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México siempre fiel

Viernes, 14 de Abril 2017 - 15:00

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Julio Chavezmontes

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Hace 90 años; precisamente en 1927, cuando México se encontraba en plena Guerra Cristera, tuvo lugar un episodio que me hace evocar la pasión de Jesucristo Nuestro Señor, que fue juzgado y condenado a muerte por haber cometido el crimen de amarnos a todos y cada uno de nosotros.

Un abogado mexicano de nombre Luis E. Mac’Gregor, habiéndose enterado de que cuatro personas (cuyos nombres ni siquiera conocía), iban a ser asesinadas por orden de Plutarco Elías Calles y de Álvaro Obregón, se presentó al Juzgado Primero de Distrito del Distrito Federal, a promover una demanda de Amparo para salvarles la vida.

El juez se llamaba Julio López Masse; y el oficial secretario encargado de mecanografiar la orden de suspender de inmediato la “ejecución” ilegal de aquellos cuatro mexicanos, era Mariano Azuela Rivera; padre del que muchos años después, fue Ministro y presidente de la Suprema Corte.

Aquellos tres abogados; el juez, el defensor espontaneo y el joven oficial secretario, enfrentaron con la fuerza del derecho a los dos criminales sonorenses que habían desatado la persecución religiosa contra la fe y los derechos fundamentales del pueblo mexicano.

Obregón además había violado la constitución y traicionado los principios básicos de la revolución mexicana, al reelegirse para seguir encaramado en el poder; y Calles hizo lo mismo al negarle un juicio justo y la oportunidad de defenderse a aquellos cuatro mexicanos acusados de atentar contra la vida del caudillo  sonorense.

El episodio de la muerte del padre Pro y sus coacusados, me hace evocar la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, acusado del crimen de amarnos infinitamente, y condenado a muerte sin tener a su lado a un defensor dispuesto a arriesgar la vida por hacer valer su derecho.

La gesta heroica protagonizada por el juez López Masse, el abogado Mac’Gregor y el joven Mariano Azuela Rivera, me hace sentir orgulloso y alienta mi certeza de que México tiene esperanza; esperanza de despertar y salir delante de nuevo.

Yo fui bendecido al nacer de padres al centro de cuyo amor, siempre estuvo Dios en sus palabras y en su ejemplo diario.

Nuestro hogar, justo a un lado de la iglesia de la Sagrada Familia en la colonia Roma, fue la sede de las primeras reuniones de las que surgió la Guerra Cristera.

En esa casa, el maestro Manuel Herrera y Lasso escribió un artículo desafiando al asesino Plutarco Elías Calles, y a Álvaro Obregón del que me permito transcribir las siguientes líneas:

“…hoy ha sido cerrado el templo de la Sagrada Familia en la colonia Roma, a cuya sombra vivimos mi familia y yo…”

“…el hombre que sabe estar de rodillas ante Dios, debe saber estar de pie frente a los hombres, aunque estos tengan tras de sí, la fuerza de un ejército invencible…”

El México de aquellos hombres y mujeres extraordinarios, vive en quienes los recordamos; vive en la letra de nuestro Himno Nacional que reconoce a Dios cuyo dedo ha escrito nuestro mejor destino.

El asesinato cobarde del pare Miguel Agustín Pro, Luis Segura Vilchis, Humberto Pro y el joven Antonio Tirado Arias, fue un crimen cometido violando la suspensión de oficio dictada por Julio López Masse Juez de Distrito que admitió la demanda de Amparo promovida por Luis E. Mac’Gregor.

La actuación del Juez Federal López Masse, honra al Poder Judicial Federal de México, porque no tuvo miedo de enfrentar abiertamente la arbitrariedad de los muy poderosos asesinos que además, habían modificado la Constitución para reelegirse uno después del otro, condenando a México a sufrir su dictadura mal disfrazada y su persecución de la religión y de nuestros derechos supremos.

La generosa valentía del abogado Luis E. Mac’Gregor nos pone la muestra de lo que los mexicanos podemos hacer cuando vencemos la indiferencia y el desencanto.

No me cabe duda que de haber vivido en la época de Cristo, un abogado como aquellos tres que trataron de impedir el asesinato del padre Pro y sus coacusados, habrían acudido a defender a aquel joven nazareno cuyo único crimen fue amarnos infinitamente.

Los ejemplos de López Masse, Azuela Rivera y Mac’Gregor, son evidencia de la llama que arde en el alma de nuestro México siempre fiel. Basta que la recordemos y la hagamos crepitar con la entrega honesta de nuestros esfuerzos diarios, seamos quienes seamos; especialmente si nadie o muy pocos lo toman en cuenta.

México vive hoy sumido en un desastre que parece no tener remedio ni esperanza; pero no es así.

Nuestras circunstancias son inmejorables para aplicar aquel principio de “a Dios rogando, y con el mazo dando”.

Escribo estas líneas cuando es Viernes de Dolores, a una semana del Viernes Santo, en que los católicos recordamos y agradecemos el sacrificio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Escribo estas líneas hoy que es Viernes de Dolores, en que los católicos recordamos y agradecemos el amor de la Virgen María, Madre y corredentora nuestra.

Hoy conmemoramos tambien a San Juan Bautista de Lasalle que, para quienes nos formamos en las escuelas cuya semilla fue plantada por él, es doble motivo de celebración.

Mi mensaje personal, que comparto con todo respeto por quienes me hacen el honor de leer mis líneas, es que pidamos a Dios por la regeneración de nuestra patria; que estemos dispuestos a comenzar ese proceso a partir de nuestra propia vida personal; en conciencia y en consciencia.

El ejemplo dejado por Julio López Masse, Luis Mac’Gregor y Mariano Azuela Rivera que arriesgaron su vida para salvar a cuatro jóvenes atropellados por la mancuerna sonorense de Calles y Obregón, nos demuestra que lo único que tenemos que hacer los mexicanos, es recordar de dónde venimos, y que seguimos siendo capaces de emular ejemplos así.

En México, que es el centro de nuestro universo diario, todos podemos echarle agua a los frijoles y aligerar la carga de otro u otros; todos podemos sacudirnos la indiferencia, porque además, los sufrimientos y las pruebas que hoy parecen sernos ajenos, mañana pueden tocarnos a nosotros, y bien querríamos encontrar una mano generosa que nos brinde consuelo y ayuda.

Con estas palabras que comparto con el más absoluto respeto, intento como católico seglar y como mexicano, invitar a que pidamos a Dios por México; y para que cada uno, hagamos en nuestra vida diaria, todo lo posible porque seamos una patria digna, dueña de su destino y llena de esperanza.

Se lo debemos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva México!


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Número 23 - Noviembre 2018
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