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Estados Unidos enfrenta dos clases de terrorismo

Martes, 07 de Noviembre 2017 - 17:00

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Guillermo Vázquez Handall

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Los tres mas recientes actos terroristas perpetrados en contra de civiles en los Estados Unidos, específicamente en Las Vegas, Nueva York y Texas, independientemente de la terrible tragedia que significan, tendrían que obligar a las autoridades de ese país a aprender a diferenciar las dos clases de terrorismo que enfrentan, porque los móviles no necesariamente se suscitan en las mismas causas y eso supone que las intenciones también tienen diferentes objetivos.

Porque si bien es cierto que para el actual gobierno norteamericano resulta muy cómodo culpar al estado islámico de todas las amenazas en contra de su sociedad, está claro que no todas obedecen al mismo origen.

El pretexto enmarcado en un llamado a la guerra para endurecer sus políticas migratorias, no previene y mucho menos resuelve una tendencia terrorista que se incuba entre sus propios miembros.

De nada sirve negar el acceso al país o pretender establecer muros físicos, cuando el enemigo esta dentro del mismo territorio, comparte la nacionalidad, camina en las mismas calles y es vecino de las víctimas.

Estamos hablando de un terrorismo local, resultado precisamente del encono promovido por el presidente Trump, quien en todo caso debería reconocer que quien engendra odio lo recibe de vuelta.

Es innegable que la descomposición de la convivencia de la sociedad norteamericana se aceleró con el ascenso de Donald Trump al poder.

Que han sido sus posturas radicales las que favorecen un clima de resentimiento y racismo tanto o más graves y peligrosas como las que sostienen mediante el conflicto con el islam.

Circunstancia que puede terminar por volverse peor, si su sociedad se sigue dividiendo, si son ellos mismos quienes se hacen daño, así cualquier batalla esta perdida de antemano.

La premisa fundamental de la nacionalidad se vincula a la unidad, no solo por un efecto patriótico sentimental, sino como en este caso, de seguridad interior. Si ésta no se honra a cabalidad, la otra no puede existir, lo que da paso a una sensación de indefensión que es la victoria de quien lo que busca es precisamente atemorizar.

El cisma de la sociedad estadounidense no se relaciona con sus intereses internacionales, no estamos ante una coyuntura que se remita a su preponderancia mundial o sus capacidades económicas, tecnológicas y militares.

Esta enfermedad se creó y se desarrolló al interior de sus fronteras, entre sus mismos habitantes, mas allá de su origen étnico y se está propagando con tal velocidad, que de continuar esta tendencia su menor problema serán sus diferencias con los países islámicos o Corea.

Lo que se observa es un debilitamiento del respeto a los valores esenciales del nacionalismo, virtud que los estadounidenses habían llevado a su grado más alto y que ahora se resquebraja aceleradamente.

Aunque resulte exagerado culpar de todo ello a Donald Trump, porque una dinámica como esta no puede desarrollarse en tan corto tiempo, tampoco se puede negar que sus posturas desde la campaña presidencial, fueron un detonador de ese virus.

Trump utilizó las herramientas mercadológicas con mucho éxito, hay que decirlo, para reavivar un sentimiento más que patriótico sectario, que está terminando por segmentar a los grupos sociales.

Pero con ello se esta crispando su convivencia, para pasar de un escenario cosmopolita, orgulloso de la defensa de sus libertades y los derechos civiles, a otro donde lo que se dirime es la supremacía étnica.

Pero lo más peligroso es que esa discusión dejó de ser ideológica, a pesar de sus tintes dogmáticos, para resolverse mediante el uso de las armas, de una violencia que remite a la parte más salvaje del comportamiento humano.

Sin embargo, lo que ya pasó de ser una amenaza, parece que todavía no ha sacudido lo suficiente a una administración más ocupada en sus litigios, que en la comprensión de su responsabilidad histórica y de lo que esta coyuntura significa mas allá de una eventual reelección.

La historia nos ha demostrado que la causa común de la caída de los grandes imperios tiene un mismo origen, en la gran mayoría de los casos, la referencia se vincula a la arrogancia, el exceso, la descomposición de una comunidad que deja de respetar los valores que la erigieron.

Hoy los peores enemigos de los estadounidenses son ellos mismos, se debaten en una lucha cruenta e intestina derivada de sus ambiciones, sus traumas y peores defectos.

Carecen de liderazgos capaces de afrontar su propia destrucción, los que hoy tienen y administran el poder no tienen la capacidad de unir, por el contrario son la causa de esa división, sin la capacidad de advertir que con ello facilitan la labor de sus rivales.

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Número 13 - diciembre 2017
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