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Todo mal: el epítome del cine mexicano

Viernes, 23 de Marzo 2018 - 15:00

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Luis Felipe Jurado

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El 4º largometraje de la directora de Casi divas es uno de los más lamentables ejemplos de lo que no debería ser el cine mexicano

Issa López es quizá la directora mexicana más conocida de los últimos tiempos. Su debut, primero como guionista y después como directora, fue uno de los más exitosos de la década pasada, al grado que su cinta anterior, Vuelven (2017) fue elogiada por los mismísimos Guillermo del Toro y Stephen King. Desde el guión de Ladies' Night (2003, Gabriela Tagliavini) y su ópera prima, Efectos secundarios (2006) ya se veía una – muy mala, por cierto – inclinación por la comedia como género consentido. Y es precisamente su regreso a este género lo que es Todo mal (2018).

La anécdota gira en torno al Secretario de Asuntos Internacionales (algo así como el Secretario de Relaciones Exteriores en el universo de la cinta), quien ha estado obsesionado con hacer volver el penacho de Moctezuma a México desde niño. Y lo logra aunque sea a manera de préstamo, precisamente el día en que es plantado en el altar por su futura esposa. En plena borrachera decide robar la reliquia y sus primos, un extraño maestro de primaria y un rockero decadente que alguna vez fue vocalista en una boy band, tipo Magneto, lo buscan, al tiempo que es perseguido también por un par de sicarios.

Empezando por lo positivo, hay que reconocer que después de cuatro cintas, por lo menos lo técnico no está tan mal logrado. La fotografía está muy bien realizada y hay por ahí una secuencia de acción en un solo plano-secuencia de siete minutos que tiene muy buen ritmo. Es entretenida si se ve con el switch apagado y algunos de los chistes llegan a sacar alguna que otra carcajada. Pero en general, el trabajo no está por encima del nivel del estreno mexicano de la semana. Fuera del tema del penacho, no hay nada que no se haya visto antes, con un dejo de Qué pasó ayer (The Hangover, 2009, Todd Phillips), Matando cabos (2004, Alejandro Lozano) y Nicotina (2003, Hugo Rodríguez), pero con menos gracia que estas. Las actuaciones son muy disparejas y van de lo caricaturesco a lo verdaderamente ridículo (ese rockero decadente como el del comercial de Escuincles, interpretado por un muy maleta Sebastián Zurita, que hereda lo frío de la actuación de su padre y el escaso histrionismo de su madre) o lo simplemente gris. Hay muchos huecos argumentales y personajes que desaparecen o que no se entiende del todo su trascendencia (como la supuesta heredera española de la familia de Moctezuma, que sólo aparece unos segundos y no se vuelve a saber de ella, a pesar de ser quien mandó a los sicarios). El final se siente forzado y no se comprende cómo alguien que ha ganado el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero o que fue nominada al Ariel al mejor guión por la excelente 600 millas (2015, Gabriel Ripstein), realice un texto tan incongruente y con más baches que Av. Periférico. Tampoco es entendible que se haya desperdiciado a un par de actores como Martín Altomaro y a Osvaldo Benavides. Ambos son, sin duda, dos de los mejores representantes de la generación de la que se desprendieron nombres como Diego Luna, Gael García Bernal, José María Yazpik e Irene Azuela. A Martín se le debe el único personaje medianamente bien perfilado de la producción, aunque se ve que sufrió demasiado para no hacerlo parecer un remedo azteca de Zach Galifianakis (otra vez se nota la influencia del filme de Tod Phillips) y en el caso de Osvaldo, cae demasiado en la sobreactuación, haciendo que uno añore su inolvidable Rocco de Por la libre (2000, Juan Carlos de Llaca). Es una pena que la multipremiada directora, consentida de del Toro, no consiga un filme medianamente redondo y que no haga agua por todos lados.

Issa López perdió la oportunidad de demostrar que lo que dicen que hizo en Vuelven no fue casualidad – yo, por desgracia, no puedo constatarlo porque no me gustan ni el cine de terror ni el mexicano, y mucho menos el cine de terror mexicano, así que no la vi – pero por desgracia, le pesa de sobra toda la basura que realizó con anterioridad: los guiones de Ladies' Night, Niñas mal (2009, Fernando Sariñana), Viaje de generación (2012, Alejandro Gamboa) A la mala (2015, Pitipol Ybarra) y La Boda de Valentina (2018, Marco Polo Constandse); o la dirección de Efectos secundarios y Casi divas (2008). Es una lástima que el FIDECINE y el EFICINE 189 sigan usándose para evadir impuestos, para robar dinero o para producir cintas de muy baja calidad. Mientras esto siga ocurriendo, cada semana la cartelera estará cubierta de inmundicia que se escuda en que “debe apoyarse al cine mexicano”. Haciendo un breve recuento, en lo que va del mes se han estrenado por lo menos cinco muy malos largos nacionales, que abarcan muchas salas (Tuya, mía… te la apuesto, 2018, Rodrigo Triana; Cómplices, 2018, Luis Eduardo Reyes; Marcianos vs mexicanos, 2018, Gabriel y Rodolfo Riva Palacio Alatriste; La boda de Valentina y Todo mal), una cinta independiente que la verdad no sé qué onda con ella, más que fue producida por alumnos de un taller de teatro y que se ve bastante malita (Gracias Por Ser Mi Amigo, 2015-2018, José Gerardo) y dos cintas de arte que se exhiben en muy pocas salas (Todo Lo Demás, 2016, Natalia Almada, que ha sobrevivido bastantes semanas, y La libertad del diablo, 2017, Everardo González). Eso es la realidad los filmes mexicanos. Si para algo sirve la película más reciente de López es para, en su título, representar la actualidad de nuestro cine: todo mal.

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Número 16 - marzo 2018
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