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El flagelo del temblor

Viernes, 22 de Septiembre 2017 - 17:00

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Luisa Ruiz

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“Qué frío eres, Eduardo” le dijeron ayer a Eduardo Ruiz-Healy en su programa cuando hablaba de los acontecimientos en torno al temblor.

Es bueno ser frío, muchos somos así, solo que el libreto social obliga a ser en extremo sensibles y a dolerse en exceso, la sociedad juzga muy fácil cuando alguien no se duele con todo y gesto delante de los demás. Son posturas del comportamiento que se exigen de acuerdo a cada situación; así, quien quiere, aprende y se acostumbra a usar los gestos y las palabras “correctas”

Delante de la tragedia, es más sano ser frío porque las cosas se ven con mayor objetividad, se razona mejor y se actúa con mayor rapidez en caso de ser necesario. Delante de las alegrías, es más sano ser frío porque es más fácil absorber todo lo que significa esa alegría. Delante de los enamoramientos, es mejor ser frío, de otra forma, no se piensa con sensatez y se comenten cualquier clase de barbaridades. Delante de los momentos más felices, es mejor ser frío porque es cuando más cosas se prometen, mismas que no se cumplirán cuando ese momento pase. Delante de los enojos es necesario ser frío, con ello se evitan las palabras que después se tendrán que tragar. Delante de las enfermedades, ser frío es la mejor medicina para salir de ellas o padecerlas sin volverse un mártir.

Ser frío equivale, la mayoría de las veces, a un “te vale (….) todo”. Y sí, lo que no está en las propias manos resolver, debe valernos por completo. Lo que es responsabilidad personal, se arregla precisamente siendo frío.

En el caso del fantasma Frida Sofía, siendo fría e insensible, se me llenó la cabeza de razón, lógica y obviedad. Escribí, la noche del 20 de septiembre en mi red social, un recuento con un montón de preguntas que por supuesto, no tenían respuesta. Entre otras cosas, que una batería de teléfono celular no podía tener la capacidad de aguantar 30 horas estando en comunicación constante. Escribí, con muchas palabras que esa niña simplemente no podía existir como la dibujaron los medios; y como mi opinión no hacía juego con los sentimientos solidarios de los demás, me dijeron que el mío era “el comentario aberrante de una escritora alucinada”.

Después, comenté en un grupo de café, que con seguridad un grupo de personas sin quehacer y aprovechando el asueto, se pusieron a armar un juego maléfico en torno a los desaparecidos de la escuela. Inventaron una niña que mandaba mensajes desde su celular, después apareció un “rescatista” acabado de salir de los escombros, (extraño porque más bien parecía que acababa de llegar de su casa, con ropas, cabellos y lentes limpios) para dar la noticia de que la niña había sido rescatada y hasta el apellido proporcionó.

Quienes quiera que hayan inventado el cuento de la niña invisible, no son fríos, son seres miserables. No me causó impacto y tengo que decir que no me conmovió la historieta desde el principio y de haber sido cierta, mi compasión no ayudaba a su rescate. Eran manos las que se necesitaban para sacarla a ella y a sus imaginarios amigos, no era mi presencia frente a la pantalla lo que los salvaría.

Si los expertos, los socorristas y todos los voluntarios que están haciendo las labores de rescate se pusieran en el papel socialmente obligatorio, estarían sentados llorando la tragedia. Tienen que ser fríos para estar alertas, para pensar con cuidado y actuar con certeza. A veces las emociones desbordadas no sirven en los momentos más delicados de la vida de las personas.

Siempre existe el tiempo para llorar con serenidad, para dejar de pensar, para descansar y dolerse. Siempre hay un tiempo, después de la tempestad para abrazar la calma y dejar que las sensaciones nos posean. Hay tiempo para todo y en medio de la tragedia, los lamentos no sirven. Siempre hay tiempo para ser sensibles.

Si hubo quien donó en especie o en efectivo y está muy lejos de los sucesos, no tiene necesidad de seguir flagelándose por lo que ocurre. Su aportación está hecha, su intención está enviada y llegará a donde corresponde, lo demás son solo ganas de agobiarse. La vida no puede detenerse por algo que no podemos solucionar.

Ser sensible no significa que ande uno por la vida llorando a lagrima suelta. Sentir, no significa que se deban publicar mensajes y frases obsoletas y reenviar sin contemplaciones información falsa. Ser sensible, en casos como el que se vive, significa investigar, verificar y asegurarse que lo que se envía y se comparte es real y puede ayudar, de otra forma no sirve de nada y no los convierte en solidarios.

El temblor fue el martes 19 de septiembre, sin embargo, sigue temblando en las redes sociales, el derrumbe de verdades y la montaña de mentiras sigue enterrando la verdadera historia del tiempo que vivimos. Las redes sociales son un caos y ahí no hay rescatistas suficientes para desenterrar a tanto atrapado en los escombros de la tecnología y todo porque dicen, son muy sensibles.

Mientras más frío el pensamiento, más lógica y precisión hay en las acciones. Mientras más fría sea la recepción de la información, menos posibilidades habrá de caer en otro cuento de terror. Ser solidario no es repetir y llorar hasta el cansancio, la solidaridad del pueblo mexicano es una fuerza y es importante que la unión prevalezca y siendo fríos, lo entenderemos mejor. Ya habrá otro tiempo para llorar.

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Número 12 - noviembre 2017
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