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Amigos de opinión diferente

Martes, 05 de Junio 2018 - 15:30

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Luisa Ruiz

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La decisión a tomar, una cruz sobre un recuadro, encerrados en un cubículo de papel y atrapados en un silencio comprometedor, es la acción más difícil y delicada que cada ciudadano mayor de edad enfrentará el próximo julio. Es una responsabilidad muy seria, cada cruz, será la responsable de lo que suceda en adelante.

Las opiniones y reflexiones de los enterados son importantes porque ayudan, fortalecen o confirman la decisión que cada uno pueda tomar. Es mejor poner atención a los individuales informados que a los medios masivos de comunicación; como los comentarios, por ejemplo, de mi amigo virtual y compañero de espacio, Enrique Rodríguez Cano Ruiz, que escribe en su artículo del 23 de mayo, sobre la claridad mental.

A falta de un café cercano en donde pueda platicar con Enrique, le comento: ¿No será, precisamente por la claridad mental, que no se puede decidir el voto? Por claridad mental se sabe que cada uno de los candidatos tiene puntos a favor y los mismos en contra, aunque, metidos todos en una licuadora, el resultado no sería el presidente que México nunca ha tenido. El problema no es la decisión, el problema son las opciones que nos presentan y que al final, ninguna es buena.

Y es cierto, como escribe Enrique, y comentan en todos los espacios, quien tiene decidido su voto por Meade, Anaya e incluso, por Rodríguez, no lo dicen, se limitan a agredir a quien defienda a López. Hay quienes se atreven a preguntar por quién votarán, y no para debatir y menos para respetar, sino para denostar. A la opinión: “voto por López Obrador”, le siguen groserías. A la pregunta: ¿Tú por quién? la respuesta: no voy por AMLO.

En otro tiempo, las religiones. Los necios que aseguran que su dios, cualquier nombre que le quieran poner, es mejor que todos y al final, todos los dioses son el mismo y predican lo mismo, el bien de todos. No así los candidatos, que, aunque predican lo mismo, no predican el bien. La política, esa religión, una secta, una fauna en la selva de concreto, sin rey león, sin ley y sin orden, el chango de rama en rama y el cocodrilo esperando a que se caiga.

Insistir en que las opciones a presidente son muy pobres, casi nulas, está de sobra. Es lo que hay y por eso la falta de decisión. La polaridad, en realidad no es tal, es una multiplicidad de falsedades y verdades a medias. El país no está divido por la mitad como hace seis años, ahora las divisiones están aun en cada casa, en cada oficina y en cada esquina.

La claridad mental, me parece, se esfumó principalmente en las oficinas de gobierno, en todas y de todos los partidos. Habrá que adentrarse un poco en estos lugares, los funcionarios con autoridad están al borde de la histeria, los que no tienen autoridad, están en la orilla del precipicio. No les es posible controlar su pensamiento, no pueden seguir haciendo o medio haciendo, su trabajo porque sus límites de tolerancia ya no existen. En muchos espacios de gobierno, esperan, desesperados conocer el fin de la contienda para buscar en dónde se pueden incrustar.

La gente le tiene miedo a la gente, y es aquí, precisamente, donde falta la claridad mental. Desafortunadamente, cada uno, creemos estar en lo correcto y no conformes con esto, las conversaciones se convierten en una suerte de predicamento al estilo testigos de Jehová, ¡necios!, y no hablar de política es aún peor, la respuesta, otra agresión “por eso estamos como estamos” y dicen que la gente en la cárcel está presa, más presos estamos aquí afuera.

En unos días, la ebriedad política. La rendición o el levantamiento ciudadano. En un par de meses, ya con “nuevo” presidente, el país de los arrepentidos, los avergonzados y los altivos arrogantes. En un año, el olvido de pleitos y palabrería, en tres años la verdad oculta aparecerá y en seis, de vuelta a empezar. Misma moneda, dos lados y los dos, empañados por el uso y la circulación.

La claridad de pensamiento, me parece, solo radica en el derecho a ser libres dentro del entorno propio porque, de cuatro paredes hacia afuera, el mundo no nos pertenece, aunque las cosas y los papeles tengan nuestro nombre.

Mi claridad mental, apunta a quedarme con los amigos que ahora tengo, hacer algunos más en el camino, conservar y estrechar la mano de los que no he conocido en persona, a desechar a aquellos que “ni fú ni fá” y a reunirme en una mesa de café con los siempre buenos amigos de opinión política diferente.

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Número 21 - septiembre 2018
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