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Fuerza laboral

Martes, 16 de Octubre 2018 - 09:50

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Algo extraño sucede entre las nuevas generaciones que el trabajo ya no es la fuerza productiva más importante en la economía de un país, mucho menos el “único capital no sujeto a quiebras” como declaró en su momento Jean de la Fontaine porque la ley del mínimo esfuerzo rige en gran parte de las personas que desean trabajar poco, ganar mucho y sin esfuerzo alguno para ellos. Me sorprende gratamente encontrar personas mayores comprometidas con su empleo, ser puntuales, cumplidas, enfocadas, leales a la empresa o el patrón para el que trabajan, desempeñar sus funciones con entusiasmo; cualidades que no se encuentran tan fácilmente en un cierto porcentaje de la población de edades más jóvenes.

Lo anterior tiene sentido si comparamos el desarrollo que tuvieron nuestros padres, en relación a la forma en que criamos ahora a los niños. Mis padres tuvieron tareas a cargo desde muy pequeños: acarreaban agua, barrían el patio, regaban las plantas, ayudaban a amasar la masa para las tortillas, recogían la basura de los vecinos y la llevaban al camión, barnizaban los muebles de madera, lavaban y pulían el piso de duela donde habitaban, etc. Esto no lo hacían todo el día ni todos los días, pero eran tareas que los abuelos se encargaban de encomendarles de vez en cuando para crearles hábitos de responsabilidad, higiene y colaboración en la familia. Cuando adolescentes, unos se hacían cargo de las compras para la comida, otros la preparaban, los mayores cuidaban de los menores y a su vez, buscaban empleo como ayudantes de sastres, tintoreros, tenderos, plomeros, etc.; es decir, los oficios formaban una fuerza de trabajo que hoy ni en sueños existe, la idea de estudiar una licenciatura se ha vendido (textual) como la gran oportunidad de la vida para prosperar y ser “alguien con título” aunque terminen conduciendo un taxi o vendiendo seguros de vida. Se forman generaciones enteras con título que no saben ni siquiera escribir o redactar un documento, en los medios de comunicación es cada vez más frecuente encontrar errores de redacción o de encabezados en las notas y es por falta de corrección de estilo porque todo lo dejan a las máquinas y porque los periodistas ya no se hacen en el campo, persiguiendo la nota. Con conocimiento de causa, puedo afirmar que mi generación de licenciatura no se desarrolló en los medios de comunicación ni en agencias de publicidad, un gran porcentaje provenían de una clase media-baja con aires de burgueses que se dedicaban a desfilar por la cafetería de la universidad y visitar los lugares del momento, aunque fueron los primeros en participar en el intercambio estudiantil a Europa; sin embargo, un mínimo porcentaje vive de y en los medios de comunicación sino es que sólo cinco de un grupo de al menos 100 egresados. A lo que voy es a que los profesionistas ya no se forman en la praxis y quienes no ostentan un título universitario encuentran en la informalidad una fuente de ingreso mucho más segura y estable que en un empleo formal en el que ya no existen contratos definitivos y mucho menos, estabilidad u oportunidades reales de crecimiento.

En concreto, ofrezca usted una oportunidad de empleo a alguien y primero escuchará todas las razones para rechazar la oferta: distancia, sueldo, prestaciones, horarios, funciones, alimentos, etc., pues abundan desempleados con título cuyo estatus les impide aceptar “cualquier empleo” por digno u  honrado que sea porque para “eso estudiaron” para ser jefes, dar órdenes y subir los pies al escritorio mientras los peones hacen la chamba, ¡craso error!

Al parecer, entre las muchas cosas que se han quedado de lado a la hora de educar en valores a las nuevas generaciones, se encuentra justamente el reconocimiento al trabajo honrado aunque sea de limpiavidrios (y mire que los que limpian subidos en un andamio no se quejan del sueldo aunque el riesgo sea altísimo para ellos). El trabajo, como la ocupación retribuida o el resultado de la actividad humana, carece de sentido para quien piensa que todo en la vida es gratis y fácil y quizá lo sea cuando se eligen vías menos decorosas. No se trata de que todos terminemos barriendo calles o lavando trastes en un restaurante, pero hoy más que nunca le encuentro sentido a las palabras de mi sabio padre cuando de niña me decía: todo lo que hagas, hazlo con amor y entusiasmo para que seas la mejor en lo que hagas y como ejemplo, la esfera política que antepone sus intereses al bienestar ciudadano y eso que su trabajo tiene como principal objetivo trabajar por y para los ciudadanos.

¡Se los dejo de tarea!

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Número 22 - Octubre 2018
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