nuestros ancestros cuenta la historia de aquéllos que nos enseñaron a caminar incansablemente sin saber a dónde íbamos; en pos de una quimera, de una utopía, de un sueño impreciso pero cierto del que nunca se despierta y de una jornada de la que nunca nos cansaremos.

Descifrar ese códice nos permite saber que todo lo que necesitaron nuestros mayores para ponerse en marcha, fue la promesa de llegar a un lago en cuyo centro, nos esperaba el águila, que como nuestra Madre de Guadalupe; Coatl lupetl era y es la vencedora final de la serpiente.

Por eso Hidalgo hizo bien en enarbolar como bandera, la imagen de Nuestra Madre con la que comenzó la patria de sus hijos; de nosotros, a la orilla del lago, junto a las alturas del Tepeyac.

Han pasado infinidad de lunas y mareas.

Los que comenzaron a caminar en pos del sueño que hoy celebramos, terminaron su jornada pero la continúan en nuestros pasos; en ese caminar que yendo hacia el norte, reclama con persistencia lo que es nuestro, y  llega hasta la orilla de otras aguas; mucho más al norte; donde el lago Michigan acaricia las orillas de Chicago, donde México palpita incontenible en el eco del mismo grito de libertad de hace más de dos siglos.

El río que vanamente se ha pretendido convertir en barrera, es agua entre dos aguas; torrente entre dos lagos que se hermanan nutridos por las nubes que viajan y al llorar sobre sus cuencas, nos unen y nos arraigan.

La noche de este 15 de septiembre, en Chicago junto al lago Michigan; lo mismo que a orillas del río Hudson, y en las riberas del lago Minetonka; volará soberana Cuauhcetcui, el águila que vuelve, coronada por el eco atronador de libertad que surge del corazón de Tenochtitlán, resonando al unísono en Chinameca y en Parral, y hasta en el más recóndito poblado de nuestra patria.

Cuauhcetcui nos espera y nos guía, desde que salimos de Aztlan, y emprendimos una jornada imparable. Somos patria a la orilla de dos lagos, unida por el río de los regresos.

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Stahringen am Bodensee

Baden Wurttemberg,México

13 de septiembre, 2018

Dedicado a Nellie Cotton y Juan Soliz, y a su obra en “México defiende lo tuyo”

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Número 21 - septiembre 2018
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