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El Dilema del Gasto

Lunes, 09 de Julio 2018 - 15:00

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Manuel Torres Rivera

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El ahorro por el ahorro mismo, no es política económica ni consideración de política pública. En la administración pública y desde la óptica de Estado, la disciplina económica no reúne cuestiones simplistas ni metas de contundencia que rodeen una sola alternativa sin supuestos o factores que determinen su ocurrencia. La economía se rige por determinantes y se guía por equilibrio y juicio de circunstancias pasadas, presentes y la expectativa de ocurrencia si las cosas se mantienen o se alteran. La gran economía nunca ha dependido de buenas intenciones. Éstas no pertenecen al ámbito gubernamental, al menos no en las decisiones de política económica. El incentivo del gasto quedó demostrado en los años de la Gran Depresión Económica de los años treinta en los Estados Unidos. Keynes y una doctrina de expansión del gasto demostró que la reactivación económica radicaba en el gasto público para absorber espacios de estanco en la producción, oferta de mano de obra, salarios para activar demanda de bienes y servicios y finalmente robustecimiento de mercados internos. Estas fases determinaban un ciclo económico, y el caso monetario de mayor relevancia en la historia moderna.

 

La economía responde a ciclos, responde a programas y proyectos de consideración del impacto del gasto público como primer considerando; las naciones enfrentan dilemas que no obedecen a retornos en materia de inversión, pero nutren satisfacción y necesidades del orden social. Un ejemplo es la infraestructura carretera, portuaria, aeroportuaria. Esta, a su vez, incentiva la inversión privada, tomando ventaja de las comunicaciones y accesos a mercados internos y externos. La medida de la inversión pública es derivada de un presupuesto elaborado por especialistas que conjugan el ingreso de una nación, con la expectativa de la ocurrencia del ingreso en un período determinado, que normalmente es de un año. Debe, en esencia, convertirse en llamado a la inversión privada…siempre.

El equilibrio dictado por el ahorro y la inversión como guía de política económica sigue manteniendo su validez. Las economías prósperas nunca han mantenido rigidez; el desarrollo no tiene fórmulas estrictas. Se han buscado innovaciones en el uso del capital, en el rendimiento de los valores agregados, en esquemas de disminución del aparato gubernamental, en la rectoría del estado, en verdaderos esquemas liberales, en la globalización y la destrucción de fronteras y aranceles, y en la utilización de instrumentos de plazo, deuda en sentido estricto, para aplazar tiempos y mejorar requerimientos de liquidez.

La sombra de la deuda pública, que asoma su fase mordaz, por haber buscado el eterno espejismo de la recuperación en bases endebles, y por haber buscado el dispendio sin el rigor de la supervisión y la ética, anida en las arcas de una nación sin estricto control de su obra y de su infraestructura, la que en ocasiones sacrifica rendimiento por monumentalidad, la que arriesga bienestar por brillo efímero de reconocimiento y finalmente la que pone en entredicho la planeación económica del todo, del país entero.

Las partidas de gasto de una nación, crean expectativa de reacción y de clases recipientes de dádiva en innumerables casos, y de costumbre en tantos otros; crean cadena de recepción en sectores y vicios por igual. La interpretación del gasto no es cosa menor cuando la esfera social se convierte en parte activa de conceptos desde anacrónicos hasta de elemental subsistencia y asistencia. Podemos examinar los años de paternalismo oficial para revisar la protección de capas sociales en el campo mexicano, y la dádiva de la semilla, el crédito a la producción, la intermediación en la comercialización del producto y el seguro agrícola y pecuario. En el sector obrero se fundió este paralelismo, y en otras manifestaciones sociales, se diversificó en sindicalismo y adhesión clientelar para adelantar vicios, siempre ligados al gasto de la nación. Unos han sido curados, no todos.

En la nación mexicana, así hemos caminado, en la mayoría de las veces buscando el equilibrio del ingreso y el gasto; así ha sido la planeación económica en su acepción conceptual; nuestro federalismo ha dotado a los estados de autonomía que desbordó los controles de orden presupuestal y el abuso patente ha inundado no solamente los medios y la justicia, el clamor popular dio inicio a una transición que no requiere explicación en la etapa que anuncia cambio perceptible en innumerables órdenes. El clamor absorbió mayoría inusitada. Viene ahora la inspección de caminos de otras épocas, empezando por el uso de los dineros. Por ahora, es difícil predecir acciones de un gobierno totalmente inesperado, y más aún en la forma y en el concepto de doctrina económica, pero se han adelantado, como soluciones, reducciones en salarios de la función pública, reducciones de servicios ligados al juego internacional de la oferta, como gasolinas, reconvertir una cifra imaginaria derivada de la corrupción para implementarla en programas sociales, evitar uso de aeronaves y prescindir de instituciones de seguridad nacional, entre otras.

En el ángulo de las promesas situamos otra dimensión del gasto: el recurso para atenderlo. Los programas asistenciales, las becas a estudiantes, las remuneraciones a desempleados, las prerrogativas que acercaron la aceptación de un voto desbordado en la expectativa de la dádiva de un gobierno cimentado en ideas populares, tiene un costo, y es preciso dimensionar su cobertura. Existen dos vías: la monetaria, que regula una función importante, la del circulante en su etapa primaria, que reserva otras de mayor trascendencia, tasas y reservas internacionales, y que naturalmente controla procesos de intercambio de moneda para vigilar inflación y factores de crecimiento. Esa está en manos autónomas. La otra es la fiscal, impuestos, y los derivados del consumo ya los pagamos todos en el cargo del mal llamado valor agregado. Y finalmente, el de la renta o del ingreso. Esta última vía es la única en el horizonte del presupuesto sin bases, el de la promesa sin sustento presupuestal. Si esa vía se acota, ya no existió premisa de cumplimiento. La deuda, ya mencionada, mordaz y subversiva, es el recurso no generado en el tiempo, sí, pero es el tiempo de los que empeñaron una promesa: no aumentarla. Impuestos tampoco. La pregunta es válida: ¿de dónde vendrá el recurso? Prescindir del gasto no significa ahorro, no al menos en política económica.

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Número 18 - mayo 2018
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