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De los Sistemas de Pago a la Infraestructura Mundial

Lunes, 27 de Agosto 2018 - 15:00

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Manuel Torres Rivera

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Donald Trump marca la escena de una globalidad futura. Enfrenta escándalos que no prosperan, no ahora, no en el día a día de la marcha de las naciones. Tiene poder y lo sabe, lo usa. Su reto a lo establecido funciona, su desplante a cualquier autoridad que no sea la suya, funciona también. El mundo lo sabe. Noviembre y las elecciones pueden cambiar las cosas pero su veleidad es incontestable. Es un hombre impredecible. La política del país más poderoso del orbe descansa en preceptos de corto plazo que dañan la cultura y las instituciones políticas. Descansa también en proteccionismo que avizora enfrentamientos comerciales en su propio terreno: ignora presencia de agentes económicos que reaccionan a medidas nunca imaginadas y selectivas dentro de un mapa que cubre su imaginario. Defiende lo que no es preciso defender, desde una trinchera que castiga la confianza, que lacera la inversión y que puede desencadenar un deterioro de las condiciones financieras globales. En suma, ha conducido una política comercial errática, desafiando al gigante asiático con tentativas más que medidas cautelares y amenazas más que hechos concretos. Su espera no conduce a prerrogativas de estabilidad, más abona a la incertidumbre porque sus pronunciamientos no cesan.

 

La espera del mundo es diferente, se ahorra el rígido compás de la indolencia y la insolencia. Se mueve en un sentido, el de la razón. Apunta a un sistema que despegue la denominación del dólar por principio. La herencia de los años 74 al 79 dejó un escenario claro de dependencia semántica más que real en la adopción de sistemas de pago en el comercio internacional y en la banca de inversión y en la banca de consorcio. El eurodólar como moneda de cambio representó en tiempos de adhesión norteamericana a proyectos internacionales y financiamiento multiplicado en los mercados de Londres, una simple denominación a un depósito fuera del control de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Esa denominación ha trascendido hasta nuestros días fortaleciendo una moneda no necesariamente hegemónica pero sentada en las bases del comercio mundial. Ya existe la demanda de otro orden. China ofrece la mejor perspectiva para este cambio sin precedente. La Unión Europea por principio no da como derrota el rompimiento de acuerdos nucleares con Irán. Las autoridades norteamericanas ya prohíben el acceso de bancos iraníes a los sistemas de transferencias internacionales. Esto, o bien acelera el problema, por las sanciones, o bien, alienta un sistema alterno. SWIFT, el proveedor europeo que gestiona prácticamente la totalidad de los movimientos de dinero en Europa y que constituye un engrane importante a nivel mundial en materia de mediación financiera, podría ser motivo de sanciones si no retira el acceso a los bancos iraníes. La encrucijada consiste en evitar las sanciones por un lado y por otro no cerrar los canales que permitan salvar los acuerdos nucleares.

Así las cosas, la iniciativa alemana de origen, sitúan a China en una prerrogativa que nunca contempló, el liderazgo en esta tarea de transferencias y pagos internacionales. Para ello, necesitaría hacer convertible su moneda, desmantelar controles de capitales y exponer su economía a una volatilidad no deseada. El abuso norteamericano en esta área no necesita explicación, justificación menos aún. Los tiempos de Obama han cambiado las prerrogativas puestas en mesas de negociación que ahora han sido retiradas. El poder de cambio del dólar ha impuesto desde la pos guerra, la segunda, medidas de supuesta liquidez que más deben interpretarse como cambio que como liquidez misma, por la tradición que impera en el comercio mundial. Las operaciones de cambio, de protección cambiaria, del intercambio del mundo entero, están denominadas en dólares y el poder de sanción lo retiene un solo país: los Estados Unidos. La experiencia de Paribas, reciente, lo demuestra, con una sanción fuera de proporción. BNP dudaría en seguir la sugerencia alemana de otro orden de pagos.

En la infraestructura ronda otro despegue anunciado. La iniciativa viene del G20. Es clara la situación que cada día enfrentan los países para recomponer o crear infraestructura. McKinsey Consulting estima un déficit acumulado de casi 6 billones de dólares para el año 2035. Las limitaciones fiscales de los países no les permiten inversiones trascendentes para superar las necesidades de infraestructura. La iniciativa consiste en la creación o transformación de la infraestructura en un activo para allegarse capitales privados. Se busca que sean instrumentos financieros que observen el mismo comportamiento que cualquier otro activo en los mercados tradicionales y que cumplan con leyes vigentes. La meta es que los fondos privados logren invertir en obra pública, como lo hacen hoy con los fondos soberanos. Se trata de construir la vía financiera que respalde un proyecto de infraestructura de un país o un conjunto de proyectos de varios países. Japón con la presidencia del G20 en 2019, promete seguimiento de esta iniciativa, buen respaldo.

Para esta iniciativa ya se piensa en la homogenización o estandarizar proyectos y contratos, desde el proceso de licitación hasta la ejecución, todo esto con el propósito de bajar los costos que representan el análisis de riesgo y rendimiento. La experiencia de los años ochenta es materia de estudio y apoyo de esta iniciativa, recordando la deuda emergente que trascendió y culminó en acuerdos para todos los países participantes en bonos soberanos, una verdadera solución de endeudamiento inusitado. Los marcos regulatorios, los relativos a impuestos, legales y contables ya se encuentran en la ruta de estudio; esto es importante para los mercados de capitales de cada país y sobre todo para las economías en desarrollo que necesitan acudir a su propia moneda para financiar obra y diluir así el riesgo de devaluaciones. El gran respaldo que determina el éxito de una gestión de esta naturaleza es la justificación que tienen los veinte países que conforman el grupo, y que conjuntamente representan el 85% del producto bruto global. México no es o no debe ser un país ajeno a estos planteamientos. La escena internacional domina todos los escenarios de éxito en la comunión de países dispuestos a abrir sus economías al orden de ideas avanzadas y de progreso compartido. Esperemos pronunciamiento claro de la administración entrante. Estas iniciativas deben contemplarse con la seriedad debida.

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Número 22 - Octubre 2018
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