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Apuntes sobre el crimen organizado

Martes, 14 de Febrero 2017 - 18:00

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Noé Israel Borja

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El tiempo del crimen organizado, desde su irrupción hasta nuestros días, puede dividirse en tres etapas:

  1. La guerra: la ciudad vio pasar camionetas con vidrios polarizados, y luego vio suceder levantones, desollados, descabezados, desaparecidos…
  2. La veta de oro: el secuestro, primero a personas que habían hecho dinero mediante las drogas, ya pasándolas a los Estados Unidos o ya traficándolas en aquel país. Después, dada la veta, tal práctica se extendió para comerciantes y empresarios acaudalados. También empezó el cobro de piso a grandes negocios.
  3. La consolidación: El cobro de piso se extiende cada año más sin reparar si tal negocio es “grande”, “mediano” o “pequeño”. Los presidentes municipales (que en alguna de las dos primeras etapas entregaron sin chistar el mando de las policías municipales) son figuras decorativas y los gobernadores en turno, como sus antecesores, siguen haciéndose de la vista gorda.

El último eslabón logrado de la impune cadena del crimen organizado es el avasallamiento del comercio. Productos como la carne de res y de cerdo, quesos, solo por mencionar algunos, tienen que pasar por lista de monopolio y pagar un oscuro arancel.

¿De dónde salieron los jefes del crimen organizado? ¿De dónde sale la cáfila de sicarios, personeros, vigías y todos los que ocupan un escalafón en la compañía, tal como muchos de ellos llaman a la organización? No es válido decir, aunque hayan brotado del seno de familias pobres, que de la pobreza. Esponjas ávidas de dinero, poseedores de una ambición arrolladora han salido de las grietas de los edificios olvidados del capitalismo.

El envés de la moneda del crimen organizado es la clase gobernante que ha solapado la impunidad, clase gobernante que llega, en la mayoría de las veces, de los mejores aposentos de los alcázares del capitalismo. ¿Qué une a un gobernante que roba los dineros públicos y a un jefe del crimen organizado? Para empezar puede ser la ambición desmedida.

Sin embargo, vilipendiar al capitalismo y anatematizar las políticas neoliberales en el fondo debe ser como reconvenir al mismo hombre. El ser humano, lúcido, noble, ambicioso, pergeña las reglas con las que dominará y a la vez será dominado. Si el capitalismo, esa cosa abstracta que nos rige la vida, llega galopante hasta nuestro tiempo, es porque ha traído cosas con las cuales sería impensable nuestra vida cotidiana. El capitalismo es un sistema que más bien que mal se acomodó en la naturaleza del hombre ambicioso e individualista.

¿Quién contendrá a los jefes del crimen organizado? ¿El gobierno los deja actuar y aun los protege? ¿O será que aprovechan la fragilidad del Estado? ¿Saben Silvano Aureoles, gobernador de Michoacán, y Héctor Astudillo Flores, gobernador de Guerrero, que en los municipios de sus respectivas tierras calientes no se mueve una hoja de un árbol sin la violencia del crimen organizado? Es imposible que no lo sepan. Entonces ¿qué funcionarios, qué peces gordos están detrás del crimen organizado? Aquí es ilustrativo citar un fragmento de la entrevista que Julio Scherer le hizo al narcotraficante Rafael Caro Quintero:

“‒¿Trabajó para Arévalo Gardoqui, secretario de la defensa? Miles de jornaleros estaban bajo sus órdenes y había soldados en ‘El Búfalo’.

“‒Para nada. Yo no tengo relación con toda esa gente.

“‒¿De qué complicidades se valió para hacer tanto como hizo?

“‒A puro valor. A puro valor tonto, porque no era otra cosa. Nada más ir por allí para ver si pegaba, ¿me entiende?

“‒No, no entiendo.

“‒A ver si se podía. Pero yo no estaba bien con nadie, con ningún policía.

“‒¿Y cómo pasaban los tráileres de un lado para otro?

“‒En aquel tiempo no estaba tan duro como hoy. Y sobre cosas así no me gustaría tocar el tema.

“‒Cuente.

“‒No tengo que contar sobre eso. Yo empezaba.” (Proceso, agosto, 2013).

En este pasaje de la entrevista el periodista acorrala al entrevistado para hacerlo decir lo contrario de lo que dijo. La información contundente de que en el rancho “El Búfalo” se hallaban soldados, decir con astucia que no le entiende, y volver sobre el punto: cómo hacían para pasar los tráileres de un lado a otro, hacen que Caro Quintero, fastidiado recule para lanzar la súplica: “No tengo que contar sobre eso”.

¿Qué contestaría el jefe del crimen organizado de estos rumbos si se le preguntara: ¿Para quién trabaja? ¿Contestaría que a puro valor tonto, nada más ir por allí para ver si pega en un Estado frágil?

Hay algo que no tocan, o por lo menos este redactor no cuenta con tal información, los bancos, la trasnacional Bodega Aurrera y Elektra. Pero sí pagan cuota por derecho de piso empresas tan acreditadas como Bimbo, Alpura, Lala, Sabritas. Mucha gente de buena fe espera que de afuera llegue la presión para acabar con más de una década de impunidad. La unión de estas empresas, la exigencia de un Estado de derecho por parte de sus gerentes de zona, bien pudiera despertar la presión, sin embargo corre un aire de fatalismo y dejadez. Si algo no ha traído el capitalismo es el suficiente ánimo para que los hombres ejerzan su valor civil de protestar y rebelarse. No se ha visto una unión que confronte al crimen, esto motivado tal vez por el individualismo, el egoísmo, y entre comerciantes y empresarios, atizando lo anterior, por la emoción infame de ver que el de enfrente truene y cierre su negocio.

No es que el valor civil esté muerto en los hombres de nuestra sociedad, sino está por ahí, soterrado, opacado, balbuciente; a veces tiene sus manifestaciones pero no ha pasado a mayores.

Diez años después que empezara la guerra contra el narco, como dijimos en el principio de estos apuntes, el crimen organizado pasa por su mejor momento. La sociedad no lo confronta, no se revela, no se organiza. Se hace a un lado, disimula, aguanta, guarda silencio, peor aún se adhiere, se acostumbra, se mimetiza, saca provecho. A pesar del control, de la presunción del crimen organizado de barrer con bandidos independientes, bandidos de pacotilla ¿cuántas personas no han aprovechado esta década de desorden, de turbulencia para cometer asesinatos, actos ilícitos y arbitrariedades a merced de las sombras del crimen organizado. Otros tantos, altaneros y fanfarrones, en desavenencias y discusiones, presumen de amistad o conexión con el mero jefe de jefes, intimidan y suelen lanzar la pavorosa amenaza: “Te voy a echar a los malos”. No hace mucho me tocó saber un pleito entre dos comerciantes ricos: “Pues tendrás que habértelas con los malos”, amenazó uno; a lo que el otro contestó: “Pues como pueden venir, también pueden ir”.

Sin embargo, después de todo, la sociedad no está para enfrentar al crimen organizado, a la horda de bárbaros que imponen su nueva ley. Este papel es del Estado (su justificación de ser), que tiene a los capos como subordinados para mantener a la sociedad atemoriza (teoría de la conspiración) o simplemente se ha visto rebasado (crisis del Estado). El ciudadano no puede enfrentarse al crimen organizado, quien en una simbiosis desigual lo sobrelleva, lo utiliza, lo admira. En cambio, descarga su coraje, su inconformidad con el gobierno, no respetando sus leyes, yendo en contra de ellas; y, así, viviendo en la confusión, en las relaciones sociales donde el más fuerte, los narcos o sus amigos se imponen por la fuerza.

Los presidentes municipales, los funcionarios estatales o federales que tienen que habérselas en la región ceden, unos con dignidad, la mayoría con abyecta sumisión. El único que levantó la voz, el presidente Ambrosio Soto Duarte, quien pedía clemencia del gobierno federal para que volteara sus ojos a la región, fue muerto en la noche del 23 de julio de 2016 en una pavorosa emboscada en el trayecto San Lucas-Rivapalacio, Michoacán; en el punto conocido como las Curvas del Cajón. Cientos de disparos de armas poderosas acabaron con la vida del presidente, quien le llegó a decir a su correligionario de partido el senador Armando Ríos Piter que el Comisionado de Seguridad Nacional Renato Sales lo reprendió, aduciendo que tales cosas (la denuncia pública de los capos de su tierra) no se hacían de esa forma. Caso, por cierto, la muerte de Soto Duarte, que ha quedado en el olvido y en la secular impunidad.

Esta Ciudad es un valle entre dos ríos. Caluroso la mayor parte del año. Pegado al afluente del río Cutzamala creció un pueblo cuyos orígenes se pierden en sus atardeceres radiantes y taciturnos. Y en las tierras próximas al río balsas crecían sus huertas de árboles frutales y la incesante milpa de temporal y de regadío. El progreso, con sus caminos y puentes, empezó a llegar en los años 60. El viejo y tradicional Pungarabato dio paso a una pequeña ciudad comercial floreciente. Y parecía que el progreso era lineal, pero en los primeros años de 2000 torció su camino para recordar los pasajes más oscuros del ser humano.

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Número 18 - mayo 2018
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