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Una crónica del proceso electoral

Miércoles, 11 de Julio 2018 - 15:00

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Noé Israel Borja

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A Paloma, Hugo, Adrián, Carmen, Edgar, Verseli y Sergio

En una ardiente tarde de principios de marzo, un grupo de Capacitadores Asistentes Electorales (CAEs de aquí en adelante), con su chaleco color rosado, porta gafete al pecho y sus sombreros de tela inconfundible del INE, se regaron en la zona urbana de Ciudad Altamirano en busca de los ciudadanos sorteados. Con listas y rutas de visitas en mano avistaron la aridez y la esperanza, las aflicciones y los consuelos, las negativas y las motivaciones, los descalabros y las alegrías del trabajo que les deparaba.

Los nuevos tanteaban los recorridos. Los experimentados sabían del tamaño del trabajo. El vitiligo aparece ya por estrés, ya por carga hereditaria, ya por alguna intoxicación. Lo cierto es que a Hugo Goicochea se le fue el sueño desde que supo la sección que le tocaba recorrer. A modo de protesta pidió que se la cambiaran. “La vez pasada que trabajé ahí; por poco y me desvalijan mi carro”, dijo. Y las manchas blanquecinas empezaron a aparecer en la piel de sus manos.

En uno de los espacios de espera de nuestro Instituto escuché platicar a los supervisores de San Miguel Totolapan, tal vez el municipio más ofuscado por la reyerta entre capos y el desorden que ha producido la impunidad. Los supervisores recordaron la muerte del compañero Rutilo. Una discusión, un forcejeo con un hombre que le quería arrebatar una urna con votos. El CAE salió triunfante, pero pocas semanas después lo mataron. Su familia abandonó el pueblo como muchas otras familias que han abandonado esos pueblos y rancherías que hasta hace quince años eran pueblos buenos y robustos. Me produce gran impacto la charla de los supervisores. Hay compañeros que saben ventear la mala hora, como los que platican porque en el proceso pasado no participaron. “¿Por qué?”, les pregunto. Sonrientes, pero serios, contestan lacónicos: “No había condiciones”.

Los CAEs y los funcionarios de mesas directivas de casillas, por ser el contacto directo con los votantes, suelen ser el eslabón más expuesto a agresiones. El malestar social puede ser válido, pero las agresiones son inadmisibles. Los representantes de partido durante la jornada electoral suelen tener especial ojeriza contra los funcionarios de casillas sin tomar en cuenta que estos están ahí por haber nacido en el mes sorteado y porque tuvieron el valor civil de participar. Todos quieren que el funcionario haga bien las cosas, pero pocos son los ciudadanos con conciencia civil para dedicar un domingo al conteo de los votos y registro en las actas. Los representantes de partido deben tomar en cuenta que las reglas del juego, por así decirlo, y que nuestro Instituto aplica con el mayor de los cuidados, las han puesto los mismos partidos políticos.

El compañero Adrián había conseguido dos aptos al hilo y se perfilaba por el tercero. Era un mediodía esplendoroso. “Convénzase, señora, será un día bonito… Su participación será muy valiosa”. Y aquella señora, que lo escuchaba tranquila, tocando el filo de la puerta entre abierta, parecía que ya decía que sí, ya estaba sensibilizada… De pronto, de muy adentro se escuchó como un chicotazo, más bien un portazo, y luego enseguida apareció un hombre malhumorado. Era el esposo de la ciudadana sorteada. Si se puso de malas fue porque el compañero le había ofrecido una Coca–Cola por aquello de las grandes calores. “Yo le digo que no quiero oírlo más, dijo el hombre, ¡mi mujer no participa!”. El compañero, que se le iban y venían los colores del rostro, se mantuvo estoico. La mujer, que nadie hubiese pensado que se atreviera a contrariar al esposo, dijo: “Sí participo. ¿Dónde le firmo? ¡Que éste no es nadie para que me mande! Mire nada más ¡qué vergüenza me ha hecho pasar!”.

“¡Buenas tardes! ¡Buenas tardes, señito!”, dice el CAE con voz a cuello. De adentro de la casa se escucha que platican: “¿Quién es?”, “No lo sé”, “Pues ¿qué esperas?, quieres que vaya yo a ver”. Era una mujer de unos sesenta años, minusválida, pero con una voz de sólida matriarca, quien platicaba con su hija de veintitantos años. Y del zaguán de la tienda, porque la casa tenía su tiendita de refrescos y galletas, se escuchaba la voz: “Señito… señito…”. La joven, quien al asomarse se dio cuenta de quién se trataba, le dijo a su madre: “Son del INE”… “Amigo ‒dijo la mujer a grito pelado‒, tres años esperé para decirle lo siguiente: Usted y los del INE váyanse a chingar a su madre”. Con la voz del coraje y la rabia, remató: “No pierda su tiempo, váyase mucho a la chingada”. El capacitador, que en ese domicilio tenía dos ciudadanas sorteadas, ante tal negativa, se retiró profundamente descorazonado.

A los otros días volvió con refuerzos. Tal vez porque la señora minusválida quedó un tanto apenada o tal vez por las blandas palabras con que le llegaron, pudieron pasar a saludarla y hasta una Coca de vidrio se tomaron. Se despejaron dudas y se aclararon malos entendidos que tenía la señora, ya que en el proceso electoral pasado había fungido como funcionaria de casilla. De aquel diálogo cordial, el CAE salió con dos aptos más y uno de ellos, la joven que acompañaba a su mamá, fue presidente de mesa directiva.

Pasaban de las doce de la noche. El CAE salió del jardín de niños donde se instalaron dos casillas. Sudoroso, preocupado por las otras tres casillas que le faltaban, llevaba los paquetes electorales cargados uno en cada hombro. Llegó al carro y los empezó a acomodar. Poco antes, cuando se descombraba y se sacaban las bolsas de basura, los presidentes de las casillas se despidieron cordialmente. Declinaron llevar los paquetes a las oficinal del INE. A esa hora había pocas personas en las calles, pero había movimientos de carros a lo lejitos, avances a vuelta de rueda y gente en torno a los carros. Un pepenador, de espaldas al mundo, buscaba en un contenedor de basura. Ese pepenador había ayudado a recoger y tirar la basura. El CAE le había dado de propina quince pesos y por eso cuando lo vio que cargaba los paquetes se acercó para ayudarle. No hubo necesidad. El pepenador se regresó al contenedor de basura canturreando una canción. El pepenador era un vagabundo de esos que dicen: “Yo no tengo ningún derecho porque soy vagabundo”. El CAE se dirige al lugar de las otras casillas que están bajo su responsabilidad. A tres o cuatro cuadras de ahí los funcionarios están preparando sus paquetes. Alguien le llega al CAE y le dice: “Te paso al jefe”, y le da el teléfono. “¿A dónde llevas los paquetes?”, le preguntan. “Voy a la escuela primaria donde tengo tres casillas de otra sección. Y de ahí al INE”. “Está bien, te voy a dar chance”. La noche es inexpugnable, hay nubarrones que no dejan ver el cielo, pero la noche ve, la noche tiene movimiento y tiene ojos que observan. Todo está tranquilo. Carros a lo lejitos, avances a vuelta de rueda, y el vagabundo de espaldas al mundo buscando su vida en el contenedor…

Quede aquí el testimonio de mi admiración hacia Rubén García Escobar, Consejero Presidente, conocedor de caminos y atajos para llegar a los lugares más difíciles y remotos del distrito 01, a Gilberto Ortiz Gutiérrez, Vocal de Capacitación, hombre de sonrisa de creciente popularidad y José Guadalupe Charco, Vocal de Organización, vigilante, caviloso, silencioso, atento a la circunstancia. A estos profesionales en materia electoral se les tendría en buen grado en cualquier lugar para garantizar la certeza e independencia del INE, se les tendría en buen concepto por su dedicación y liderazgo como se les tiene aquí en el distrito 01 del estado de Guerrero. Desde meses antes conformaron el equipo de consejeros, técnicos, capturistas, supervisores y capacitadores con el objetivo de que los ciudadanos, los funcionarios de casillas, con todo el respaldo legal que tienen para tal actividad, sacaran avante las alecciones del 1 de julio.

En la terminal Zinacantepec de Ciudad Altamirano, el autobús de las cuatro de la mañana ya se ponía en movimiento para su salida. En el anden aparece un hombre con las prisas de los que han perdido su turno. El chofer accedió y abrió la portezuela. El hombre tomó su asiento y se acomodó como se acomodan los buenos conversadores. El otro asiento lo ocupaba una mujer de buenos ánimos. Ella comenzó la conversación: “¡Usted estuvo en la casilla donde me tocó votar!...”. Así comenzó aquella plática de viaje, de destino y de “por poquito lo deja el autobús”. Ella iba a México, él a Toluca, de entrada por salida, iba a una cita médica. Iba a atenderse su enfermedad de la piel. Era Hugo Goicochea, quien le platicó a su compañera de viaje cómo el vitiligo le apareció luego de saber la sección que recorrería en búsqueda de ciudadanos aptos para la jornada electoral. Y aprovechando las luces prendidas del autobús le mostró sus manos extendidas, como invocando una decena de buenos remedios para curar su mal. Era la madrugada del 2 de julio. Se fueron platicando hasta que el ruido monótono del viaje los hizo callar. Y una música clara y dulce los fue acompañando:

En un camión pasajero

De esos que van pa' Sonora

Yo iba cansado y con sueño

Cuando se acercó una señora

Con unos ojazos negros

De veras encantadora…

 

Adenda:

Los grupos políticos que arriban al poder requieren de la crítica, de una ciudadanía fuerte; cosa que la desidia, la indiferencia, el temor (puntos claves que los grupos del poder abonan: la frivolidad y el miedo) no lo permiten. Sin embargo, soy de la idea de no renegar. La marcha de nuestras sociedades es misteriosa y escapa a las mejores inteligencias. Pero esto no significa que dejemos de observar y registrar. La desigualdad, la pobreza son temas que los grupos políticos utilizan con habilidad para llegar al poder. La primera no se acabará. La segunda sí se puede disminuir. No nos hagamos ilusiones: la injusticia, la corrupción seguirán… Lo que puede suceder es que un pez gordo se coma a otro pez gordo.

Yo me he preguntado: ¿Por qué los empresarios fuertes, los que manejan los hilos del Neoliberalismo, los mismos que llenan de felicitaciones al nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador, no se han unido para ponerse a platicar con los capos regionales? Los capos sorprendieron al Neoliberalismo pero estos fueron asimilados en una alianza macabra. Sí, señores, me refiero a la alianza entre elevadísimos empresarios, peces gordos del gobierno y los capos regionales, que tienen a nuestros pueblos postrados, en la explotación atroz. Ver suceder, pero no con indiferencia, sino con asombro, y decirlo, no seamos comodinos y nos autocensuremos (¡qué diría Vicente Riva Palacio si nos calláramos!), escribirlo con las maravillosas perspectivas del lenguaje.

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Número 22 - Octubre 2018
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