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16 de septiembre: celebración de un cuento de hadas

Jueves, 14 de Septiembre 2017 - 15:00

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Claudine Moya Ponce

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En la escuela nos contaron un lindo cuento sobre un grupo de héroes que se levantaron en contra del yugo español y nos dieron patria. Sin embargo, la evidencia apunta a una realidad muy distinta respecto de los insurgentes y sus motivos en la lucha de independencia.

Primeramente, Miguel Hidalgo no era el sacerdote compasivo que se levantó en armas en pro del pueblo. Era un cura sacrílego con varias amantes, a quien la Inquisición procesó por el delito de herejía y apostasía (alejarse de la doctrina) entre 1800 y 1809. Fue alguien con documentada historia de rebeldía fundamentada en soberbia, que abandonó sus estudios en la Real y Pontificia Universidad de México porque, según él, el claustro de doctores era una partida de ignorantes.

A Morelos lo pintan como moreno, al grado que algunos piensan que era mestizo o mulato. Morelos era español criollo. Así consta en su fe de bautismo, fechada el 4 de octubre de 1765 (ver Imagen 1), donde se indica que era hijo legítimo de “Manuel Morelos y de Juana Pabón, españoles”.

Imagen 1. Fe de bautismo de José Ma. Morelos (fragmento)

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Adaptado de: Ediciones Rosa Ma. Porrúa (2010) Manuscritos, bandos y decretos de la guerra de independencia. Edición conmemorativa. México: Porrúa, p. 18

Los motivos

El cuento de hadas nos dice que Hidalgo, al ver los abusos y condiciones en que vivían los indios y las demás castas inferiores, decidió alzarse en armas por la libertad del pueblo. En realidad, Hidalgo era un hombre con cuentas pendientes con la Inquisición, a quien le convenía hacer a un lado al poder eclesiástico vigente. Allende, Aldama y Abasolo eran militares frustrados por no poder ascender más allá de capitán. Ello era porque la casta a la que pertenecías dictaba a qué profesión y nivel jerárquico tenías acceso. En el caso del clero y el ejército, solo los españoles peninsulares o nacidos en España podían acceder a rangos altos (cosa que aún le ocurre a quienes trabajan en ciertas empresas trasnacionales o familiares).

Las reformas borbónicas de finales del siglo XVIII también abonaron al descontento criollo, pues incluían nuevos impuestos y cambios en la administración de las organizaciones eclesiásticas. Esto último ocasionó que los préstamos que la iglesia daba a hacendados y comerciantes (la mayoría con adeudos atrasados por décadas), tuvieran que liquidarse en poco tiempo. Ello dejó en aprietos económicos a muchos criollos dueños de haciendas o comerciantes (como la familia de Allende).

En suma, los insurgentes pudieron ser un grupo de criollos en busca de poder, que aprovecharon el desorden creado por la invasión napoleónica en España para sublevarse. Al saberse minoría, incitaron a las demás castas a unírseles, prometiéndoles una vida mejor con el nuevo gobierno (como hacen los políticos de hoy). En una economía colonial sustentada en la mano de obra esclava o barata (como en el México de hoy), donde ser de piel blanca implicaba mayor rango social (como en el México de hoy), es irreal pensar que un puñado de ciudadanos de segunda, que deseaban ser de primera, se levantaran en armas para pelear por los derechos y libertades de quienes veían como sus inferiores. Es como si un grupo de mirreyes iniciara un movimiento por los derechos laborales de sus empleados domésticos.

Otra posible interpretación sobre los motivos de los insurgentes es que sus actos estuvieran inspirados en los ideales de la revolución francesa y de la independencia de EUA. A partir de dichas revoluciones, surgió una identidad “americana” liberal entre algunos criollos, cuyas máximas fueron plasmadas en los “Sentimientos de la Nación” de Morelos. Sin embargo, se les olvidó que, tanto en Francia como en EUA, el movimiento armado surgió de un pueblo consciente de sus derechos, cuya causa fue apoyada por intelectuales y militares con suficiente rango, recursos y aliados. Nuestra independencia fue iniciada por unos cuantos cabecillas, aislados y sin recursos, alebrestando a castas desunidas y sin conocimiento de sus derechos (como sigue ocurriendo actualmente).

Sean cuales fueran los motivos de los insurgentes, la independencia solo logró que el poder cambiara de manos de españoles peninsulares a españoles criollos. Seguimos siendo una sociedad de castas que solo ven por sus intereses (casta política, empresarial, sindical, etc.), perpetuando costumbres y estructuras que limitan la movilidad social. Creer que se puede mejorar manteniendo las causas de nuestros males, es creer en cuentos de hadas.

¡Basta de cuentos de hadas! Es hora de que surjan héroes verdaderos que, desde el ámbito de su actuación, eliminen clasismos y vean por el crecimiento de sus hijos, subordinados o colegas de trabajo. Urge dejar de vernos como castas rivales e indiferentes a la miseria del vecino. Comencemos a actuar como ciudadanos de un mismo país.

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Número 18 - mayo 2018
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