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Del gris al rosa y todo sigue igual

Martes, 03 de Abril 2018 - 15:30

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Corría el año de 1915 en la Ciudad de México habitada por unos 700 mil habitantes, la seguridad pública del porfiriato había desaparecido, el gobierno en turno autorizaba cateos para buscar armas y enemigos, lo que hacía el tiempo propicio para la delincuencia. Fue entonces que surgió la mítica “Banda del automóvil gris” liderada por Higinio Granda, un reincidente múltiple, hermano de un militar que lo ayuda a enrolarse y conseguir el grado de capitán en la policía local, convirtiéndose en el prófugo más buscado y temido por la élite de entonces pues con uniformes, información oficial y órdenes de cateo, la ciudad era una bandeja de plata con la que él y sus secuaces se servían con la cuchara grande “carranceando” (robando) cuanto podían a su paso al caer la  noche, lo mismo en residencias que en la calle y dándose a la fuga con la ayuda de un automóvil gris (de ahí el nombre). La ciudad se encontraba entonces sin vigilancia y en manos de la delincuencia, fueron los tiempos de terror para la capital del país y el inicio de la corrupción y la impunidad que empañaría a la Revolución Mexicana.

Han transcurrido poco más de cien años desde aquélla terrible época y las cosas no han cambiado mucho considerando que entonces, corrían tiempos revolucionarios por las calles de la Ciudad de México (la cual se pintó de gris en un sentido metafórico) y se trataba de una ciudad sin ley en la que imperaba el caos y la incertidumbre; sin embargo, al día de hoy (en una ciudad pintada de rosa en los transportes, los uniformes y todo cuando tocó su ex Jefe de Gobierno capitalino) con lo último en tecnología, complejos sistemas de vigilancia, Internet al alcance de todos, políticas públicas y demás, seguimos padeciendo la inseguridad a cada paso que damos. Lo alarmante ya no son las cifras pues si hacemos cuentas, a mayor población corresponde un mayor índice delictivo que en datos crudos y prácticos sigue siendo bajo según lo reportado por la misma autoridad o por decirlo de otra forma “maquillado” pues tampoco tenemos la certeza de que los indicadores reportados sean verídicos o no; lo alarmante es que salir a la calle representa un riesgo por igual al viajar en transporte público que en auto, comer en un restaurante de lujo que en uno comercial, caminar por una colonia residencial o por un barrio marginal, salir de vacaciones y dejar la casa sola o quedarse en ella y ser sorprendido, andar de día o de noche, estar en el cine o en el banco, la cuestión es que ¡No hay lugar seguro! Y el colmo es que las autoridades se limiten a enviar mensajes a través de las redes sociales, del tipo: “Si necesitas apoyo ante una emergencia, contáctanos a través de la aplicación o el número de emergencias 911 #PolicíaCDMX” (tweet de la SSP CDMX) porque al hacerlo, la respuesta inmediata es: enviaremos elementos a la zona, es importante que presente su denuncia, bla,bla,bla; es decir, se trata de un paso burocrático que sirve sí y sólo sí para justificar la existencia de un mecanismo de denuncia al “alcance de la población” para reunir datos que permitan llenar sus indicadores de cumplimiento y tan tan.

Impunidad y corrupción son dos caras de una misma moneda que circula sin control entre funcionarios públicos y delincuentes en México, poco o nada importan los modus operandi ni los nombres ni los motines de quienes integran las mafias porque al final, seguimos siendo el país del “no pasa nada” y de falta de autoridad porque “están rebasados” o porque los perfiles delictivos corresponden a los extranjeros que vienen a México a saquear casas conformando complejas bandas (como en antaño) a la luz del día y sin recato de nada ni nadie. O será que como en el pasado, ¿La inseguridad es utilizada como instrumento de temor que impide a los ciudadanos revelarse ante el gobierno en turno o que permite la llegada de políticos con disfraz de súper héroes para ganar elecciones?

Las instituciones encargadas de impartir justicia deberían trabajar en protocolos preventivos y no correctivos, deberían estar un paso adelante y no detrás del delincuente, evitando que se acerque, que busque la facilidad, que se cuele por el hueco más oportuno; son ellos (los ladrones) quienes deberían tener miedo de las sentencias, del encierro, de la justicia pero en lugar de eso, se presentan con sonrisas en sus caras al ser detenidos, se burlan de las víctimas, se escapan y reinciden. ¿En verdad es tan difícil asegurar justicia en una de las ciudades más grandes del mundo, con una Constitución, un nombre posicionado como marca internacional y un referente importante de movilidad a nivel mundial?

Al temor por la inseguridad que permea por todos lados, se suma la falta de credibilidad en las instituciones, así que el siguiente paso es crear protocolos de seguridad personal que incluyan sistemas de video vigilancia y alarma vecinal, defensa personal, monitoreos familiares, acceso restringido a nuestros domicilios y constante alerta; entre otros. Si la seguridad no es garantizada por las autoridades encargadas de ello, hagamos lo posible por construir entornos seguros y habitables, cerremos el paso a la delincuencia antes de que nos sorprendan y de paso, exijamos a los actores políticos que al menos desquiten un poco la jugosa nómina que se embolsan quincenalmente.

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Número 22 - Octubre 2018
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