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Angelitos negros

Miércoles, 06 de Diciembre 2017 - 15:00

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Julio Chavezmontes

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¡El anuncio del compromiso nupcial entre el Príncipe Harry de Inglaterra y Meghan Markle es el acontecimiento más celebrado desde el Brexit!

La modernización matrimonial inglesa muy especialmente ha llenado de júbilo y entusiasmo al nonagenario Príncipe Felipe de Edimburgo, que desde 1997 no había experimentado tanto regocijo.

El esposo de la Reina Isabel II había aplaudido a rabiar el romance y compromiso nupcial de su exnuera, la princesa Diana de Gales, con el hijo del tendero egipcio Mohamed Al Fayed.

A nadie le pasó desapercibido su inmenso pesar por la prematura muerte de Diana, a la que quería entrañablemente, como si fuera su propia hija.

De todos es sabido que el romance interracial de Diana y Dodi se desvaneció entre las sombras del túnel del Alma en aquel tórrido verano parisino de 1997.

Las malas lenguas (que nunca faltan) se atrevieron a insinuar que la reina Isabel y Felipe, su esposo habrían sido capaces de conspirar para atentar contra la vida de su exnuera con la negra intención de evitar que consumara su romance en la Gran Mezquita de la Meca, donde iba a oficiar la ceremonia nupcial el Ayatola de origen mexicano, Ali Camaney.

(Por si las dudas, ni el príncipe Harry ni Meghan tienen pensado viajar a París y mucho menos, huir a toda velocidad de los paparazzi).

¡Cómo han cambiado las cosas en 81 años! Y pensar que a su tío abuelo, el Rey Eduardo VIII lo hicieron abdicar dizque por haberse casado con la divorciada estadounidense (de raza blanca) Wallis Simpson (sobrina de Homero Simpson y de Marjorie “Marge” Bouvier Simpson; a su vez prima de Jacqueline Bouvier Kennedy).

Las presiones ejercidas sobre el monarca inglés en 1936 nada tenían que ver con el hecho de que Wallis Simpson fuera una norteamericana divorciada; la verdadera razón para removerlo fue que tenía serias simpatías por Adolfo Hitler, al que llegó a visitar en varias ocasiones en Berlín.

(Tratándose de matrimonios, ¿quién sabe qué hubiera ocurrido entre Inglaterra y Alemania si Don Adolfo Hitler se hubiera casado con la aristócrata británica Unity Valkyrie Freeman Mitford cuya hermana (Ana) se casó con el noble inglés Sir Oswald Mosley, líder del Partido Fascista Británico?)

Eduardo VIII terminó como “emperador” de las Islas Bahamas, donde Meghan Markle (al parecer) tiene muchos parientes.

El joven Harry ya tuvo un romance anteriormente con una joven africana de nombre Chelsy Davy, oriunda del ejido de Bulawayo, Zimbabwe, con la que se tiraba clavados en las cataratas Victoria, dedicadas a la reina del mismo nombre y ancestra del controvertido Harry.

La actual dueña del aristocrático corazón de Harry, confesaba en una reciente entrevista a raíz de su compromiso, sobre las muchas dificultades que le había representado ser hija de un “bwana” (1) y de una afroamericana, porque al igual que la novia cinematográfica de Pedro Infante, (según su personal apreciación) ella salió “blanca” como su papá y no MORENA como López Obrador.

Este maravilloso romance interracial ha sido posible para el príncipe Harry, gracias a que él no heredará el trono de su abuela, y porque sus descendientes no corren el riesgo de llegar a ser reyes ni reinas de Inglaterra; porque entonces sí, correrían peligro de ser victimados por el racista de la peluca de tlacuache.

Gracias a que Gran Bretaña ha logrado conservar cierta hegemonía sobre lo que se conoce como el Commonwealth o Mancomunidad de Naciones, los hijos de Meghan y Harry no tendrán dificultad para desempeñarse en el mismo cargo que Eduardo VIII en las Bahamas, Jamaica, Belice o las Islas Caimán.

Meghan Markle se convirtió al judaísmo para contraer nupcias con Trevor Engelson (correligionario de Bibi Netanyahu); pero esto no será inconveniente, porque nada le impedirá ahora convertirse a la “religión” de Enrique VIII con tal de enriquecer su currículum cinematográfico con su ingreso a la Royal Family y la Corte de Saint James.

Por lo pronto, la señorita Markle ha batido el récord establecido por su paisana Grace Kelly; porque no es lo mismo ser la princesa de Mónaco (cuyas dimensiones son similares a la isla de la Roqueta), que ingresar a la familia real de Gran Bretaña y emparentar con Felipe de Edimburgo que, como ya es sabido, no cabe en sí de alegría ante la decisión del más joven de sus nietos.

El destino no quiso que la princesa Diana engendrara con Dodi una progenie de anglo-egipcios.

Tal vez ahora, su hijito que siempre ha hecho las delicias de Isabel II y Felipe de Edimburgo, les traiga como una de las últimas grandes alegrías de su monárquica existencia, convertirlos en orgullosos abuelitos de angelitos negros.

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  1.  Bwana. Dícese en lengua Suajili de los tarmanganis (amos y señores) de raza blanca que llevaron al África las glorias de la civilización occidental. 
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Número 12 - noviembre 2017
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