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El eslabón perdido

Martes, 26 de Septiembre 2017 - 15:00

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Algo entre broma del destino y macabro tiene la coincidencia entre el sismo del 19 de septiembre en el año 1985 y el reciente, en 2017. Ya he confesado mi temor a los temblores y la vida me ha puesto a prueba al tener que contener el pánico con mi hijo en brazos hasta que todo pasara porque ya no pudimos salir del edificio y afortunadamente, podemos contarlo, a pesar del susto, del miedo y la psicosis que generó el sismo del sábado 23 de septiembre, pues muchos despertamos con el sonido de la alerta sísmica y nada nos detuvo para abandonar nuestros domicilios pero además, el trabajo de rescatistas se vio interrumpido y la angustia se apoderó de los rostros de todos los que ya habíamos padecido los terremotos del martes y del 7 de septiembre.

Un evento como el que hemos vivido tiene muchas aristas, los que aquí colaboramos y principalmente, el editor en jefe de este espacio, señor Eduardo Ruiz-Healy han escrito desde diferentes perspectivas al respecto y es que las comparaciones entre la magnitud 8.1 del 85 y la 7.1 del 17 no se pueden evitar aunque hay quien dice que las comparaciones siempre son malas.

En 1985 las comunicaciones colapsaron y fue Jacobo Zabludovsky quien en su recorrido fue narrando todo a su paso por medio de un teléfono habilitado con una unidad transmisora móvil, incluida en su coche; 32 años después Eduardo Ruiz-Healy escribió (además de decirlo al aire en cuanto pudo comunicarse a Grupo Fórmula): “Los gobiernos federal y estatales deben tener una estación de radio que en emergencias difunda información oportuna y pertinente y oriente al público sobre lo que debe hacer en estas situaciones. Urge.” Y es que los medios de comunicación no tenían forma de transmitir información al momento porque las redes de telefonía móvil colapsaron y fue a través de redes sociales que los usuarios empezaron a reportar lo que estaba sucediendo y la forma en que se había sentido el evento telúrico en los lugares en que se encontraban y que contaban con red (Internet). Esto significa que nos encontramos ante servicios de telefonía ineficientes incluyendo la señal de Internet, misma que se generalizó a todos los usuarios después de la presión mediática que diversos actores sociales ejercieron sobre las empresas de telecomunicaciones porque a sus brillantes dirigentes no se les ocurrió hacerlo como “protocolo emergente”. Es decir, que en el tema de telecomunicaciones aún queda mucho por hacer.

Después vino la saturación de información y todo se volvió un caos porque los usuarios de redes publicaban unas cosas y los medios comunicaban otras, de pronto se concentraron en un solo punto crítico olvidando los demás como Xochimilco, Iztapalapa, Puebla, Morelos, Oaxaca y Chiapas, entre otros y nuevamente, los usuarios se fueron organizando hasta lograr que los pedidos de auxilio llegaran a donde debían y la atención se extendió. Fue hasta el jueves que se les ocurrió poner fecha y hora a las solicitudes para evitar confusiones o difundir información obsoleta, y para el viernes surgió el hashtag #Verificado19S que reúne a un grupo de brigadistas que confirman y actualizan información para evitar falsedades y difundir algo inútil.

En ese mismo sentido, nos dimos cuenta de que los apoyos básicos (considero yo) de rescate y que entiendo debería proporcionar el gobierno y/o tener toda institución, inmueble, empresa, restaurante, etc. no existen y hubo que conseguirlos por todas partes y a través de todos los medios no sólo para las labores de rescate en la Ciudad de México sino en los estados afectados. En los tres lugares donde mi historia laboral se escribió, existen brigadas de Protección Civil, cuentan con el equipo y el material necesario y en todo caso, aunque no sea mucho en cantidad, están provistas para donar en caso emergente si es que no lo utilizaron pero y en todos los demás lugares ¿Existe? Me parece que no y 32 años después nos dimos cuenta de eso.

Siguiendo con el tema de la información, los mensajes de ira en contra del Estado y las empresas transnacionales tampoco se hicieron esperar. ¿Ayudaban, proponían algo en específico, aliviaban el dolor, menguaban el daño? Claro que no, sólo alimentan el resentimiento y el pensamiento conformista de que siempre debe ser el otro (un tercero) el que ayude, resuelva, aporte. Entiendo que este suceso rebasó al Gobierno en muchos sentidos, que el hartazgo por la impunidad y la crisis económica es gigantesco pero en tiempos de desastre las prioridades son otras como las que hemos visto en quienes se han sumado para rescatar, donar, albergar, ayudar. Hemos vuelto la atención a reconocer en el otro (vecino, amigo, conductor de a lado, pasajero, etc.) a un ser humano, hemos vuelto a valorar la vida (esa que a diario pierden mujeres, niños, ancianos a manos de la violencia que impera en nuestro país) y el sentido competitivo se ha diluido para dar paso a la colaboración y la solidaridad. Ni hablar de las fake news porque esa es otra historia y otros colaboradores han cubierto el tema de forma muy profesional, pero no perdamos de vista que se están volviendo un verdadero virus de nuestras mentes y corazones.

El eslabón perdido entre el fatídico 19 de septiembre de 1985 y el que vivimos en este 2017 se refiere a todas esas acciones de prevención, seguridad, alerta, comunicación e información que no tenemos concluidas, que nos siguen faltando en la familia, en las oficinas, escuelas, hospitales, medios de comunicación, gobierno y sociedad. Es el momento de poner el dedo en el renglón y no moverlo, además de incluir algunos conceptos en nuestro lenguaje que no están de más: solidaridad, brigada, seguridad, acopio, albergue, donación, fisura, grieta y protección civil.

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Número 13 - diciembre 2017
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