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¿México, cuenta con un Modelo Económico?

Lunes, 26 de Noviembre 2018 - 18:30

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Manuel Torres Rivera

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Antes de acudir a la interrogante, podemos semblantear un breve repaso desde la sustitución de importaciones dentro de un modelo cerrado en la acechanza de un gobierno vecino, áspero en la historia, voraz en la intención, cierre que explica una frontera que hoy todavía delimita nuestra existencia en esa cordura pretendida y suspendida en los pasos de la historia moderna. No retrocedamos a lo verdaderamente incongruente del juicio norteamericano de nuestra lucha fraterna, nuestro movimiento social que denominamos revolución, porque desbocaríamos los ánimos de una intervención programada una y otra vez sin tregua, para ajar la desmesura de una nación sin palabra. Pongamos el escenario de los años sesenta para alentar nuestra defensa, para hacer referencia al talento mexicano en la creación de infraestructura pausada, de mercados internos satisfaciendo demanda interna, creando excedentes para ponerlos a disposición del mundo, restringiendo la participación del capital foráneo para no dominar bloques de control, en suma: la protección que dictaba la época. Ya trascendió, y lo hizo con éxito, un éxito programado en la certidumbre de la dirección de la cosa pública. Y surgió el milagro mexicano, el desarrollo sustentable y sostenido, con la premisa permitida de asociar ambos vocablos en la dimensión y contexto de su apreciación histórica.

Los años dieron buena cuenta de visos de renovación, de nuevas corrientes en el pensamiento del ámbito económico. La política nunca claudicó en su intento de asociación de mayorías, nunca intentó abandonar el predominio de la razón que enmarcaba la actuación de defensa de un territorio extenso y necesitado de prácticamente todo; no intentemos una apología tardía de los esfuerzos de una nación rica en su tierra y en su pensamiento, no hagamos un ejercicio del planteamiento de lo inútil, hagamos un ejercicio de interpretación del surgimiento de una nación en franco rezago que asomaba al mundo su precariedad y su indefensión ante los imperios y la voracidad. En eso situemos un poco de historia. Si no existe nación única en nuestro universo, no redimamos condescendencia y tampoco situemos exclusividad en este mundo cambiante y etéreo. Somos nación formada, de eso no existe duda. Pertenecemos a grupos de distingo en esta era moderna, y no es poca cosa. Existe gallardía en lo ganado, disciplina en lo atesorado y futuro en lo previsto.

Olvidemos por un momento las diferencias que nos plantea la visión de gobierno que nos espera, para decirnos que unos nacimos diferentes, que muchos no han cubierto la cuota del rezago que subsiste como recordatorio de supuestos privilegios acoplados a unos para desvelar los de otros. Si esa es fórmula de solución para todo lo que enfrentamos en este mundo convulso, unido en oferta y demanda de satisfactores, pues entonces renunciamos a un modelo de progreso, a un modelo de futuro. Si rescatamos del pasado las formas de la compensación de los que no tuvieron por aquellas de los que pudieron, tal vez anclamos un modelo de reproche en sustancia sin frontera, sin horizonte. Podemos ampliar la dádiva hasta que reviente el flujo de recursos, que nunca ha presumido de infinito; podemos renunciar a las fórmulas de la reproducción de utilidades de asociaciones que todavía respetan el talento empresarial y creativo, pero producir cortapisas a las mismas, es retroceso inevitable. La dádiva para los que nada crean ni producen es populismo con letras sembradas en la infertilidad de la creación del capital, único sustento conocido para crecer y desarrollar una sociedad.

México no merece sustento parcial de sus actividades económicas, no merece pronunciamientos sin sustancia y solidez, no merece veleidosas manifestaciones de capricho. México merece ese asiento ganado con el denuedo y talento generacional. México no merece cancelaciones de obra necesaria y adecuada al progreso, merece certidumbre, no merece interpretación subjetiva e ilegal, o quasi legal como transferencia de ineficiencia e inexperiencia a una sociedad inexperta en cuestiones de pericia y conveniencia internacional, como juego perverso de regresión para un sustento de capital político, que habrá que insistir, es no solamente peligroso, podrá considerarse el consultar vital en el equilibrio de la nación, pero no concluyente. Consultar temas torales no es materia de política económica de respeto en una nación que tiene un lugar como las primeras economías del mundo y es México, que no sorprenda.  Para 2019 y para años venideros no tenemos un modelo económico que pueda ser considerado como nuestro. Se ignoran factores externos, se llaman mercados y premian y sancionan por igual, adecuan el progreso de una nación o lo frenan. Un modelo de aceptación universal admite la congruencia y la adaptación. Desafiarlo, como Venezuela, ejemplo vivo de obstinación sin rumbo, es condena al fracaso. Existen otros, todos émulos del fracaso populista, alerta que despierta todas las condenas del empecinamiento y la obstinación a oídos sordos de las fórmulas probadas del éxito cuando se admiten los plazos y las prerrogativas del dejar hacer, como las naciones de siempre, las prósperas que nutrieron y permitieron crecer a sus gobernados, y lo permiten hoy.

México no debería estar postrado ante esta etapa de incertidumbre. México debería en este 2018, etapa previa a un desenlace no virtual de una globalización formada, contar con respuesta seria a los agentes económicos nuestros y del orbe. México no tiene porqué estar en inminente juicio de cortes internacionales, como tampoco debería estar en el umbral de riesgo de calificación que lastima acervo de décadas en disciplina económica. Puede agregarse tanto más…

 


Número 23 - Noviembre 2018
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