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Mercados y necesidades: Ensayo en cuatro partes

Lunes, 11 de Junio 2018 - 15:00

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Manuel Torres Rivera

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I. En la historia

 

Si estimamos que la existencia de mercados es satisfacer necesidades de un sector consumidor, tal vez estemos en lo cierto. Consumir es afán natural del hombre, como lo es la inclinación a poseer. La abundancia es sustancia irredenta en la constitución que rige conductas; tal vez obedezca a la simple observancia de la disponibilidad, tal vez sea una relación de la apertura de lo que dispone alguien en el terreno ajeno. El intercambio siempre se ha dado, desde la antigüedad; el deseo de intercambiar lo conocido y lo palpado por aquello de lo que no se conoce origen.

El comercio es la actividad más antigua que se conoce y en la que las relaciones humanas han coincidido en la paz y en las relaciones más ásperas, en la discordia y en la hegemonía, para suplir el dominio bélico por la vía de la creación de una necesidad. Abastecer una colectividad es una forma de dominio; crear necesidades es dominio sin cuestión. Unificar necesidades es una forma de control absoluto. Así surgieron las civilizaciones, así las grandes ciudades, así las grandes edificaciones y las monumentales dimensiones que hoy deificamos como rastros de civilización y cultura.

Para comerciar siempre ha sido preciso nombrar una sede que dignifique la actividad del cambio; ésta se llama mercado. La concentración de una función que nutre expectativa y novedad y que tiene correspondencia en un origen que despierta ese ánimo, es tan antigua como el hombre mismo. Los siglos han dejado huella de las bondades que ha traído esta actividad: cultura y conocimiento de rincones de la tierra que pueden ser trasladados sin viajar, abasto de productos disponibles en otras esferas del orbe, regulación de comestibles y otros perecederos para evitar catástrofes alimentarias. Es literalmente, traslado de riqueza, traslado de conocimiento y apertura de un sinnúmero de experiencias.

Desde Caldea hasta Constantinopla, nos maravillamos de la destreza para surcar aguas indomables, para combatir terrenos indómitos y conquistar mercados. Las sedas de Oriente asombraron al occidente miles de años atrás; los cultivos de la vid de los desiertos despertaron gustos y sentidos de regiones ajenas a las dotes de las tierras sin lluvia y sin fertilidad. Los animales en sacrificio de uno y otro rincón de la tierra, configuraban un panorama de existencia no imaginado. Los conflictos bélicos, en ese afán de dominio territorial y sumisión, acarreaban costumbres, vestidos y hábitos que despertaban la emulación, aunada a la conquista.

Con el paso de los años, los traspasos dieron cabida a la fase espiritual y al pensamiento; así surgieron imperios, lo material era superado por la creencia y el dogma; surgía el verso y la filosofía, la preocupación de la existencia, el teatro y la expresión, una vez superada la fase del alimento y la supervivencia. La abundancia regía órdenes más allá de la mera existencia y la plenitud. Era el llamado a la interiorización, a la trascendencia. Era el llamado a la grandeza, a la expresión que superara la satisfacción terrena.

Esa expresión tenía un llamado especial a lo monumental, como redención anticipada a lo efímero de la vida; la inscripción en piedra para significar la correspondencia de una vida a la otra, la que fuera. Se abría la puerta al paso trascendente de la voluntad perfeccionada para ser transferida a otras dimensiones. Se hermetizaban las reglas de correspondencia para no interferir en el concepto hegemónico significado en la acepción de perfección. No podía ser de otro modo, no podía ser contestado: así se asimilaba el conocimiento de una civilización que debía ser impuesta en los rincones conocidos del mundo de entonces. Hasta ahí llegaba el intercambio de lo concebido como intercambiable, hasta ahí las reglas de mercado, hasta ahí las concesiones al más débil.

Con los imperios se trastocaron los órdenes del comercio, con los imperios, de Persia a Grecia y al Imperio Otomano, las reglas del comercio equilibrado y justo, rompieron en un escenario de abusos e imperfecciones, de controles y resguardos, de tarifas e imposiciones, de agravios y acumulaciones, de manipulaciones y desvíos. Se descubre la fase del dominio sin armas y sin invasiones; el recurso del abasto, desde lo primordial hasta lo suntuoso e innecesario. Se descubre el arte de la manipulación de género, del control de multitudes para alinearlas en el orden de la subsistencia.

Las cosas no han cambiado tanto, con el paso de los siglos, en esta visión del comercio; existen prerrogativas ancestrales de dominio y acecho en latitudes que hoy llamamos mundo moderno, que hoy llamamos mundo en paz con su humanidad cargada de necesidades. Existen mercados, pero tal vez no atienden necesidades…veremos una expresión de ello en este ensayo.

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Número 21 - septiembre 2018
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