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La renta pública

Lunes, 17 de Septiembre 2018 - 15:00

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Manuel Torres Rivera

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Nos encontramos en una etapa en que tanto el ahorro como el gasto se vuelven dilema cuando no debería existir duda de la ruta de uno y otro, si consideramos variables que sustentan el potencial de ambos con una economía que crece en medio de factores positivos como el empleo, inflación bajo control y reservas internacionales para secundar emisión de moneda en un circulante que impulsa el consumo interno. La base crediticia está amparada en los plazos de demanda del mismo crédito y en la base salarial de los ingresos medios, los que alimentan el trabajo formal. Curiosamente cerramos el círculo de negociación de intercambio comercial con un socio que sustenta si no exactamente lo contrario, presenta al menos factores de riesgo que México no tiene: pleno empleo y un diferencial por debajo del nuestro como para entregarse a reducciones de impuestos, tratamiento infructuoso para salir de un déficit, prerrogativa de negociación de inicio como bandera de agravio, para ahora acelerar su propio mal, como lo ha denominado la administración Trump. Se menciona como mal, el déficit, porque ha sido tema referente y recurrente de esa administración fallida en su estrategia de mercados, la de Trump. Se piensa, en ese deambular sistemático que tiene el propio presidente norteamericano, que señala una y otra vez el tema del déficit como elemento de abuso de nuestra fase de exportación. Ignora por supuesto, que un déficit lo llena una oportunidad de mercado con estrategia de negociación y ventajas comparativas para que en los agregados de valor se diluyan las diferencias. Finalmente, existen un sinnúmero de bienes y servicios probados en los inicios de 1994 y hasta estos días.

 

México enfrenta un dilema que tal vez incida en materia de respaldo del consumo interno y en la función crediticia. El ahorro que plantea la administración entrante, que literalmente arrasa con beneficios múltiples, que no dispendio, tendrá desde luego un impacto en la esfera de contratación de servicios y otras funciones de proveeduría y abasto al sector público. Tal vez la dimensión de lo que se menciona no toque el corto plazo pero podemos imaginar un escenario de pérdida de empleo formal en numerosas entidades federales y estatales, por principio. La interrupción de la percepción del ingreso puede motivar traslado de actividades en los rangos de especialización: técnicos fundamentalmente. Las bondades del empleo creado en la administración saliente tuvieron estímulos en muchas áreas, sin olvidar la inversión extranjera directa, el saneamiento de instituciones ligadas al empleo formal y la certeza jurídica y equilibrios de sectores fundamentales como el comercio, la industria, la banca y el turismo. Todo esto se reúne en un solo vocablo: confianza.

Si tomamos el ahorro como factor de inicio de una política económica para un país inmerso en compromisos multilaterales en materia de inversión y comercio, significa que el resguardo de la función pública se encuentra en concordancia con la reciprocidad que  espera el  riesgo proveniente del exterior. Si se estimula la inversión extranjera directa, quiere decir que se está en posición de responder con la eficiencia debida en todos los órdenes, desde la tramitación de servicios gubernamentales hasta la creación de infraestructura y la certeza de actuación en el marco jurídico. Si nada impide una administración pública robusta y eficiente, las cortapisas del ingreso crean una expectativa incierta y trascendente. Por principio, merma capacidad de adquisición y sustento, desvía por tanto una función que podría crear vicios de búsqueda de compensaciones y otras prácticas que arroja un salario por debajo de la exigencia de las circunstancias actuales. La presencia de prácticas de corrupción puede estar a la vista. Por otro lado, debilitar poder de consumo significa debilitar fuerzas del mercado interno del país. Y ahí viene el ejercicio del gasto compensatorio y su incierto sustento, traducido en la renta pública, la que pretende dar equilibrio al ahorro, al gasto y a la inversión.

El ahorro por el ahorro mismo, lo reiteramos en otro espacio, no es fundamento de política económica. Los recortes presupuestales tendrán virtudes de una sola vez, que se dan sin absorber las consecuencias de ese recurrente de estímulo que es el gasto público. Los excesos nunca serán motivo sobrado de examen, de revisión tampoco; las prácticas desbocadas de las cámaras han creado un escenario de repudio, sin duda. Existen muchos renglones que ameritan restricción y vigilancia, nadie lo cuestionaría. Las desviaciones fuera de la ley no caben en este contexto por corresponder a las autoridades su denuncia y el reclamo de su reparación, un tema que duele sin mesura. Disciplinar el gasto es política acertada y el llamado al orden del ejercicio público siempre será plausible, pero lastimar el ingreso es una invasión del terreno compensatorio y de la exigencia de una actualidad que busca la especialización y la educación profesional de excelencia por la simple apuesta al futuro que engloba competencia y desafío sin precedentes. El tributo a la superación no debe interrumpirse por dictado ni por imposición. Coartar atributos del pensamiento y la transformación pierde escala y ritmo de crecimiento individual y colectivo. El ahorro puede convertirse en prerrogativa disciplinaria,  pero el ahorro por el ahorro mismo es política equivocada de prevención y puede desembocar en ineficiencia del Estado. El simple éxodo de mentes brillantes al servicio de la función pública puede ser una consecuencia no prevista en el capricho salarial de tabular una cifra que ya desequilibra sin cuestionar compromisos de orden familiar adquiridos a futuro.

México no debería enfrentar un dilema cuando todavía no se crea. La función del ahorro como toda variable económica tiene su medida en la contribución al producto de toda una nación. La renta pública es un conjunto de medidas, todas contribuyen y todas apoyan la meta del crecimiento y eventual desarrollo. Vigilar su desempeño es política económica, desviar sus virtudes es mera intención de aceptación popular y apuesta al vacío. En algún momento la renta pública sufre un desequilibrio. Vendrá el camino de la deuda, lo veremos con detenimiento más adelante.

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Número 21 - septiembre 2018
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