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El legado trágico de Enrique Peña

Martes, 27 de Noviembre 2018 - 14:50

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Israel Aparicio

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En el año 2015 el entonces candidato a gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, aceptaba de forma apresurada una entrevista durante su visita al Mausoleo del expresidente Adolfo López Mateos, en el 95 aniversario de su natalicio. Luego de colocar una ofrenda floral, negaba como de costumbre el haber rebasado los topes de campaña, luego habló sobre la figura del destacado atizapensé al que el priísmo mexiquense idolatraba. El que sería ganador del proceso a gobernador le brillaron los ojos cuando respondió sobre la admiración que le producía la figura del expresidente viajero: “es el primer presidente mexiquense de la historia”.

Aún antes de ser gobernador los sueños de grandeza de Peña Nieto se mostraban en sus actos públicos, como se sabría después debido a su entrenamiento histriónico para provocar reacciones en el electorado, como si fuera público asistente al teatro, cada acción estaba encaminada a modelar su figura política en forma mediática. El producto mercadológico fue suficiente para ganar la elección presidencial en el 2012, ante el hartazgo del sexenio de Felipe Calderón y sus cifras estratosféricas de muertos.

Nativo de Atlacomulco, la tierra exclusiva del linaje que ha gobernado por décadas al territorio mexiquense, Peña Nieto buscó cumplir la profecía de una vidente, que varias décadas atrás predijo la dinastía de gobernadores nacidos en el municipio, coronado el proceso mítico con la llegada de un presidente de la república. Formado en los ritos y costumbres del más rancio priísmo, Enrique Pena supo vender la imagen del nuevo político joven, educado, con impecables formas políticas y con soluciones neoliberales a los problemas eternos de la pobreza, desigualdad e inseguridad que azotan desde siempre al país.

A pesar de una campaña que se pudo cerrar si duraba un mes más, logró imponerse con siete puntos de ventaja sobre Andrés Manuel López Obrador, que parecía sentenciado al olvido luego del primer tercio del mandato del presidente Peña, cuando se lograron consolidar las reformas estructurales que fueron vendidas como la panacea a los grandes males nacionales. La misma decepción ocurrió con esa runfla de bandoleros que fue “la nueva generación de políticos” los cuales enfrentan procesos penales o están prófugos de la justicia.

La dosis de pifias y ridículos que don Vicente Fox había inaugurado en su sexenio, se exponenciaron durante el mandato de Peña Nieto: confusión de entidades federativas, nombres de instituciones, desconciertos en operaciones aritméticas y un sinfín de memes destrozaron su imagen presidencial, haciéndolo ver eternamente como un ignorante. Lento de reacciones ante las crisis, totalmente dubitativo en decisiones trascendentales, le provocaron una imparable caída libre, con un punto culminante como lo fue la tragedia de los estudiantes de Ayotzinapa. Hecho que el mismo presidente reconocería como un punto de inflexión, en los spots de su último informe de gobierno.

La inocultable corrupción de su sexenio, los desfalcos multimillonarios de los gobernadores cercanos al presidente, la insufrible impunidad y las cifras imparables de asesinatos y desaparecidos dieron al traste con la imagen del político reformador y lo desnudaron frente a los ciudadanos como un político inepto, corrupto y cómplice de todos los males. La difusión de la compra de la casa Blanca, sus vínculos con contratistas internacionales desde sus tiempos como gobernador, el sobreprecio de las obras y la pésima calidad de las mismas, como el caso del socavón del paso exprés en Morelos, dejarán marcado para siempre su sexenio como el peor de la era moderna del país.

Ni siquiera la macroeconomía se salvó del desastre, la deuda interna se incrementó al doble, el dólar rebasó los 20 pesos, las gasolinas después de la cancelación de los subsidios duplicaron su precio durante el sexenio priista. Los estados esquilmados por la “generación de la vergüenza”, quedaron en banca rota y sobreviven de la caridad del gobierno federal. Además que la canasta básica también se elevó en detrimento de las familias mexicanas, que sobreviven con salarios de hambre que por décadas se han pagado en el país.

La política exterior se contagió de los errores, siendo el más grande la irresponsable visita organizada por Luis Videgaray, de Donald Trump que una vez siendo presidente de EUA, provocó que el país coqueteara con el abismo económico ante lo que podía ser una catástrofe total ante la posible cancelación del Tratado de Libre Comercio (TLC), el proteccionismo de la administración estadounidense y el racismo del partido republicano que dominó la política norteamericana en los primeros dos años del mandato del xenófobo y mitómano presidente de EUA.

Todos estos ingredientes del desastre político, económico y social lo pagaron los partidos políticos del extinto pacto por México, que sucumbieron ante el tsunami morenista que dejó heridos de muerte a los institutos políticos tradicionales. La llegada de un gobierno antisistema o populista, irónicamente dio fuerza al gobierno saliente para renegociar con mayor legitimidad el TLC 2.0. Sin olvidar el apoyo indirecto de Canadá al enmendar la plana en muchas concesiones que realizó México en su afán por cerrar negociaciones con el gigante norteamericano.

La parte final del fallido sexenio del presidente Peña ocurrió con la claudicación anticipada de su mandato ante la figura agigantada de AMLO. Además de la destrucción de todas las reformas del sexenio priísta, destacando la cancelación del nuevo aeropuerto, la futura derogación de la reforma educativa, así como la posible anulación de la reforma petrolera. El legado del presidente nativo de Atlacomulco quedará como un castillo de naipes que no soportó los mínimos vientos de cambio, incluso su sexenio no libra las acusaciones en el juicio contra el Chapo Guzmán. Como sus antecesores priístas y panistas, Peña Nieto terminó en la ignominia y el descredito total.



Número 23 - Noviembre 2018
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