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Thor: Ragnarok y el ocaso de los héroes

Viernes, 10 de Noviembre 2017 - 15:00

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Luis Felipe Jurado

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Thor: Ragnarok se promociona como la mejor película del MCU, pero ¿en realidad es tan buena?

Debo comentar algo. Tristemente, Thor: Ragnarok (2017, Taika Waititi) no es ni de lejos la mejor película del Marvel Cinematic Universe (MCU para los amigos). Desde el estreno de Iron Man: el hombre de hierro (Iron Man, 2008, Jon Favreau), el entonces naciente estudio dejó de producir películas y se realizaron, en su lugar, capítulos aislados de una interminable telenovela. La cinta de Favreu sentó las bases de lo que serían el resto de los filmes del entonces nuevo estudio. Había mezcolanza de comedia y drama, personajes atractivos, villanos interpretados por actores muy prestigiosos y a diferencia de lo que vendría después, en ella existe un elemento de buen cine de aventuras que en ocasiones deja de lado los efectos especiales y se toma su tiempo para contar una historia. Años más tarde, The Avengers: los Vengadores (The Avengers, 2012, Joss Whedon), Capitán América y el soldado del invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014, Joe y Anthony Russo) y Ant-Man: el hombre hormiga (Ant-Man,2015, Peyton Reed) cambiaron un poco la jugada de Marvel, y opuesto a lo que han hecho desde entonces, dejan ver muy veladamente un elemento que no existía hasta ese momento en el MCU, que es la visión de un autor. Sin duda, el éxito de Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014, James Gunn) modificaría el panorama de sus trabajos y dejarían de lado el elemento dramático en pos de una comedia, a veces extremadamente absurda, que no deja descanso. Y es aquí donde entra Thor: Ragnarok.

Thor, el Dios del rayo de la mitología nórdica, ha sido innumerablemente utilizado en el cine y la literatura. El poderoso personaje, fue adaptado por los escritores Larry Lieber y Stan Lee y el dibujante Jack Kirby, en 1962, como una historia de relleno para el cómic Journey Into Mystery, con tal éxito que poco tiempo después ya tenía su propio título, The Mighty Thor. Cuando Marvel comenzó las adaptaciones fílmicas de sus personajes, se esperaba con ansias la que correspondería al Dios del trueno.

Sin duda, su llegada a la gran pantalla fue el primer gran error del estudio productor, principalmente por la elección de un director que si bien es muy correcto en sus trabajos, no comprendió del todo al personaje. Kenneth Branagh, teatrero especializado en Shakesperare, fue el elegido para realizar Thor (2011), principalmente porque según la lógica del estudio, si el realizador inglés sabía de textos clásicos, seguro podría entender un ser surgido de la mitología vikinga. Graso error. Una cosa es adaptar al cine Enrique V (Henry V, 1989) y Hamlet (1996, quizá su opus magnum) o clásicos góticos como Frankenstein (Mary Shelley's Frankenstein, 1994), que entender los resortes dramáticos de la historieta. Debido al poco pero suficiente éxito que tuvo el filme de Branagh, fue reclutado para la secuela, Alan Taylor, director, productor y guionista especializado en series de TV. La mayor razón para hacerlo fueron dos episodios de Game of Thrones, así que el raciocinio de Marvel fue: “conoce de mitologías y fantasía”. Otra vez, el fracaso fue tremendo y en esta ocasión, incluso hasta la galardonada con el Óscar, Natalie Portman, se desmarcó de la cinta y hasta con la presencia del mejor Doctor Who de la historia, Christopher Eccleston como villano, no se pudo evitar que Thor: un mundo oscuro (Thor: The Dark World, 2013) sea considerada la peor producción de “La casa de las ideas”.

Con todo, el estudio decidió que ultimadamente no importaba si se respetaba o no al personaje, si se podía ganar dinero con él. Y es así que, siguiendo lo aprendido con Guardianes de la galaxia, y sin casi nada que perder, deciden contratar a un director especializado en comedia para filmar Thor: Ragnarok, y eligen a Taika Waititi, un cómico neozenlandés que generó el éxito de culto, What We Do in the Shadows (2014). A Waititi, fanático del personaje y vale–madrista profesional, le importa un cacahuate el canon y decide realizar un mazacote impresionante, que mezcla prácticamente todo lo que encuentra. Utiliza demasiados arcos dramáticos extraídos de la historieta base, el estilo visual del cocreador del greñudo Dios, Jack Kirby, elementos del cómic Planet Hulk, y referencias fílmicas al por mayor. En ella se puede ver mucho de todo, desde clásicos de la comedia CiFi, como Spaceballs (1987, Mel Brooks) y Guía del viajero intergaláctico (The Hitchhiker's Guide to the Galaxy, 2005, Stephen Fry), hasta autorreferencias a su propia obra. Pero la principal de todas sus influencias u homenajes, son los clásicos de culto, Flash Gordon (1980, Mike Hodges) y Barbarella (1969, Roger Vadim), ambas del polémico productor italiano, Dino De Laurentiis, de las que el neozelandés se roba hasta la admósfera. En ellas, el humor socarrón, fácil y ridículo era la base y tomaban solamente el nombre de las obras en que se basaban, de tal manera que, a pesar de ser filmes muy disfrutables y originales, poco tenían de las historietas de Don Moore y Alex Raymond, y de Jean-Claude Forest, respectivamente. Y si fueran partes de una trilogía, la tercera sería la obra de Waititi. Acá, al igual que en las dos producciones de De Laurentiis, los personajes son sacados de su contexto y arrancados de su personalidad, sin importar lo ridículos que parezcan, con tal de generar carcajadas en el espectador. De este modo, Thor queda como un tipo un tanto idiota, bárbaro y algo engreído, Hulk se transforma en una especie de luchador de la WWE, mientras que Bruce Banner se vuelve un neurótico salido de la cabeza de Woody Allen. El humor absurdo, vulgar e irreverente, no se preocupa por ser coherente, de tal forma que todo se vale con tal de hacer reír, como si el guión hubiera sido escrito por Jim Abrahams, David y Jerry Zucker, creadores de ¿Y dónde está el piloto? (Airplane!, 1980). Y si es inevitable reír con sus ocurrencias, uno sale de la sala preguntando “¿y en dónde está el Dios del Trueno?”.

Estamos ante una cinta estimable y muy disfrutable, pero no es ni de lejos la mejor del estudio, ese honor lo sigue teniendo El soldado del invierno, aunque quizá, sí es la más polémica, divertida y radical. Esto no se debe sólo al director, sino al espíritu de Walt Disney Company, dueña de Marvel y conocida por su exceso de ñoñería. Ellos se han encargado de ir descomponiendo a los personajes clásicos, lo cual ya era evidente desde el especial televisivo Phineas y Ferb: Misión Marvel, en el que los vengadores conocían a los monstruosos y estúpidos niños. A la compañía del ratón no le interesa para nada el legado que puedan tener para los fanáticos de los cómics de donde surgen, sino la cantidad de dinero que puedan generar. Y lo peor es que esto es apenas el comienzo: El día de hoy se anunció la posibilidad de que Waititi dirija una película basada en Black Widow, personaje que ha hecho más popular todavía a la de por sí famosa, Scarlett Johansson. Y si esto no es suficiente evidencia de que estamos cercanos a una avalancha de comedias insulsas, repletas de superhéroes, DC Comics, la competencia más fuerte de Marvel, anunció que van a suavizar los contenidos de sus cintas, empezando con el trabajo de rescritura y refilmación que realizó Joss Whedon para Liga de la Justicia (Justice League, 2017, Zack Snyder), a la que el director le ajustó el tono oscuro que le había dado el realizador original y le “corrigió” algunas escenas (léase, le inyectó humor). El panorama para el cine de súper poderosos, el que más ganancias le deja a las productoras, es de una oscura luminosidad. El “ragnarok” es, quizá, el ocaso del cine mismo.

Para Don Eduardo Ruiz Healy, mil gracias, señor, su espacio ha hecho que muchos sitios se fijen en mi trabajo.

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Número 12 - noviembre 2017
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