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Hitler absuelto por la ideologia de género.

Miércoles, 14 de Noviembre 2018 - 16:20

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Julio Chavezmontes

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No cabe duda que nadie sabe para quién trabaja.

Si en los juicios  de Núremberg,  los acusados de crímenes contra la humanidad hubieran contratado como defensor al abogado judío austriaco Hans Kelsen y hubieran designado perito de la defensa a la existencialista  Simone de Beauvoir se habrían salvado de la horca y en un descuido, hasta le habrían podido ganar las elecciones a Konrad Adenauer en las elecciones de 1949.

El señor Kelsen era un abogado muy singular, porque afirmaba abiertamente que la justicia no existe; que la tal justicia es una invención que  nada tiene que ver con el derecho ni con la aplicación de la ley.

Kelsen decía que NO existe ninguna ley divina o  superior en función de la cual, las leyes humanas deban dictarse.

Que las leyes humanas tienen que ser obedecidas incondicionalmente siempre y cuando hayan sido emitidas por los órganos competentes del Estado.

Si hemos de seguir las creencias de Hans Kelsen, Hitler y sus nazis solamente aplicaron las leyes alemanas dictadas por el congreso alemán, y promulgadas por su jefe de estado.

De hecho, las leyes de Núremberg son la réplica calcada de las leyes racistas gringas conocidas como Jim Crow que seguían vigentes cuando Martin Luther King fue asesinado en 1968.

Si Hitler hubiera contado son la asesoría oportuna de Kelsen, habría podido curarse en salud cuando los nazis emitieron las leyes de Núremberg, que Kelsen en persona habría redactado gustosamente, porque además, era su paisano austriaco.

Por su parte Simone de Beauvoir, era una filósofa (más rara que un perro verde, como dicen en España)  que no creía en las causas últimas, y entre sus valiosísimas aportaciones a la humanidad, nos legó su ateísmo y un feminismo insostenible, puesto que en su libro “El segundo sexo”, ¡afirmaba que las mujeres no existen, porque nadie nace mujer, sino que la sociedad les impone ese rol!!!

Si hemos de reconocer que la lógica sí  existe, la proclamación de Simone de Beauvoir como “feminista” es una ofensa a su doctrina y su legado por ser  una insostenible contradicción.

Según este peculiar ente, los seres humanos no estamos regidos por ley alguna.

Nada ni nadie puede imponernos normas morales, jurídicas, Y SOBRE TODO, BIOLÓGICAS.

(Habría que ver cómo le habría ido a Beauvoir si hubiera renegado de las leyes de la gravedad y para demostrar su congruencia las hubiera desafiado lanzándose desde la punta de la Torre Eiffel…).

La masculinidad o la femineidad, son invenciones meramente culturales según esta señora que fue la novia de Jean Paul Sartre.

Con semejante ideología de género, las lesbianas y los homosexuales desaparecen por motivos semánticos y filosóficos.

Un ser con pene no tiene que ser hombre, tanto como un ser con vagina no tiene que ser mujer.

“La femineidad y la masculinidad son imposiciones  imaginarias de la cultura burguesa.”

Siguiendo la lógica de Simone de Beauvoir, es inexplicable que la eyaculación de un pene al interior de una vagina, pueda generar y genere  un ente “asexuado” que sin embargo, llegado el momento,  puede a su vez,  embarazar o salir embarazado, dependiendo del extremo en que se encuentre dentro de la ecuación burguesa que insiste en imponer la existencia de hombres y mujeres.

Ante tan avasalladores descubrimientos filosóficos, no es de sorprender que Vladimir Putin le haya dicho a la periodista estadounidense  Megyn Kelly que él es en realidad una ballena azul, y así quiere ser tratado.

La ideología de género de la que Simone de Beauvoir es pioner (o) (a), “libera” a la humanidad y todos sus géneros, del peso de cualquier ley impuesta.

Cada quien puede ser lo que le pegue la gana.

Habría que ver si alguien que decidiera considerarse y ser considerad o, a, etc. como pájaro, podría ahorrarse los altos costos de viajar en avión.

La ideología de género iniciada por Simone de Beauvoir, se rige ante todo por la Ley Campoamor que a la letra dice:

“Como al revés contemplamos

Yo y él las obras de Dios,

Diógenes o yo engañamos.

¿Cuál mentirá de los dos?

¿Quién es en pintar más fiel

Las obras que Dios creó?

El cinismo dirá que él;

La virtud dirá que yo.

Y es que en el mundo traidor

Nada hay verdad ni mentira:

Todo es según el color

Del cristal con que se mira.”

Simone de Beauvoir viene siendo la, el, lo, precursor a, o, (etc.) de ese laberinto genético montado por los nazis y los soviéticos, gracias a lo cual, Stalin se conducía como un osa siberiana y Hitler como un loba de la Selva Negra.

No hay duda de que, teniendo a Kelsen como defensor y a de Beauvoir como perito en materia de ideología de género, habrían hecho que Stalin en persona declarara como testigo.

Sin dificultad habrían logrado que Stalin declarara que Dios no existe, y que en consecuencia, los entes dotados con sexualidad de opción múltiple (a, b, c, etc.) son soberanos y libérrimos para hacer lo que les pegue la gana.

Stalin al rendir su testimonio habría dicho que él, y solo él, en su calidad de osa siberiana,  ante nadie tenía que rendir cuentas.

Ante semejante declaración, Kelsen habría argumentado que Hitler, siendo colega de Stalin tenía pleno derecho a conducirse como loba de la Selva Negra, y que todos los lobos grises de su manada nazi, estaban a salvo de cualquier norma que pretendiera violar su ideología de género.

De acuerdo con ese  dictamen pericial, las osas siberianas pueden depredar sin tapujos a quien se les ponga enfrente, al igual que las lobas de Baden Wurttemberg pueden desayunar judíos, gitanos, discapacitados o cualquier otra especie.

Ante  semejante  exposición inobjetable de la ideología de género, todos los acusados habrían sido absueltos, y Hitler habría sido consagrado como un fiel seguidor de Darwin, abnegadamente dedicado a imponerse como hembra alfa a la cabeza de  la especie más fuerte.

Porque hay que dejar claramente establecido que, para la ideología de género, ni el bigotito de Hitler ni el bigotote de Stalin podrían ser excusa para privarlos de su derecho de ser  descritos en la historia, como hembras alfa.

¡Faltaba más!


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Número 23 - Noviembre 2018
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