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El Resguardo Económico

Lunes, 05 de Noviembre 2018 - 14:50

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Manuel Torres Rivera

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Tal vez la integración económica total no es viable, tal vez la autarquía en el otro extremo tampoco lo sea. Tal vez la economía se encarga de soluciones intermedias y por ello no hemos evaluado ganadores o perdedores en el proceso que hemos denominado globalizador, en un mundo en el que insistimos subsistencia por permanencia. Tal vez interrumpimos el contrato social, tal vez hemos exagerado en la idea multilateral de sostener un comercio abierto sin la base doméstica de su influjo. Moderar las ambiciones de un modelo incluyente de comercio es abdicar en modelos de superación y especialización, se piensa. Pero ahí no descansa el problema. Es de mayor profundidad si exploramos los rincones domésticos y los comparamos con los niveles de participación activa en el comercio internacional: La moderación existe en la apertura y puede estar perfectamente calificada para competir. El contrato social lo impone como norma ética de participación pero lo restringe en la medida en que la globalización invade fronteras de pertenencia y de exclusividad generacional. Tal vez la globalización ha ido demasiado lejos en la expectativa del participante, y no sería aventurado adelantar  que una economía totalmente abierta dilata el proceso doméstico de adaptación a la situación cambiante de los países que reclaman integración y una supuesta sumisión al orden internacional. Esto deja un espectro dubitativo en las llamadas al orden interior. Eso está en cuestión hoy día. Hasta ahora lo único cierto es que ni la izquierda ni la derecha ha sabido coronar un éxito. Las izquierdas han sido abandonadas por la sensación de un viraje al inequívoco clamor de la pertenencia y la redundancia histórica de abundar en lo más recóndito del poder totalitario y la derecha sin rumbo, cede su dominio teocrático a la ultra derecha presente en la soberanía como un estandarte perdido, cuando ha sido el símbolo de mayor presencia en las naciones modernas.

Lo cierto es que existe dominio y pretende soslayarse. Existe doctrina de integración por encima de la globalizadora tendencia de evaluar contextos económicos y sociales. La Alemania de otros días se aleja y empata con naciones vecinas una crisis de credibilidad y su banco representativo presenta problemas de solvencia por espacio de tres años prolongados en la más severa de sus crisis: Deutsche Bank. Un crecimiento mediocre en la zona euro pone a los diecinueve restantes en una situación delicada. La crisis italiana no puede ser vista con ojo de halcón, la marea ya inunda la batalla con Roma al lado del Brexit y las nuevas medidas para Grecia, que no sale de un atolladero de liquidez. Por otro lado, los estímulos del Banco Central Europeo están por definir destino ante un magro crecimiento cercano al 0.2% de toda la zona euro, mejor expresado: Sin crecimiento.

Si la tendencia es de integración, el camino de las naciones que supuestamente invocan el orden a la globalización es errado y en el yerro puede radicar el equívoco ante un nacionalismo rampante y no probado desde las secuencias de la última guerra y de esto ya han transcurrido más de setenta años. Si merece transcurso y algo de desembocadura en la congruencia del orden universal, es imposible aprobarlo o negarlo. La tendencia a lo interno despierta interés no solamente en las elecciones de doctrinas de pertenencia, término irrestricto y ajeno a la modalidad imperante para calificar una volcadura a la derecha nacionalista, revestida de la faz de supremacía de otras épocas. Cualquier acepción de neo fascismo sería negación de ultranza, cualquier sinónimo de adopción de origen sería catapulta de invalidez en cualquier boleta sujeta al voto múltiple y ciudadano.

Si estamos en un mundo cambiante, las fórmulas no han cambiado en substancia, han cambiado en el orden de las cosas que cambiamos por conveniencia o por necesidad. Los sistemas autoritarios sí han definido rumbo político y económico, eso no es cuestionable: Venezuela sin duda ha fallado en todo lo redimible a su ciudadanía, la ha hecho renunciar a todo lo plegable al mundo moderno, en la convivencia y en el pleno ejercicio de sus derechos. Es un gobierno ilegítimo cuando condena derechos de sus habitantes que no eligieron gobierno. Es un desacato al orden humanitario y por tanto no merece el calificativo de gobierno.

México es una economía de respeto internacional; ha logrado un lugar en los primeros quince sitios del mundo. En los resguardos de la economía de los países, México no tiene nada que compartir con los grandes perdedores: Venezuela, Bolivia, Ecuador y muchos otros y mucho que ganar con los suyos, con los mexicanos de más de una generación de ganadores, mexicanos todos. Este es un mensaje al nuevo gobierno que no sabe por donde empezar, simple sugerencia para que inicie en el gran acervo de una nación próspera que nada debe al mundo, nación que ha construido respeto y soberanía y que ha cimentado bases de negociación serias y contundentes, que está presto a competir con reglas desde el poder conferido en la más íntima entrega del poder para recibir representación y no devolución a un pueblo siempre pasmado en su historia. El resguardo de toda representatividad ya sea económica o política está confiado al liderazgo de un poder llamado ejecutivo para que ejecute o renuncie en su intento.

El sustento económico de las familias no tiene compases de espera, los resguardos económicos de las naciones tienen aliento pero no demoras, tienen reservas pero no disculpas. En el  resguardo de las naciones, el económico, debe satisfacer la demanda social, la demanda social debe ser escuchada siempre y las prerrogativas de la economía, sin la cortapisa del poder en turno, deben atenderla. Siempre.

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Número 22 - Octubre 2018
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