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50 años de la matanza del 2 de octubre

Martes, 02 de Octubre 2018 - 15:00

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Israel Aparicio

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Se cumplieron 50 años de la represión orquestada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y su secretario de gobernación, Luis Echeverría Álvarez, en contra del movimiento estudiantil fraguado en el año de 1968, donde murieron un número indeterminado de estudiantes a manos de los soldados del Batallón Olimpia en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Por varias décadas, después de los sangrientos hechos de la noche del 2 de octubre, el régimen priísta negó los hechos, menospreció el número de muertes y sostuvo la tesis de que gobiernos extranjeros buscaban desestabilizar al gobierno mexicano, para implantar un gobierno de corte socialista.

En una célebre entrevista en 1977, ya siendo expresidente Díaz Ordaz, y nombrado como embajador de México en España, un joven reportero le preguntó por su responsabilidad histórica en la masacre del 2 de octubre. Fuera de sus casillas, el político poblano aseguró estar orgulloso de su desempeño en el año del 68, pues salvó al país de una revuelta contra el Estado, que le aseguró su paso victorioso en la historia; y terminó regañando al reportero. Estas actitudes soberbias y dictatoriales marcarían el discurso oficial ante la conclusión violenta contra los integrantes del Consejo Nacional de Huelga (CNH), donde muchos de sus participantes fueron apresados, otros más ajusticiados, en hechos nunca esclarecidos por completo.

El movimiento estudiantil de 1968 fue una lucha por los derechos civiles en la ciudad de México, que perduran como conquistas en la misma constitución local. Muchos de los ideales de sus dirigentes, varios ya muertos, lograron su punto climático con el triunfo avasallador del ahora presidente electo, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Las movilizaciones de México y del mundo, en el año de 1968, trajeron renovadas esperanzas de cambio en diversos sistemas políticos. En el caso de nuestro país, el movimiento previo a los primeros juegos olímpicos en un país latinoamericano, padeció la persecución de la policía política que comandaba el mítico Fernando Gutiérrez Barrios, que junto con la Dirección Federal de Seguridad, creyeron hasta la muerte, haber realizado todas sus atrocidades a nombre del bien superior de la patria.

El pasado 20 de septiembre se aprobó en la cámara de diputados, inscribir en el muro de honor, al movimiento estudiantil del 1968, por votación unánime. Con esta distinción se realiza un merecido homenaje a la movilización más importante de estudiantes del siglo pasado, y se busca brindar justicia a los participantes reprimidos, mediante nuevos procesos y el reconocimiento oficial de las causas justas que se abanderaron hace cincuenta años. Además el pasado sábado 29 de septiembre, AMLO encabezó un mitin en la mítica Plaza de las Tres Culturas como un reconocimiento del futuro gobierno a la importante lucha democrática del movimiento estudiantil, en torno a lo que denominan la cuarta transformación del país.

Como se recordará, el movimiento estudiantil de 1968 surgió de forma esporádica producto de una pequeña riña en escuelas del Politécnico Nacional y la preparatoria número uno de la UNAM, donde se fecundó el interés de transformar un sistema autoritario, disfrazado de democrático, en medio de un contexto internacional de cambio donde varios países con diferentes sistemas políticos y económicos, realizaban movilizaciones y acciones en torno a causas idealistas.

En el caso de México, las diferentes escuelas representadas en el CNH, tenían un pliego petitorio con diferentes demandas que iban desde la abrogación del delito de disolución social, la renuncia del jefe de la policía del entonces Departamento del Distrito Federal, libertad de los presos políticos y hasta un dialogo público con autoridades federales, en una euforia social disímbola de muchos actores políticos que no tenían muchas cosas en común. Fue un movimiento social producto de muchos años de orden impuesto desde la represión selectiva y donde se aglutinaron ideologías de toda índole. Un escape a la olla de presión de un régimen que no era democrático, en un mundo aislado donde la guerra fría era usada para intimidar, pero sobre todo, justificar toda clase de abusos y represiones en nombre de la libertad y la nación.

Para el régimen priísta acostumbrado a mandar y a no escuchar las voces críticas, el movimiento del 68 representaba solamente una turba de estudiantes totalmente rebeldes y sin respeto por la familia ni las instituciones del Estado mexicano. Para amplios sectores de la sociedad mexicana más conservadora, acostumbrada aún a las bondades de bienestar y al crecimiento económico, los activistas eran solo unos rebeldes sin causa, quizás manipulados por la conjura comunista internacional. Es difícil saber qué grado de apoyo real tenían los estudiantes del 68, pero es lógico deducir que el Estado mexicano, los medios de comunicación y la mayoría de los ciudadanos, no entendieron las dimensiones de la lucha democrática del movimiento, ni la brutal represión orquestada desde las más altas esferas del gobierno priísta.

Se asegura que con la represión sangrienta del 2 de octubre el régimen priísta comenzó su largo declive, al perder la autoridad moral de ser un verdadero Estado democrático. Su caída se postergó aún después del fraude electoral del 1988 y solamente cayó por primera vez en el año 2000 con la alternancia. Es justo y necesario que la lucha por derechos civiles, democracia, libertad de expresión, libre manifestación y asociación del movimiento estudiantil de 1968 tenga un reconocimiento oficial y se señalen culpas, aunque sean políticas y simbólicas, de los protagonistas de su brutal represión que sin lugar a dudas, marcó un antes y un después en la vida democrática de México.



Número 23 - Noviembre 2018
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