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Desigualdades deshumanizadas

Martes, 30 de Junio 2015 - 18:00

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Luisa Ruiz

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Con el arguende de la equidad  y la igualdad de género. Con el alboroto de los derechos humanos, el racismo, el feminismo y otros avatares, el lenguaje y las opiniones en boca de la gente, quedan limitadas. La polémica de la discriminación, los homosexuales, las razas y las religiones no deja el camino sencillo al comentario en favor o en contra de un hombre, una mujer, un negro, un discapacitado, una lesbiana o un gay.

A los hombres los limita porque no pueden opinar abiertamente en contra de la palabra de una mujer, porque los llaman misóginos, la mujer no puede opinar en contra de otra mujer porque no se lo perdona nadie.  Los hombres y las mujeres no pueden opinar de los gays porque eso los convierte en homofóbicos, las mujeres no pueden estar solas o solteras porque las llaman lesbianas y si les dicen lesbianas se ofenden y las lesbianas se ofenden porque esas mujeres se ofendieron.

Por ejemplo, a mí no me gusta Margarita Zavala para presidenta de la República, por muchas razones además de que su esposo ya pasó por ahí y tampoco me gustó lo que pasó con él en la silla presidencial. Me gustaba, por ejemplo Vicente Fox y en su primer garrafal error me decepcionó totalmente, no debió haberse casado con Martha porque yo no voté por ella. Hubiera querido ver un Presidente soltero. Lo anterior me convertiría en anti-panista, misógina y androfóbica por no decir menos, la opinión que tenga acerca de la política en general se esfumaría y la palabra de fondo queda sinsentido.

No me gusta que las mujeres se crean merecedoras de absolutamente todos los derechos porque en el camino ya se confundieron y han pasado por encima de los hombres, esa estúpida consigna de empoderamiento de la mujer no puede ser impuesta a una población que requiere de mucha más educación antes de “empoderarla” porque se avientan como piedras al río sin pensar que una sociedad la componen hombres y mujeres, aunque no les guste. Tampoco es correcto que los hombres se sientan amenazados y se impongan solo para no dejar que pasen ellas.

Me parece que todo tiene su raíz en el lenguaje costumbrista, en la diferenciación de roles entre hombres y mujeres.

Los usos y costumbres marcaban claramente lo correspondiente a cada género. El hecho de que los tiempos cambien, que las generaciones se desarrollen de forma audaz y acelerada no implica la pelea o la acalorada discusión. Se debe solo transformar el lenguaje, no la actitud.

A una mujer por ejemplo, le preguntan cómo hace para combinar su trabajo con la atención de su familia y al hombre jamás le cuestionan ese aspecto.

A la mujer le dicen que está muy vieja para cierto empleo y al hombre le aplauden la experiencia por su edad.

El hombre tiene permiso de ser panzón y calvo, siempre y cuando sea chistoso y tenga dinero.  Se le permiten las canas y las arrugas, para la mujer es normal que se haga vieja.

Al hombre nunca le preguntan si se siente triste o decaído, si se siente así se le consuela y se le tiene compasión, además le ayudan a buscar culpables, a la mujer se lo aseguran aun cuando no sea cierto y la etiquetan de  menopaúsica y amargada.

La mujer va de desayuno en desayuno, del baby shower a la despedida de soltera, de compras y días enteros en el centro comercial y al hombre se le cuestiona porqué tanto desayuno o cena con los jefes, porque socialmente ellas están con las amigas y ellos, seguramente con una amante.

Cuestión de costumbres y tradiciones. Que ahora lo discutan y hagan exhaustivos debates,  exijan una diferencia y quieran eliminar y agregar palabras en el lenguaje es cuestión de cada uno en su propia individualidad, no se necesitan grandes foros para estar de acuerdo.

La sociedad en su conjunto irá etiquetando de cualquier forma toda situación que aparezca solo porque no incluye mujeres, hombres, o niños, o niñas, o blancos, o negros. Para qué, digo yo, “tanto brinco estando el suelo tan parejo” que cada quien evolucione, crezca, se desarrolle y sea exitoso dentro de sus propios parámetros y capacidades. Si no, entonces que las mujeres empiecen a orinar paradas y que los hombres se sienten.  A ver si así están todos contentos. 

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Número 17 - abril 2018
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