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Después del Referéndum Catalán la violencia podría ser la respuesta

Jueves, 05 de Octubre 2017 - 17:30

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Stephanie Henaro Canales

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Después de la violencia ejercida por parte del Estado Español en el Referéndum Catalán, el anhelo de la independencia de esta región no desaparecerá tan fácilmente. Haciendo probable que, en una época en donde el concepto de identidad se encuentra redefiniéndose en el continente, haya réplicas de grupos afines en otros países que en base a lo ocurrido decidan guardar la bandera de la paz y justifiquen su propia violencia con la del Estado. Contrariando de esta manera lo expresado en Twitter por el Primer Ministro Belga y haciendo de la violencia su única respuesta.

El mensaje que Madrid envió este domingo podría ser un detonante para grupos independentistas a lo largo del continente que mantienen sus sueños congelados, mas no olvidados. Porque más allá de la supuesta ilegalidad o de la supuesta ausencia de una mayoría, la violencia del Estado Español podría ser interpretada como un eco emergente de las dictaduras que alguna vez azotaron al continente, en donde todo aquel que expresara ideas contrarias al poder central, incluso por medios pacíficos, era reprimido con las más ardua violencia, abriéndole la puerta de esta manera a recuerdos duros que serán utilizados para justificar la violencia de algunos y dar inicio así a ciclos poco pacíficos más allá de las fronteras de España.

En relación a lo anterior un aspecto que no debe ser pasado por alto es la buena comunicación que se ha desarrollado entre los grupos independentistas. Recordemos que durante la época en que Irlanda del Norte tuvo muchos problemas de este tipo ETA e IRA desarrollaron fuertes nexos en donde comparaban notas y compartían experiencias. Belfaast, como Bilbao, es otro lugar en donde aun permanece una minoría disidente que no se encuentra contenta con medidas referentes a una autonomía limitada, la distribución del poder, y en donde facciones emergentes, como la denominada “Nueva IRA”, responsable de algunos ataques desde el 2012, encuentran su justificación en la violencia del Estado.

Más allá del país en el que puedan encontrase lo que tienen en común estos grupos con los independentistas catalanes es que rechazan la autoridad central del Estado. Encuestas previas muestran que no todos los catalanes estaban de acuerdo con la independencia de Madrid pero que si cuestionaban, en gran medida, la legitimidad de un gobierno central que está lejos, habla un idioma diferente, y que además impone sus mandatos políticos y eleva impuestos injustos.

El intento del Gobierno de Rajoy por catalogar al movimiento independentista catalán como parte de la oleada de nacionalismos europeos relacionados con la extrema derecha, xenophobia y populismo fue una especie de grito desesperado para impedir que una región con un PIB de 215 billones de Euros que contiene una densidad de población equivalente al 16% del total del la actual Esapaña se fuera de sus manos. Porque si bien es sabido que muchos catalanes no confían en el gobierno de Madrid, esto no quiere decir que hayan renunciado a sus valores de tolerancia e inclusión. Eso cualquier persona que haya visitado Barcelona lo sabe y es tal vez por eso que hoy lo que perdura en la cabeza de los espectadores nacionales e internacionales sea la imagen de votantes atacados por la Guardia Civil y no la del desacato de un referéndum “ilegal”.

Los levantamientos en Cataluña son parte de una caótica fractura en Europa en torno a la tradicional forma del estado nación y a su autoridad central. Los votantes catalanes están a la vanguardia de un movimiento en donde el concepto de identidad está siendo redefinido. Si líderes como Rajoy continuar ejerciendo presión sobre las grietas corren el riesgo de generar una fractura que difícilmente soldará. 

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Número 13 - diciembre 2017
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